De por qué Berlanga no comía setas

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José Ramón Rey *

Te llevaba a comer a su taberna ilustrada preferida del antiguo barrio del Carmen, en Valencia y, dirigiéndose con familiaridad al dueño, le decía, “Ponle a estos unos platos de esas setas tan ricas que tienes”. “Y para usted, don Luis”, le respondía solícito el hombre. “Para mi cualquier cosa, menos setas, claro”. Luego se embarcaba en una pormenorizada charla sobre los muchos conocidos que se habían envenenado, algunos muerto, comiendo setas. Y te dejaba comer, con reparos, claro, porque ya había conseguido inquietarte. Si alguno de los comensales hubiera dado muestras de problemas digestivos tras engullir las setas hubiera hablado con Rafael Azcona y creado un gag con setas de por medio, en un próximo guión. Supongo que también habría puesto en un guión su cabreo si encontraba una espinita, por minúscula que fuera, en la merluza que pedía a veces tras insistir al camarero en la necesidad de que el pescado estuviera estrictamente desespinado.

Su cine, sus chistes, las miserias de sus personajes, sus pobres alegrías, sus decepciones, estaban extraídos de la vida. Las anécdotas familiares, de sus tías, sus primos, parientes lejanos y cercanos, invadían las historias de sus películas, de su gran cine y, envuelta en sus chascarrillos se colaba la crítica a una sociedad pacata, triste, gris, a una España nacional-católica, amarga, en donde hasta reírse era motivo de sospecha. Aunque conseguía que el españolito medio se partiera de risa con películas en la que la crítica a la vida política, social y cultural de la España franquista podían haber dado más pena que otra cosa: El verdugo, Plácido, Calabuch

Y él, tan solitario, tan tímido, que escondía sus vergüenzas tras una intensa verborrea, huía de homenajes y comidas y cenas de esas que se llaman de trabajo y procuraba reunirse con amigos que le admiraban (quién no) pero que no le daban la vara hablando de sus excelencias. Le gustaba reírse y, casi sin querer, fluían los gags cuando, olvidándose de que alrededor de la mesa de amigos en la que se sentaba había otra gente proclive a escandalizarse, hablaba de uno de sus temas favoritos: el erotismo, y de su boca salían palabras como culo, tetas, pies, zapatos de tacón y medias con costura, masoquismo y sadismo; o cuando, obsesionado por el cáncer de piel, se levantaba a los postres la camisa y organizaba una especie de concurso para ver quién de los que estaba a su alrededor podía tener más melanomas. Una vez se produjo el gag, tenía que ser: cuando dos o tres de los comensales se encontraban con las camisas alzadas observando os lunares de cada cual, mientras maitre y camareros no sabían dónde meterse, se acercó a la mesa a saludar a don Luis, muy respetuoso, el cónsul de no sé que país Latinoamericano.

Creo que no es este escrito el que debe hacerse como homenaje póstumo. Pero yo no me quiero acordar de que desaparecidos los grandes actores secundarios de sus películas corales: Pepe Isbert, Paco Morán, Luis Ciges, José Luis López Vázquez y, hace nada, Manuel Aleixandre. Desaparecido Rafael Azcona y hasta el Imperio Austrohúngaro, se ha ido para siempre el gran muñidor junto a ellos de aventuras singulares que retratan nuestra historia del siglo XX. Lo que nos queda, afortunadamente, es mucho. Por eso yo me acuerdo del hombre que no comía setas. Y de la canción de Bienvenido Mr. Marshall: Ole tu madre y ole tu tía.

José Ramón Rey es crítico de cine, vinculado a Radio Nacional de España durante su vida profesional.
3 Comments
  1. farawayenough says

    Asi se escriben los homenajes, sin Mas.

  2. Jonatan says

    Muy buena anécdota y muy instructiva. Debió de ser un tipo con guasa y así le lucía en sus mejores filmes. Gracias por contarlo.

  3. celine says

    Sin Mas, ¿eh, farawayenough? Muy bueno eso. Bastante berlanguiano, ¿eh?

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