Joan Sutherland o el arte de la prima donna

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Luis Suñén *

(A la muerte de J. S.)

Joan Sutherland ha sido, sin duda de ninguna clase, una de las grandes cantantes de la historia. A veces se dicen esas cosas con ánimo, valga decir, eufórico, cuando alguien muere y todo se exagera y todo se perdona. En el caso de La Stupenda, como se le llamaba en la profesión, su importancia fue absolutamente decisiva para recuperar adecuadamente un repertorio –el último barroco y el primer romanticismo, eso que llamamos bel canto- y para darle definitivamente carta de naturaleza en los escenarios y las grabaciones discográficas. Su disco The Art of the Prima Donna, aparecido en 1961 fue, en ese aspecto, toda una revelación. En parte, la evidencia de que la genialidad escénica de la Callas tenía una continuidad en la investigación canora de la Sutherland pero también por la evidencia de que algo cambiaba en el mundo del canto, en las relaciones entre el presente y el pasado.

La soprano australiana –nacida en Sidney el 7 de noviembre de 1926 y muerta el pasado domingo en Ginebra– tuvo, además, desde el principio, dos apoyos esenciales: su marido, el director de orquesta Richard Bonynge, y su casa de discos, la entonces omnipresente y omnipotente Decca. Marido y discográfica trabajaron para ella con fervor y devoción, con una entrega a la que La Stupenda respondió dándonos grabaciones ejemplares de Donizetti y Bellini pero también de Händel –su Alcina con Teresa Berganza es absolutamente memorable.

Estaba hecha de la misma materia que las que acuñaron en su momento ese repertorio que ocupa pocos años de la lírica entre barroca y romántica pero que marca la vida de los aficionados a la ópera, y aunque no hayamos escuchado a la Grissi o la Malibran sabemos, por la pura intuición del gen compartido por los aficionados de todos los tiempos, que Sutherland les acompaña en el Olimpo de las divas. No fue una gran actriz sino más bien inexpresiva, y no digamos cuando su compañero de reparto era Luciano Pavarotti, con quien trabajó frecuentemente. Pero el encuentro era el de dos voces solares, luminosas, olímpicas. Le fallaba también la pronunciación, la claridad prosódica –como a Montserrat Caballé- pero eso se suplía con una técnica prodigiosa que hacía olvidar que las palabras quedaran a veces un poco por el camino.

Fue, tras la Callas, la soprano mejor tratada por la discografía, no quedándole por grabar ninguno de los papeles que amaba y que le convenían más. Amina, Norma, Lucia están ahí pero también esos otros menos obvios pero igualmente deslumbrantes y hasta inteligentemente asumidos como los de Händel o Mozart –Alcina o Doña Ana. Con Sutherland muere una de las grandes de toda la vida, una figura ligada a la vida de cualquier aficionado peine canas o todavía no. Una cantante a la que quizá le faltó el punto expresivo decisivo para emocionar completamente pero que hizo por el canto lo que muy pocas. Desde luego, entregarse a él, descubrirlo en función de sus características vocales –con la ayuda impagable de un marido inteligente– y devolverlo en forma de obra de arte.

(*) Luis Suñén es escritor y editor.

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