Marcelino, un hombre bueno

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Salce Elvira *

En un día como hoy es difícil escribir de Marcelino en pasado, como alguien que ya no está con nosotros  físicamente, porque  su ejemplo como militante sindical y sobre todo su talante personal va a seguir influyendo de forma determinante en el movimiento obrero.

No voy a repetir lo que ya se sabe de su historia: su lucha antifranquista, los muchos años de cárcel por su militancia política y sindical de nuestro primer e irrepetible Secretario General de CCOO

Sí que estoy segura que este país y en especial la situación de los trabajadores y trabajadoras no sería la misma sin la aportación, el coraje, la valentía y la humanidad de Marcelino.

He tenido la gran suerte de estar junto a Marcelino muchos años aprendiendo y ayudando humildemente en la construcción de ese gran sindicato que son las Comisiones Obreras y destacaría de él toda una serie de virtudes y un talante muy poco corrientes en este complicado y a veces impresentable panorama actual: de una parte su valentía para defender sus ideas hasta las últimas consecuencias; por ello sufrió muchos años de cárcel, marginación política y también sindical.

Esta imagen, la última de Nicolás Redondo y Marcelino Camacho juntos, fue tomada por la autora del artículo en el domicilio del fundador de CCOO el pasado 30 de septiembre.

Era un gran pedagogo y analista de la realidad. Lo más importante para él era que las ideas y los mensajes se comprendieran, de ahí su reiteración hasta la saciedad explicando lo que, entendía, era fundamental para que los trabajadores avanzaran, frenando las agresiones que siempre se han dado contra los más desfavorecidos.

Otro valor, por desgracia muy poco común, era su gran humanidad y el respecto por las opiniones de los otros, que nunca consideró adversarios y mucho menos enemigos. Para él estaba por encima la persona, el compañero o la compañera, tuviera las ideas que fuere. Por ello, en los debates de los órganos de dirección de CCOO intentó hasta la saciedad integrar a todas las posiciones, destacando más lo que unía que lo que separaba. De ello, todos y todas tenemos aún mucho que aprender.

Su talante dialogante e integrador, con un sentido profundo de la democracia,  fue indispensable para que CCOO lograra ser el sindicato plural y autónomo que este país necesitaba después de tantos años de verticalismo fascista.

Todo ello unido a su gran sentido de clase y su “olfato” para prever el discurrir de los acontecimientos, enfrentándonos a ellos con optimismo,  para unir la presión con la negociación y la vigilancia constante para el cumplimiento de lo pactado; lo más difícil, decía. Otra máxima suya era que todo lo que se acuerde hay que poderlo explicar a los trabajadores.

Fue una persona de izquierdas, eso es indiscutible,  radical, en el mejor sentido de la palabra, con el orgullo de clase obrera imprescindible para defender a los suyos, sin el sentido de la mal entendida “respetabilidad” que tan nefastas consecuencias puede traer a la acción sindical, pero con el equilibrio necesario entre la presión y la negociación para afianzar las conquistas sin tirarlas por el precipicio. Pero por encima de todo era un HOMBRE BUENO.

Marcelino amigo, compañero, padre, ¡¡GRACIAS!! Intentaremos ser fieles a tus palabras que tantas veces repetías: “ni nos domaron ni nos doblaron ni nos van a domesticar”,  y a  uno de tus últimos consejos de hace muy poco tiempo: “si nos caemos hay que levantarse y retomar la lucha por la justicia, la igualdad, la solidaridad y la paz”. Sólo así haremos un mundo mejor”.

(*) Salce Elvira pertenece a la Ejecutiva Confederal de CCOO.

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