El recorte de los derechos sociales y la vieja partera

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Francisco Serra

Un profesor de Derecho Constitucional acudió a almorzar a un restaurante alemán de Madrid con un amigo que acababa de llegar de México de la celebración de un cumpleaños. La casa donde tuvo lugar el festejo, le contó, se encontraba en una urbanización privada con vigilancia a la que sólo se podía acceder por un túnel, una veintena de empleados proporcionaban las viandas, muchos de los asistentes habían llegado en su avión privado, en algún momento había hecho acto de presencia en “el evento” el presidente Felipe Calderón. En los corrillos casi todas las conversaciones aludían a la crisis económica y la mayoría de los presentes, en la cuarentena, altos cargos en organismos latinoamericanos o en empresas multinacionales, coincidían en afirmar que lo más decisivo de la contracción económica que había tenido lugar en los países occidentales apenas se había destacado: el eje del mundo económico había girado desde Occidente a Oriente. Los Estados Unidos estaban sumidos en un proceso de decadencia irrefrenable y los países de la vieja Europa no podrían seguir afrontado los costes derivados de sus sistemas de protección social.

El profesor, al llegar a su casa y conectarse, descubrió en la Red que la próxima reunión de la asociación que agrupaba a los constitucionalistas españoles iba a celebrarse en enero en Santa Cruz de Tenerife y se iba a dedicar a los “derechos sociales y principios rectores”. Le extrañó un poco que sus colegas, que se habían dedicado desde la aprobación del texto constitucional a resaltar que la mayoría de los “derechos sociales y principios rectores” carecía de auténtica protección jurídica y por eso eran “no-derechos” (como afirmaba el más conocido letrado del Tribunal Constitucional), convocaran ahora una “reunión de pastores”. En todo caso, no eran los únicos en precipitarse sobre la “oveja muerta” de los derechos sociales, pues en los días anteriores el grupo de los 100 economistas había solicitado con premura una drástica reforma del sistema de pensiones.

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El lunes siguiente el profesor fue a la peluquería, pues ya su barba estaba creciendo en demasía y hasta su hija se resistía a besarle, porque decía que se pinchaba con ella. El “pelucas” (como le llamaba un cliente, conocido del profesor, un  sindicalista de la UGT, recientemente prejubilado, que acababa de fallecer hacía unos días) andaba preocupado por su hija, que a duras penas había conseguido aprobar la selectividad en septiembre. La mayoría de los nuevos grados ya habían cubierto sus plazas y no quedaban muchas opciones, estaba dudando si matricularse en árabe o chino en la Universidad Autónoma de Madrid. La crisis le había afectado, como es natural, pero él y su mujer, cada uno con su peluquería, podían salir adelante, aunque los beneficios hubieran bajado ligeramente. Como nunca habían ganado mucho, tampoco ahora perdían en exceso. Lo que ahora les quitaba el sueño era el futuro de sus hijos: la chica sólo había encontrado trabajos ocasionales y por eso iba a iniciar los estudios de grado, aunque él creía que tal vez no acabara la carrera  cuando la situación económica fuera más favorable y tuviera un empleo estable; el chico era muy estudioso, pero él pensaba que lo tendría en casa hasta bien entrada la treintena.

El profesor, ya con la barba recortada, fue dando un paseo hasta su casa, leyendo el periódico por la calle, como era su costumbre. Además de las últimamente habituales  declaraciones de Zapatero, insistiendo en la necesidad de las reformas y su intención de no rectificar a pesar de la huelga general, el diario informaba de las crecientes protestas en Francia contra la modificación de la edad de jubilación, a la que ahora se sumaban también los estudiantes. En un pequeño recuadro, aparecía también la noticia de que por primera vez el consumo de energía en China había superado al de los Estados Unidos. Unos meses antes, se dio a conocer el hecho que el producto interior bruto (PIB) de China había superado al de Japón, convirtiéndose en la segunda potencia económica mundial.

El profesor, mientras caminaba hacia el parque de Berlín, recordó haber leído hace años un libro en el que se oponían dos tipos de capitalismo: un capitalismo “social”, que en Europa había llevado al establecimiento de “derechos sociales” y un capitalismo norteamericano, que entonces ni siquiera había conseguido establecer un servicio nacional de salud y en el que persistían enormes desigualdades. En el origen de ese modelo de “Estado social” se encontraba la idea de una paulatina transformación de la sociedad de clases en una sociedad socialista, por lo que los trabajadores renunciaban a emplear la violencia para alcanzar ese objetivo; en el modelo anglosajón de “Estado del bienestar” sólo se trataba de paliar algunas de las consecuencias de una sociedad regida por una economía que perseguía la maximización del beneficio a cualquier coste.

Sin duda, entre las razones para el establecimiento de ese “Estado del bienestar” se encontraba la amenaza, entonces muy presente, que representaba la existencia de un modelo alternativo al capitalista. Algunos pudieron pensar, en consecuencia, que después de la caída del muro de Berlín (ahora el profesor estaba delante de uno de sus trozos, donados por la capital alemana al parque que está en el corazón del distrito de Chamartín) era innecesario el reconocimiento de determinados “derechos sociales”; pero no se puede olvidar que éstos no fueron concesiones graciosas, sino conquistados en lucha por los trabajadores y que si se recortan puede que vuelva a aparecer esa partera, la violencia, de la que Marx afirmaba que era la que hacía que surgiera la nueva sociedad de la vieja. Y entonces, decía el sabio de Tréveris, el gallo francés anunciará la revolución.

1 Comment
  1. Julián Sauquillo says

    Es un muy bello artículo sobre los riesgos de dualización de la sociedad europea con el desmantelamiento del Estado sccial. El autor muestra su nostalgia y sus temores muy razonables. No aprendemos de la historia.

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