De nuevo el pesimismo

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El pesimismo surge de una constatación reiterada, de una abonada experiencia que confirma en la vida misma la continua apreciación de fracaso o torcimiento de las cosas. En el orden social, el pesimismo parece fruto del deterioro de un tiempo y un espacio, en donde las circunstancias humanas ofrecen una extraña resistencia, a veces como una cíclica maldición o desastre, pero siempre como una frustración omnipresente que debilita y aniquila el potencial de una sociedad más o menos organizada. En este caso, las resistencias redivivas hasta hacerse invencibles desbaratan la ilusión de progreso y de futuro y sumen a hombres y mujeres en el desengaño y el resabio.

Se es pesimista cuando uno encuentra pronto los límites de la condición humana y la desmesura de sus miserias, y al forzar, no obstante, el deseo de superación, comprueba su imposibilidad, con inevitables secuelas de abatimiento, hastío y melancolía. Está claro que la melancolía es hija de Saturno, el planeta que rige el talento creador de los seres humanos. Pero el Saturno romano, el Cronos de los griegos, lleva en sí mismo, como un estigma, la estela del devoramiento de sus hijos, la bilis negra que inquieta y desasosiega hasta la insatisfacción obsesiva y apartadiza a cuantos están tocados por esa sombra espantosa. Hasta hace no mucho tiempo, estos no eran otros que los intelectuales, gentes –ya lo hemos dicho aquí mismo– en la actualidad extinguidas y sustituidas por sucedáneos que van del vocero sectario al petimetre denodado de la corrección política, del escritor integrista exterminador al cursi blando y progresista, del periodista  pretencioso y sin atributos al fatuo experto consolidado en su voz de ganso: un remedo de trazo grueso que induce necesariamente a la irritación y al pesimismo del melancólico, ser insatisfecho, desdeñoso, atrabiliario y crítico de cualquier época  y sociedad.

Portada del libro.

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Es justamente ese pesimismo el que con una capacidad y rigor elogiables ha rastreado a lo largo de la España del siglo xx  Rafael Núñez Florencio, en un ensayo ajustado y ecuánime: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010). Desde las últimas décadas del siglo xix hasta los eufóricos años noventa del siglo pasado, verdadero espejismo pronto difuminado por la brusca irrupción de este ominoso siglo xxi, este profesor sevillano ha revisado y escudriñado en el pensamiento y obras de los intelectuales y escritores españoles esa sombra maléfica que ha esterilizado el devenir hispánico en lo más reciente de nuestra historia contemporánea. En el rastro áspero, el desarraigo, el descontento y exasperación de nuestros más lúcidos intelectuales, ha encontrado el autor una línea constante de pesimismo, cuya persistencia le permite concluir afirmando: “Lejos de todo tono dogmático, baste convenir simplemente que el pesimismo en todas sus formas ha sido una constante que ha marcado decisivamente la realidad española del siglo xx”.

“La realidad española”, ésa es la cuestión. ¿Existe la realidad española? ¿O la verdadera realidad española es más bien su negación continuada y el pesimismo a que induce la imposibilidad –por reiterada frustración en el tiempo– de su construcción? ¿Por qué repetimos los españoles una y otra vez los mismos errores? ¿Por qué no aprendemos de nuestra bronca y sangrienta historia? ¿Por qué se impone indefectiblemente el sectarismo en nuestra vida política y social, impidiendo  el entendimiento civilizado, que no ve en el otro el enemigo a exterminar, sino el adversario dialéctico, distinto, con el que hay que entenderse para trabajar, avanzar y proseguir juntos? ¿Cuál es la razón profunda y esencial del desprecio de los españoles hacia España y su historia, y hacia sí mismos? ¿Cuál el porqué de su pasmosa facilidad para celebrar las cualidades de cualquier otro pueblo, con hiriente papanatismo, y siempre después de escupir sobre sí mismos? ¿Por qué, en fin, la división interna, la discordia intestina, la desunión pertinaz de nacionalismos y particularismos, muestra una vez más al mundo nuestra incapacidad para organizarnos, no ya como Estado, sino como simple nación?

La lectura catártica, triste, aleccionadora de este libro excelente suscita éstas y otras muchas preguntas pertinentes y fundamentales. El autor las responde con un planteamiento y tono comedidos, con rigor y lucidez impecables. Lo hace en once capítulos, cuyos títulos son en sí mismos el guión certero de una Historia de España, no sólo del siglo xx, sino del siglo xvi en adelante: “Melancolía”, “Decadencia”, “Abulia”, “Desastres”, “Desolación”, “Quijotismo”, “Esperpento”, “Negrura”, “Fracaso”, “Desencanto”, “¿Normalidad?”. Un inteligente sumario para una historia apasionante, desmesurada, ignorada y a la vez aborrecida por su propio pueblo. El mismo pueblo al que Ortega, Unamuno, Américo Castro, entre otros muchos de nuestros grandes, achacaban la parte de león de nuestros males, y al que Francisco Giner de los Ríos no encontraba en su respuesta a Joaquín Costa, cuando éste buscaba un “cirujano de hierro” para las reformas de la Patria:

– Don Francisco, necesitamos un hombre.

– No, Joaquín, no. Lo que nos hace falta es un pueblo.

En los despreocupados años noventa, justo en torno a 1996, no pocos prestigiosos historiadores españoles, seguramente llevados por la euforia de la “normalización” del país, pretendieron demostrarnos que nuestra historia no había sido “una excepcionalidad patológica en ningún sentido”, sino algo normal y equiparable a los países de nuestro entorno. “El problema español” no era tal, sino “el Falso problema español”. Afortunadamente, hubo otras voces no menos prestigiosas que dejaron las cosas en su sitio; por ejemplo, Francisco Bustelo: “Empeñarse en llevar el presente hacia el pasado, movidos por la satisfacción que suscita advertir nuestra ‘normalidad’ actual es, aunque lo hagan los historiadores de talla, ahistórico”. “La historia de un país normal, pero no tanto”, añadiría en 1998 con precisa ironía Borja de Riquer. No transcurrió mucho tiempo, cuando volvimos a comprobar, atónitos, la resurrección de los viejos fantasmas, los mismos errores, la sombra de las dos Españas, la misma irresponsabilidad, la misma estupidez y fanatismo. En esta coyuntura actualísima, este libro aparece como un antídoto frente a una evidente y nada halagüeña deriva en la política española. Es un magnífico instrumento para la reflexión y la cordura. Un pequeño-gran instrumento, como todos los que encierra la grandeza de la palabra escrita, para evitar, de una vez por todas, que siga vigente aquel tremendo aserto de don Manuel Azaña: “España es el único país que se clava su propio aguijón”.

(*) Agustín García Simón es editor y escritor.

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