La Torre Eiffel y el terrorismo islámico

Julián Sauquillo

La foto de unos militares fuertemente armados montando guardia bajo la Torre Eiffel para evitar que se produzcan atentados de fundamentalistas islámicos en París plantea algunas preguntas. ¿No son Alemania, Inglaterra y Francia, hoy amenazadas, la quintaesencia del desarrollo y el progreso, junto con Estados Unidos, frente al resentimiento del mundo dogmático y atrasado del dogmatismo islámico? ¿No representan los trescientos metros de la Torre Eiffel la innovación y el progreso desde las exposiciones universales de 1889 y 1900 frente el atraso de tribus integristas recelosas del progreso moderno? Puede que no sea así.

Las sociedades contemporáneas de todo el planeta sufren el terrorismo como expresión de un terror colectivamente calculado, planificado y sostenido organizativamente. Incluso cuando su objetivo expreso es crear una angustia indiscriminada en toda la sociedad y no va dirigido a un colectivo determinado como objetivo destructor, el terrorismo se origina de una forma premeditada sin que pueda comprenderse como violencia espontánea de un individuo o varios, episódicamente enaltecidos o enfebrecidos por una circunstancia pasajera. Con frecuencia, esta forma de terror procura una inseguridad generalizada en la población y logra la impresión cívica de que nadie está exento o es indemne a sus mortales efectos. Otras, se dirige a un grupo representativo del Estado o de la sociedad civil –policía, representantes democráticamente elegidos, periodistas, intelectuales, algún grupo religioso o étnico…–. Pero siempre es tanto más efectivo cuanto más crea la sensación generalizada de vulnerabilidad en la sociedad y más deslegitima al Estado, tanto más débil cuanto menos capaz es de asegurar la vida y la seguridad de sus ciudadanos. Si atendemos a su estrategia, no cabe duda de que responde a una eficiencia calculada: lograr el mayor caos y destrucción posibles. Una racionalidad que dispone medios tanto más letales como sofisticados en una táctica conducente al logro de fines canallescos.

Publicidad

Sin mucho fundamento, con frecuencia, suele valorarse que el terrorismo es el ataque violento y religioso de las tribus reivindicativas de la sociedad ancestral y premoderna a la sociedad desarrollada y moderna. Pero este no es sino el envoltorio utilizado por el terrorismo para lograr el mayor impacto entre las poblaciones más empobrecidas. Se opone así el terrorismo islámico, tribal, a la sociedad democrática, liberal y del bienestar. Sin mucho fundamento, digo, porque poco o nada avala que las tradiciones orientales empujen al terrorismo. Y menos justificación tiene que los medios empleados en ocasionar el terror sean otra cosa que plenamente modernos (sus dirigentes más señalados bien pueden ser un ingeniero y un médico –tal es el caso de Al Qaeda– como si se hubiera previsto, incluso, reparar algún destrozo).

Las fuentes sustentadoras del terror planificado son, más bien, no sólo modernas sino plenamente contemporáneas. Comprender a los guerrilleros suicidas que atacaron las capitales comercial y política de Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 requiere deshacerse del prejuicio de que volvían a los tiempos medievales y reivindicaban apartarse del progreso moderno. Un espectacular ataque que pretende un nuevo mundo no apunta hacia el pasado remoto sino al futuro. Quizás debamos habituarnos a que existen modos de ser monstruosos y no sólo positivistas de lo moderno. Dentro de estas versiones espectrales de lo moderno, Al Qaeda es moderna por inequívocamente semejante al fascismo. Precisamente al quebrar el orden medieval, aparecieron en Europa movimientos milenaristas muy semejantes a la versión radical del islam propuesta por Al Qaeda. Al desaparecer la autoridad medieval, los movimientos milenaristas profundizaron la desaparición de las jerarquías. En momentos más próximos, a finales del siglo XIX, aparece un terrorismo que no duda en su auto inmolación, un nihilismo destructor que está presente en los terroristas rusos y en Al Qaeda. El precedente inmediato de los activistas de Al Qaeda es el anarquismo ruso del siglo XIX estudiado por Albert Camus.

Al Qaeda entronca con la crítica moderna de los universales ilustrados: de una parte, es adversaria al universalismo ejemplar de Estados Unidos como potencia política; de otra parte, no deja de representar un apostolado mundial al pretender extender su dominio político en la tierra. Sus células planetarias son la quintaesencia de una modernidad que irradia un poder tan subjetivo, y con tanto afán de poder, como universal. La expresión moderna de Al Qaeda no sólo tiene este anverso expansionista y mesiánico de la dominación política sino que guarda un reverso económico. El terrorismo de Al Qaeda utiliza la globalización económica como modelo al sufragar sus gastos mediante un tráfico de drogas sin fronteras. El narcotráfico que sostiene al terrorismo aprovecha paraísos fiscales y logra una circulación de capitales sin límites geográficos. Combina así una estrategia política local sin barreras de actuación y una economía planetaria. Puede apoyarse en una dúctil red de activistas extendida en todo el mundo y en mecanismos financieros sofisticados, propios de una internacional con un potentísimo servidor informático. Y, a su vez, como las empresas más adaptadas que localizan con idiosincrasias los productos más universales, se sustenta en alianzas de clan refractarias a cualquier traición y partidarias de sacrificios individuales absolutos. Como todos los fenómenos modernos, Al Qaeda puede combinar perfectamente la eficacia del sistema con los sacrificios individuales en aras de la operatividad del engranaje. Nada que tuerza los presupuestos modernos y el sincretismo más pragmático.