El Partido Popular, después de Rajoy

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Francisco Serra

El día en que Mariano Rajoy entró en la “cuesta abajo”, un profesor de Derecho Constitucional se levantó temprano, según su costumbre, leyó un rato acostado en el sofá del salón y, cuando oyó que su hija se había despertado, preparó el desayuno familiar. No hacía mal día y, después de comprar el periódico, llevó a su hija al parque. Mientras la niña subía y bajaba por el tobogán, se sentó en un banco y se dispuso a mirar por encima las noticias de la jornada. Se encontró con una larga entrevista con el líder del Partido Popular y, ya casi había pasado las hojas, porque no solía detenerse a leer las declaraciones de los políticos, cuando algo le llamó la atención: parecía que, por una vez, el dirigente había decidido salir de su indefinición y mostraba su simpatía por el paquete contra la crisis aprobado por el gobierno de Cameron, del que argumentaba que generaba confianza.

El profesor, que había examinado con preocupación los “detalles” del ajuste propuesto por el premier británico y que incluían el despido de medio millón de funcionarios y la desaparición de un número casi equivalente de empleos en el sector privado, se sorprendió de las declaraciones del habitualmente poco locuaz político gallego, que además era algo más explícito de lo habitual respecto a la cuantía de su sueldo y casi se jactaba de no precisar de la política para vivir. Tampoco se comprometía a dejar inalterada la reforma que había posibilitado el matrimonio homosexual y daba a entender que, independientemente de lo que decidiera el Tribunal Constitucional, probablemente intentaría modificar la regulación del aborto.

El profesor, a lo largo de la semana, fue comentando con sus amigos y conocidos la interviú y fue recogiendo las diferentes opiniones. En el bar de la Facultad, un compañero, que colaboraba con un Instituto de Investigación oficial y que estaba próximo al Partido Socialista, mostraba su contento, porque ese tipo de consideraciones, junto al impulso derivado del cambio de Gobierno, hacía aún posible que se produjera un vuelco en las encuestas y finalmente no tuviera lugar el tan temido retorno al poder del Partido Popular. Fue a otra Facultad a pedir un libro de un Departamento y la secretaria, amiga suya, le confesó que ella, seguidora de Adolfo Suárez y que solía votar a Gallardón, en esta ocasión pensaba optar por el voto en blanco.

El sábado quedó a tomar el aperitivo con unos amigos, que en ocasiones habían votado al PSOE y más tarde se habían decidido por IU hasta llegar, en los últimos tiempos, a abstenerse “las más veces” y sólo ocasionalmente, como en el 14-M, volver a escoger, aun con enorme desconfianza, la papeleta del partido del puño y la rosa. Un jubilado, una funcionaria, un pequeño comerciante, contemplaban nuevamente la posibilidad de apoyar al Partido Socialista, aunque no en las próximas elecciones municipales o autonómicas que les despertaban escaso interés, sino en las generales. Ese día, el periódico traía el resultado de la última encuesta del CIS, realizada justo después de la huelga general y que otorgaba una significativa ventaja al Partido Popular y al día siguiente un periódico de ámbito nacional mencionaba un sondeo más reciente en el que se mermaba de forma considerable ese avance. El profesor se quedó con las ganas de llamar por teléfono al presidente del Centro (con el que había compartido tantos ratos) para preguntarle si manejaban datos fiables más próximos, pero temió ponerle en un compromiso.

Al llegar a casa, vio en la Red que la visita del Papa no había colmado las expectativas previstas y le sorprendió que en sus comentarios el Pontífice resaltara el avance del laicismo en España y que lo entroncara con el anticlericalismo de los años treinta. Esa semana había sido el 70 aniversario de la muerte de Azaña y un periódico había distribuido un breve libro con sus discursos más significativos. El profesor recordó aquella célebre afirmación de que España había “dejado de ser católica” y pensó que tal vez el Papa, al echar un vistazo a la prensa española de los últimos tiempos, hubiera advertido las referencias en muchos casos laudatorias al líder republicano, “el último jefe del Estado español elegido democráticamente”.

El domingo por la mañana, muy temprano, inició la lectura de un libro, que había adquirido el día anterior, de un sociólogo francés y aprovechó todos los momentos libres de la jornada hasta terminarlo. El autor había vaticinado años antes la caída del Imperio soviético y del Imperio americano y ahora intentaba avizorar la evolución de la sociedad francesa. Al profesor le llamó la atención que el origen de la crisis política se encontrara, según el autor, en una “crisis religiosa”, en el paulatino abandono por parte de la población de las prácticas asociadas al catolicismo y la creciente implantación de un “vacío moral”, de una “nada política”, que había propiciado la llegada del “momento Sarkozy”, la elección de un Presidente de la República bien alejado de los habituales “enarcas” (pertenecientes a los altos cuerpos de la Administración) y de los “valores” familiares tradicionales, aunque llevara a cabo una descarada utilización de los peligros derivados de la creciente inmigración.

