Viaje hacia el fin del euro

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Francisco Serra

Un profesor de Derecho Constitucional, advirtiendo que no llegaba a tiempo para recoger a su hija a la salida del colegio, paró un taxi y le indicó la dirección al conductor. En tiempos, había utilizado con frecuencia ese medio de transporte, cuando volvía tarde a casa a altas horas de la madrugada, pero hacía ya años que apenas recurría a él en alguna ocasión esporádica. Le llamó la atención que en vez de los habituales programas deportivos, y en vísperas del enésimo “partido del siglo”, el taxista estuviera escuchando una tertulia en la que se debatía la crítica situación económica y se aludía al informe que un grupo de empresarios había entregado al Rey la semana anterior y la reunión que iba a tener lugar el día siguiente entre Zapatero y los representantes de las principales empresas para buscar la forma de afrontar la crisis. “Esos no dicen más que tonterías”, comentó el conductor, meneando tristemente la cabeza.

El profesor, que una vez incluso se encontró en uno de sus viajes a un taxista que le preguntó por su opinión sobre la “sociedad abierta” de Popper y en otro con un lector “empedernido” de Ortega y Gasset, pensó que nuevamente se había topado con un  “ilustrado” representante del gremio, que sólo por azares de la vida había terminado ejerciendo la profesión, pero aquel en seguida prosiguió: “Yo no sé nada de economía, pero tengo mucha memoria y hablo con mucha gente que se sienta ahí detrás y me cuenta cosas, soy como un confesor o como un psicólogo”. El profesor temió la típica perorata extremista de los oyentes de la Cope, que culpaban al Gobierno socialista de todos los males de la patria. El taxista, sin embargo, no parecía compartir esa ideología política, sino limitarse a describir su propia experiencia: “Antes no parábamos de trabajar, pero ahora es raro el día que no estamos parados casi todo el tiempo o dando vueltas de un lado para otro para pescar clientes. Los que montan, siempre se están quejando y apenas dejan propina. ¿Sabe usted? Yo creo que lo peor no ha llegado aún. Hace muchos años todos vivíamos muy bien y de repente en un verano la peseta perdió mucho valor. Mi hija fue a estudiar a los Estados Unidos  y el dinero no le llegaba para nada”.

Después, giró la cabeza hacia atrás para dar más fuerza a sus palabras y continuó: “Era igual que ahora. Primero dijeron que no pasaba nada, luego devaluaron la moneda, contaron algo de unos ataques especulativos y la tuvieron que volver a devaluar. Un día fui al banco y el que estaba delante de mí quería comprar dólares porque estaba seguro de que la peseta no iba a resistir. Y debió ganar mucho dinero”. Suspirando, meneó la cabeza y concluyó: “¿Para qué hacen esos informes, preguntando a los que viven en su burbuja, sin conocer lo que pasa en la calle, y se los entregan a los que están en sus palacios y ni saben lo que cuesta un café ni se atreven a decir el dinero que ganan? Ni a usted ni a mí nos van a invitar a La Zarzuela y La Moncloa pero seguro que les podríamos decir lo primero que hay que hacer, impedir que haya gente que gane esas cantidades escandalosas mientras otros vamos lampando”.

El profesor llevaba en su cartera el dichoso informe y lo había mirado por encima, porque no tenía especial interés, una sarta de obviedades disfrazadas en un lenguaje pseudosociológico que además no se correspondía con la rancia bibliografía mencionada al final  y  que  hacía sobre todo referencia a la miasma neoliberal de Hayek y sus adeptos nacionales. Los supuestos “profesionales” e “intelectuales” a los que se había consultado estaban en su mayoría jubilados o muy próximos al retiro y muchos de ellos, a los que el profesor conocía personalmente, por lo que a él le afectaba, lamentaban el estado de la educación en España cuando habían sido profesores de la universidad pública y apenas habían aparecido por ella más que para dar sus clases, antes de dirigirse a sus despachos para redondear sus ingresos. El moderado optimismo ante el futuro que, según sus firmantes, si se llevaban a cabo las necesarias reformas, se desprendía del informe, tal vez se correspondía con su situación personal,  pero estaba lejos de las penurias que acechaban a una gran parte de la población. Los que lo elaboraron habían “subido a los palacios”, pero no habían “bajado a las cabañas” para descubrir la “amarga memoria” de los que realmente sufren las crisis. Lo que el informe mostraba era que sigue habiendo “dos Españas”, la de “los de arriba” y la de “los de abajo” y no hay apenas comunicación entre ellas. Se buscan soluciones entrevistando a esclarecidos tertulianos y cuando se presentan los “problemas reales” ni se mencionan los “reales problemas”, la persistencia de instituciones caducas en múltiples ámbitos, que representan la pesada herencia de la dictadura. Todavía “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla  el cerebro de los vivos”.

El profesor imaginó, por un momento, que ese viaje en taxi era un trayecto a cuyo término se encontraba el fin del euro, por obra de especuladores sin escrúpulos, y la inevitable carga de sufrimiento que podía depararnos a la mayoría de los españoles; y recordó una novela de un autor portugués, en la que el protagonista era tentado por el diablo para simplemente haciendo sonar una campanilla acabar con la vida de un mandarín en la entonces lejana China y solucionar así todos sus problemas. En su ensoñación, deseó que bastara con una simple acción, producir un ligero tintineo, para acabar con todos esos fantasmales mercados, pues inevitablemente la “Europa de lo mercaderes” se había trocado en la aún más cruel “Europa de los mercados”, y, después de pagar la carrera, ante la sorpresa del taxista, se inclinó hacia delante e hizo sonar con fuerza la bocina.

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