Nacionalismo desatado: la «biopolítica» de las elecciones catalanas

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Julián Sauquillo

Las elecciones tienen un aspecto vocinglero. Empiezan muy bien, pero, a medida que avanzan, provocan que todo el mundo se vaya soltando como en el final de las bodas: cada quien se suelta la corbata en el banquete y los invitados hablan de las extrañezas de los celebrantes. Así ha sido en las elecciones catalanas. A medida que los inmigrantes latinoamericanos se implantan colectivamente en el derecho de voto en las elecciones municipales, el candidato por CIU, Josep Antoni Duran I Lleida, se lamentaba acerca del inconveniente de que cada vez más los catalanes recién nacidos fueran de origen familiar extranjero en su mayoría (se ha comprobado falso pues no llegan al 30%). Apuntaba que los catalanes de pura cepa deberían corregir este contrasentido nacionalista. Y este es un comentario muy poco apropiado para el reconocimiento de la ciudadanía por la mera atribución liberal de derechos y deberes.

Carlos Marx dejó ciertas fracturas con el carácter latino. Escribió sobre Simón Bolivar como alguien despreciable en cuanto ruin dictador, para incomprensión de los marxistas latinoamericanos de ayer y hoy. Y miraba con recelo a su yerno Paul Lafargue, tildado de criollo por cubano. No debía sobrepasarse con su hija Laura sin rendirle cuentas al posible suegro de si la libraría con su patrimonio de las penurias pasadas por la madre de su prometida. Marx le avisaba de que tenía que superar con nota un auténtico examen para incorporarse a la familia y a una ciudad que observarían cualquier desahogada conducta actual como un lastre para el futuro. Sin embargo, libraba de sus dardos a la sufrida población latinoamericana, explotada por la colonización hasta la esclavitud. Puede que le preocupara el embarazo prematuro de Laura Marx pero no la fertilidad de los latinos en el mundo. Contrario a Thomas Malthus, que deseaba restringir el crecimiento demográfico en aras del mayor bienestar de la población, Marx era pronatalista porque no unía aumento de la población a miseria. La población es causa de producción y de riqueza y es la explotación la razón real de la pobreza.

La población latina ha sido, en verdad, una causa exponencial de riqueza actual en la época de expansión de la economía. Reconocido así por todos los sectores políticos, se desea, en cambio, la volatilización de esta mano de obra en cuanto llega el repliegue económico. En la provincia de Almería, no se había tocado el presupuesto dedicado a integración social de los recogedores de la fruta ya en el mes de octubre –durante los años más conflictivos interculturalmente de El Egido- porque se deseaba su esfumación en cuanto cumplieran su pingüe misión. En realidad, lo que se temía en el siglo XIX y se lamenta hoy por ciertos sectores altoburgueses es que el aumento de la población cobre importancia política en las instituciones democráticas por el ejercicio  del voto masivo. Quien habla de la influencia política, también se refiere a la incidencia social. “A ver si tanto catalán latino va a ablandar la reivindicación propia de los orígenes patrios catalanes” se dicen. Murmuran “No vaya a ser que tengamos en el Ayuntamiento buen número de representantes de piel y rasgos indios, sería un chasco”.

Desde luego, conviene tener en cuenta que las medidas de “biopolítica” se dan en zonas del planeta con un conflicto intercultural o incluso interracial. En la India más convulsa, algunos han visto latente un complejo hindú ante la promiscuidad y fertilidad de los musulmanes para reproducirse. La llamada de los integristas hindús a reproducirse alerta a una lucha demográfica de peligrosas consecuencias por la hostilidad numérica que pretenden entre unos y otros pueblos al incrementar la natalidad. Judíos y palestinos también andan a la gresca por ganar la carrera poblacional en un territorio en trágica disputa. Hacen mal unos y otros nacionalistas españoles, catalanes o vascos, en alentar la lucha natal. Más bien, debieran confiar en que los individuos, pertenecientes a una u otra cultura, muestran su compromiso con ciertas ideas de una forma firme o coyuntural según preferencias –filiaciones múltiples y posiblemente cambiantes- sin sedimento biológico alguno.

Aunque todos tengamos una “patria chica”, podemos ser admiradores o amantes de su idiosincrasia pero con no mayor relevancia que la repetición de lugar de veraneo o la filiación a una sociedad cultural o un club deportivo. Serán adscripciones o filiaciones que no dependen de nuestro lugar de nacimiento o el RH de nuestros padres. Siempre me gustó el detalle de que unos encantadores amigos vascos –Txetxu y su mujer- vistieran a su hijo adoptivo africano con traje regional vasco, con su gorra y pañuelo de cuadros anudado al cuello. El chaval iba tan contento de que hubiera vascos muy variados o de que vascos seamos todos. Nada tiene que ver la condición de vasco o catalán con el ADN de cada cuál.

Así, ¿por qué en un mundo variado y necesariamente cosmopolita confiar tanto en el nacionalismo de sangre? Los latinoamericanos han ocupado, en buena parte, por convocatoria pública de libre acceso una de las profesiones antes más vinculadas al amor a la patria por encima de todo: el ejército. Convertir el servicio a la patria en un oficio, en vez de mantenerlo como un  sacrificio individual  con la propia sangre a la nación, fue una sabia decisión. ¿O no?

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