El profesor, leyendo el libro, comprendió que en España no podía producirse un “momento Rajoy”, porque su discurso estaba anclado en una época anterior y su defensa de los valores morales no era más que el resultado de una calculada hipocresía. Habiendo aprobado unas difíciles oposiciones y formado, tras una larga vacilación, una familia modélica, el político gallego podía pensar que su oposición al matrimonio homosexual y su voluntad de modificar la ley que regula el aborto, con independencia de lo que decidiera el Alto Tribunal, podría granjearle el apoyo de la mayoría del electorado, pero el mismo análisis que en el libro se llevaba a cabo en Francia podía realizarse en España y el resultado no sería muy diferente: España, hoy sí, ha dejado de ser católica y la práctica religiosa cada vez más queda limitada a “ritos de paso”, carentes de significado trascendente y que podrían tener cabida en cualquier sociedad plenamente laica.

Un análisis demográfico, probablemente, pondría de relieve esa nueva realidad de la sociedad española y por eso, un triunfo de Rajoy en las elecciones, en caso de producirse, sería efímero, porque el “momento” que él, al salir de su silencio, ha querido representar, ya ha pasado. Las encuestas que le han movido a, seguro de su triunfo, esbozar las grandes líneas de un futuro gobierno “popular”, en España son escasamente fiables, porque en las últimas ocasiones el voto decisivo ha sido un “voto oculto”, “vergonzante”, del simpatizante de la izquierda, detractor de la política oficial del partido socialista que, a última hora de la tarde, poco antes del cierre de los colegios, casi embozado, intentando que ningún amigo advierta su presencia, introduce su papeleta en la urna y se va rápidamente. Es el “voto del miedo”, el de todo un amplio sector de la clase media que puede perfectamente convivir con un partido de centro-derecha, moderno, pero no va a asistir indiferente a que se le recorte aún más el ya frágil Estado de bienestar y a que se le impongan unos valores morales alejados del presente. No irá a votar en las elecciones menores, pero cuando considere que peligra, aunque sea lejanamente, su modesto bienestar, no sólo económico, sino también “ético”, renegando, aunque “preferiría no hacerlo”, acabará eligiendo, con la nariz tapada, como ya ha hecho otras veces, la opción que considere menos mala.

El “momento Rajoy” ya ha pasado. Sus propios compañeros de partido, casi inadvertidamente, ya le han abandonado y están buscando un nuevo líder, que no pertenezca a las “grandes familias”, que no haya opositado a los “altos cuerpos del Estado”, que hable tanto que nadie haga mucho caso de sus propuestas concretas, a ser posible que haya formado una de las “nuevas familias”, aunque sea respetuoso con los valores tradicionales, que no tome té sino chocolate con churros… Al líder del PSOE, en el fondo, sus votantes lo van a elegir, sea quien sea, como un “mal menor”; al del PP, después de que Rajoy ha movilizado el “voto del miedo” de la izquierda, los indecisos  le votarán sólo si cumple ciertos requisitos, porque la ventaja actual en las encuestas es una pura fantasmagoría.

El profesor cerró el libro y, antes de meterse en la cama, reflexionó y temió que, si ponía por escrito sus intuiciones, pudiera llevar a actuar a los grupos dirigentes del partido conservador, pues, aunque él era un mero espectador, las modernas técnicas de investigación social han puesto de manifiesto la importancia de la “observación participante” y su mirada, “la mirada del observador”, aunque en pequeña medida, podía modificar la realidad. Dejando de lado estas cavilaciones, el profesor apagó la luz y al poco se sumió en un profundo sueño.

4 Comments
  1. el3azzi says

    Espléndido artículo. Un saludo

  2. Calipso says

    «(…)Si tomamos, por ejemplo, al PP, resulta que en él no manda Rajoy sino un tipo al que nadie conoce, y que se oculta cuidadosamente entre las bambalinas del teatro, para que nadie sepa de su existencia y poder, porque, lo repetimos una vez más, el poder auténtico hace todo lo posible para que nadie lo conozca, para que nadie sepa quién es, o sea, Pedro Arriola, que es el sociólogo de cabecera de todos sus presidentes, o sea, el tipo que llevó en volandas a Aznar a ganar 2 elecciones generales consecutivas, la última, con mayoría absoluta.(…)»

    http://jlpalazon0.blogspot.com/2010/11/rajoy-iii.html

  3. Jose says

    La única solución que le queda al PP es la división. Al PP le sobra la ultraderecha capitaneada por el Melenas Aznar, hombre de cabellos largos e ddeas cortas. El resto tiene en Gallardón y/o Rato dos posibles aglutinadores de una centro derecha, hoy deslucido por el apocado Rajoy, un individuo que presenta el perfil del lider fracasado del que habla D. Góleman su su Inteligencia Emocional.

  4. Delegado Provincial says

    Democracia y Libertad en el PP http://www.democraciaylibertadpp.es : Regeneración en el PP, ya. Desde aquí, queremos denunciar a todo el mundo, el gran deterioro de valores, principios e ideas que están llevando a nuestro partido. No tenemos democracia dentro del Partido Popular. Juntos podemos hacer una rebelión contra la deriva del PP. Queridos militantes, simpatizantes y votantes, unámonos todos a la Plataforma Nacional Democracia y Libertad en el PP. http://www.democraciaylibertadpp.es

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