La víspera del partido

Josep M. Orta *

Raro es el lugar de Catalunya donde no se oyen comentarios del partido que disputarán el 29-N el Barça y el Madrid. La expectación es máxima y parece que gran parte de la vida social catalana gira sobre este partido de fútbol. Más difícil es encontrar tertulias que hablen de lo que sucederá la víspera, cuando 5.363.353 catalanes están citados en las urnas y los expertos auguran que la participación sólo superará ligeramente el cincuenta por ciento (en las últimas autonómicas votó el 56,7%).

La participación es una de las pocas incógnitas de unos comicios en los que casi todo el mundo  da por hecho el resultado desde hace meses. Tanto es así que Artur Mas, candidato a la presidencia de la Generalitat por CiU, se fijó como objetivo de campaña “no meter la pata” que le hiciera perder lo que había ganado. Lo ha conseguido y ha visto como las encuestas le iban acercando a unos resultados que rozaban la mayoría absoluta. Pese a sus constantes llamamientos a evitar la euforia que pudiera desmovilizar a sus seguidores, (no en vano ganó las dos últimas autonómicas y perdió los dos últimos gobiernos), en los últimos días alguno de sus segundos ya reclama un último esfuerzo para lograr llegar a los 68 diputados. En cualquier caso, superando la mayoría absoluta o rozándola, Mas ha insistido durante toda su campaña en gobernar solo y seguramente lo podrá hacer con una cierta comodidad. Además ha visto cómo tanto ERC como PP han basado su estrategia electoral en ser sus “compañeros de baile”, unos para evitar la deriva españolista de los convergentes y otros, en cambio, para frenar una hipotética radicalización nacionalista.

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CiU pone como propuesta estrella de su campaña negociar el concierto económico con Madrid. “No queremos que la fiesta que se ha hecho desde hace tanto tiempo en el resto de España se pague con el dinero de los catalanes”, gusta de repetir en los mítines Mas. Incluso habla de convocar un referéndum sobre este tema. Es una forma hábil de reformular el “derecho a decidir” que reclamaron más de un millón de catalanes en una gran manifestación el 10 de julio tras la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. En cambio ERC –y otras fuerzas como Solidaritat Catalana de Laporta o Reagrupament de Carretero- reclaman directamente un referéndum sobre la independencia.

Valga un inciso, las fuerzas independentistas rara vez han conseguido más del 15% de los votos, los datos del Centro de Opinión de la Generalitat aseguran que un 25,2% de los catalanes son independentistas, mientras que una encuesta del Instituto Noxa para La Vanguardia, realizada pocos días después de la sentencia del Constitucional, elevaba al 47% los partidarios de la secesión. Ello implica que hay un sector importante de los catalanes que se sienten incómodos por el trato que se recibe del Estado y que en un momento de indignación podrían radicalizar sus posturas.

CiU no es un partido independentista pero a muchos de sus votantes no les es antipática la idea. Por ello han planteado un tema sensible como es el concierto económico –y más en momentos de crisis– para esquivar la cuestión y contentar a unos y a otros.

Los socialistas, en cambio, han hecho una extraña campaña. Ante todo hay que constatar que la gestión del gobierno de Montilla ha sido bastante positiva, pero ha quedado oscurecida por las batallas internas de sus socios de gobierno y el espectáculo de sus enfrentamientos. En cambio, su campaña ha sido extraña, zigzagueante, ora haciendo un guiño al sector más españolista del partido, ora tratando de congraciarse con el sector nacionalista. Ha conseguido desagradar a unos y a otros. Incluso los obstáculos que puso su equipo para mantener dos cara a cara con Mas (pretendían que uno fuera en castellano) intentó superarlos en el tiempo añadido de un debate que  los líderes de los seis partidos parlamentarios mantuvieron en TV3. Ante su sorpresa, el candidato de CiU le aceptó el reto y le brindó realizarlo en aquel mismo instante... El resultado, como es conocido, fue un tanto rocambolesco.

Otro de los puntos desconcertantes del dirigente socialista en esta campaña ha sido su promesa de reformar las leyes más contestadas de estos últimos años, como la reducción de la velocidad a 80 kilómetros por hora en los accesos a las grandes ciudades, por poner un ejemplo. Ello hace que su electorado esté en gran parte desmovilizado y el domingo pueda tener un gran disgusto en las urnas. Por ello su anuncio de no optar –en el hipotético caso de mantener la presidencia de la Generalitat– a un tercer mandato se tomó como otro chiste (el primero fue el vídeo de sus juventudes en las que una señora tenia un orgasmo tras votar a Montilla). Claro que soñar es libre y el actual president aún sueña en un improbable vuelco electoral gracias a la “mayoría silenciosa” aún sensible al “que viene la derecha”.

Este anuncio se ha tomado como la señal de salida en la carrera por la sucesión del actual equipo directivo del PSC. Máxime cuando actualmente ostentan prácticamente todo el poder autonómico y municipal. Los socialistas temen que tras las elecciones locales del próximo mes de mayo empiecen su particular travesía en el desierto, perdiendo alcaldías tan importantes como la de Barcelona. Y como todas las elecciones tienen sus consecuencias, habrá que ver si este previsible resultado adverso hace, también, replantear muchas cosas en el PSOE que les permita remontar el vuelo.

Si unos ganan, otros pierden y en este caso ERC puede quedarse con la mitad de sus diputados. Esta formación a lo largo de su historia ha sufrido incontables escisiones. Actualmente parte de su gente se ha ido bien con Reagrupament de Carretero o Solidaritat de Laporta. Como el máximo rival de un independentista es otro independentista, estas dos formaciones fueron incapaces de agruparse en una sola candidatura. Tendrán votos, pero es más que problemático que loguen escaños.

El PP, por su parte, en Catalunya tiene el 10% de votos pero no tiene poder. Su presencia en los ayuntamientos es muy escasa. Su campaña se ha basado en luchar contra todo aquello que los catalanes consideran que es sagrado (como la lengua, el catalán como lengua vehicular en la enseñanza y en los centros oficiales, la definición de Catalunya como nación) y acostumbra a congregar a un diez por ciento del electorado. Durante la campaña ha puesto el acento  en combatir la inmigración ilegal, con un discurso que a muchos les ha parecido xenófobo.

Mientras, los telediarios de la cadena pública TV3 repiten machaconamente que la información electoral no la pueden hacer con criterios periodísticos y se han de atener a la rigidez de ordenamiento y tiempo a cada partido según los resultados de las últimas elecciones. Por ello sus profesionales hacen –una campaña más– huelga de firmas, mientras uno de sus periodistas estrellas –Josep Cuní- definió la actual normativa como “estado de excepción informativa”.

Para esquivar las limitaciones que durante la campaña tienen los medios, El Periòdic d´Andorra, que se edita en ese país, publica cada día una encuesta sobre la evolución del voto. Los medios españoles tienen prohibido publicar encuestas en los últimos cinco días de campaña.

Las elecciones serán el domingo, pero la desafección de muchos catalanes hacia su clase política es tal que, ese día, sólo es la víspera del gran partido.

(*) Josep M. Orta es periodista y profesor en la Facultad de CC. de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona. Fue durante más de 20 años corresponsal político de La Vanguardia.