Enrique Morente, iniciador de una nueva dinastía flamenca

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Alfredo Grimaldos *

Enrique Morente deja huérfano el flamenco. Poco después de que haya sido reconocido como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, pero en un momento en el que van quedando muy pocas referencias vivas de peso para este arte. Mil ideas nuevas del cantaor granadino se han quedado sin materializar. Entre sus numerosos proyectos estaba el de grabar un disco íntegro con canciones de Antonio Vega. Además, trabajaba con los dos próximos discos de su hija Estrella, que ya se encontraban bastante avanzados, y quería hacer uno sobre los cantautores españoles, a los que, según él, les debía mucho.

Por el estudio de grabación de su carmen del Albaicín granadino pasaban con frecuencia Juan y Pepe Habichuela, Rafael Riqueni y otros muchos artistas. Siempre fue un eje sobre el que giraron numerosos flamencos y una permanente fuente de inspiración para las figuras que estuvieron cerca de él. Enrique conservaba grabadas cientos y cientos de horas de ensayo, de diálogo creativo con ellos. Un manantial del que surgían infinidad de nuevas ideas.

En todo este proceso creador no había nada de construcción de laboratorio, de lo que resulta cada vez más habitual ahora: pinchar, cortar y pegar. Enrique  trabajaba en directo sobre una idea, sin parar, y esa llevaba a otra y otra.

Entre sus proyectos inacabados también estaban numerosas colaboraciones con grupos de rock. Además, trabajaba desde hace tiempo en un estudio muy complejo sobre “la voz flamenca”. Algo inspirado en lo que él mismo ya hizo en su disco El pequeño reloj (2003), donde rescataba a antiguas glorias de la guitarra flamenca como Ramón Montoya y Manolo de Huelva. Enrique grabó su voz sobre el toque maestro de ambas figuras históricas con un resultado fascinante. “Ahora quería jugar con las voces de los clásicos, con metales de voz diferentes de los actuales, que son más uniformes”, explica José Manuel Gamboa, guitarrista, productor y escritor muy cercano al cantaor granadino. “Yo le iba a tocar en alguna de esas piezas. Quería que cantaran en el disco viejos flamencos de mi pueblo, El Arahal, que suenan más antiguo, fuera del sota, caballo y rey”. Precisamente para ese trabajo, Enrique ya había grabado varias maquetas con Gerardo Núñez y Pepe Habichuela.

También tenía muy avanzado el proyecto titulado África, Cuba, Cai, cuyo esbozo presentó en directo hace años. Justo antes de que apareciera el disco Lágrimas negras, de El Cigala y Bebo Valdés. En el monumental volumen Negra, si tú supieras (1992), Enrique ya había incluido de forma original aires caribeños para cantar a Nicolás Guillén. Era muy celoso con sus nuevos proyectos, porque más de una vez se encontró con que se le adelantaron otros a la hora de ponerlos en circulación. Claro que nadie con su talento.

Todo ese apabullante trabajo de futuro le mantenía en constante actividad. De forma anárquica, a su manera, pero sin parar. En más de una ocasión comentó a algunos de sus más allegados que estaba preocupado porque no sabía si le iba a dar tiempo a terminar tanta tarea iniciada. Nadie quiso o pudo ver en ello el anticipo de lo que fatalmente ha sucedido. Lo lógico era pensar que Enrique se refería a que, a sus 67 años, la voz le podía fallar en cualquier momento, por pura ley de vida. Pero ha ocurrido lo peor.

Enrique conoció a su mujer Aurora CarbonellLa Pelota, de nombra artístico– en el Café de Chinitas, de cuyo cuadro de baile formaba parte ella. Aurora pertenece a una familia gitana madrileña cuajada de artistas flamencos. Es hija del guitarrista Montoyita y hermana de la bailaora La Globo, el cantaor Antonio Carbonell (que representó a España en el Festival de  Eurovisión) y el guitarrista Montoyita. En las fotografías de prensa se pudo ver a los dos últimos, completamente desolados, en primera fila de los familiares y amigos que subieron el féretro con los restos de Enrique Morente por las escaleras del edificio de la SGAE.

Enrique, con su personalidad desbordante, la gran capacidad para arropar a los que estaban a su alrededor y el enorme talento artístico que siempre le ha caracterizado, era el centro de todo un gran clan familiar. Un payo granadino genial, respetado y querido con locura por su familia gitana. Sus cuñados y mucha gente cercana ha trabajado con él en infinidad de ocasiones y le reconocen como indiscutible maestro. El hueco que deja Enrique es inconmensurable.  Él ha sido también, por supuesto, quien ha dirigido, con enorme inteligencia  y gran sentido de la medida, la carrera de su hija Estrella. Ha sido padre, productor y factótum para ella. La otra hija del cantaor, Soleá, ahijada de Carmen Linares, ha estudiado Filología y no se dedica de forma profesional al flamenco, pero tiene una preciosa voz y ha cantado en algunos discos de su hermana y de su padre. El menor de la familia, Enrique, es cantaor, muy aficionado, y se ha fogueado profesionalmente, desde muy pequeño, en los escenarios junto a su progenitor.

Enrique Morente era un chaval que trabajaba de zapatero en su Granada natal cuando decidió venir a Madrid, siguiendo la llamada del duende. No había antecedentes artísticos profesionales en su familia. Ha sido el iniciador de una nueva dinastía flamenca que ahora ha quedado desarbolada y tendrá que aprender a vivir y trabajar sin su tranquilizadora y genial presencia. Estrella Morente es muy artista, ya lo ha demostrado infinidad de veces sobre el escenario y, de forma terrible y conmovedora, en la última despedida a su padre. Ahora se ha convertido en el buque insignia de la familia sobre las tablas. Desde niña acompañó a Enrique en camerinos y estudios de grabación y, con sólo siete años, el maestro Sabicas, tío de su abuelo Montoyita, la escuchó canturrear por tarantas en un rincón del estudio y empezó a darle tonos con la guitarra. Aquel singular encuentro dejó el primer documento sonoro que tenemos de ella. El último ha sido su desgarrada interpretación de la Habanera imposible, de Carlos Cano, durante el último adiós que la ciudad de Granada le dio a Enrique Morente: “Ay, inútil callarla, / es imposible callarla...” Hasta que cayó derrumbada junto al féretro con los restos de su padre.

(*) Alfredo Grimaldos es periodista y escritor.

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