¿Por qué son tan malos?

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Gabriel Tortella *

Me refiero, por supuesto, a nuestros líderes políticos, con especial consideración de los máximos representantes de los partidos mayoritarios. Las encuestas revelan que la opinión española no quiere ver a ninguno de los dos como cabeza de lista en las próximas elecciones generales. Y, sin embargo, con toda probabilidad, allí estarán, encabezando las candidaturas; sus efigies aparecerán en los carteles empapelando vallas y paredes en calles, plazas, y carreteras. ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto? ¿Por qué vamos a tener que elegir entre dos políticos a los que no queremos, de los que, parafraseando a Kissinger cuando se refería a la guerra entre Irán e Irak, preferiríamos que no ganara ninguno?

Además, esta aversión de los electores no es algo caprichoso, cuestión de antipatías u ojerizas pasajeras, al contrario. Especialmente en el caso del presidente, los electores se dejaron seducir en dos ocasiones por su fotogenia, sus sonrisas y su “talante” para descubrir, seis años más tarde, la irresponsabilidad, la demagogia, la incompetencia, y el oportunismo implacable que se ocultaban tras aquellas suavidades aparentes. El líder de la oposición no tiene esos encantos visibles, pero su ejecutoria no compensa la falta de fotogenia: su oportunismo y la elasticidad de sus principios son proverbiales, y su paso por varios ministerios en los gobiernos anteriores no dejó ningún rastro memorable y sí alguno lamentable. Su reciente decisión en el nombramiento de candidato en Asturias es una muestra más de su torpeza. Los electores se sienten ahora burlados y frustrados; están furiosos y despechados. ¿Cómo se explica que en democracia el pueblo no consiga quitarse de encima a dos individuos tan impopulares?

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En primer lugar, España es una democracia, sí, pero una democracia plagada de lacras que traban tanto su funcionamiento que podría definírsela como “democracia incompleta” o “imperfecta”. La lacra más grave de nuestra democracia reside en la ley electoral, que se justificó hace treinta y pico años alegando su provisionalidad en tanto los electores no se familiarizasen con partidos, figuras, y usos electorales. Sin embargo, éstas son las horas en que aquella ley electoral “provisional” sigue vigente y tergiversando la voluntad popular, porque da un poder desproporcionado a los partidos nacionalistas y a los aparatos de los partidos. Del despropósito y la injusticia que implican el que los partidos nacionalistas vascos y catalanes, con menos votos que Izquierda Unida o UPyD, tengan mucho mayor representación en las Cortes poco hay que decir, por lo conocido y comentado. Lo único que llama la atención es el escaso eco que tienen entre el público las protestas de estos partidos contra tal monstruosidad. Casi más grave y menos reconocido, sin embargo, es el efecto que el sistema de listas cerradas y bloqueadas tiene sobre la democracia interna de los partidos, que explica que, una vez que alguien ocupa la secretaría general de una organización política, sea virtualmente imposible desalojarle, por impopular que sea dentro y fuera de ese partido. Ello es porque el que manda controla la confección de las listas electorales, de modo que cualquier conato de rebeldía es castigado con la eliminación de las listas, lo cual trae consigo la muerte política del rebelde a menos que, como en el caso de Rosa Díez, sea capaz de resucitar creando un partido nuevo; pero hay que reconocer que esto está al alcance de muy pocos y que, aún para los pocos que pueden emprenderla, es tarea ardua y azarosa. Todo esto explica que nuestros líderes vayan a ser candidatos en las próximas elecciones generales aunque sean rechazados por el público en las encuestas.

Podrá objetárseme que no es España el único país que tiene problemas electorales de este tipo. Los norteamericanos eligieron y reeligieron a dos presidentes tan incompetentes y desleales como Richard Nixon y George W. Bush, contra los que también se desató la furia popular al final de sus segundos mandatos. En Italia tampoco es la situación electoral muy edificante: el hartazgo que produce Berlusconi no se traduce en aumentar el atractivo de las figuras de la oposición. Algo parecido ocurre en Francia con la decepción que ha producido Sarkozy; las figuras de la izquierda, ensimismadas y enrocadas en sus taifas, tampoco parecen ofrecer alternativas atractivas. Es que no hay que hacerse ilusiones con la democracia. Sus errores pueden ser tan garrafales como los de las dictaduras: la superioridad de la democracia no reside en sus aciertos, sino en su legitimidad: la que confiere el consentimiento de los gobernados, en libertad y bajo el imperio de la ley. El acierto en la elección ya es harina de otro costal. Se repite mucho la frase de Churchill afirmando que la democracia es un sistema pésimo, pero superior a las alternativas; no se repite tanto otra frase suya: el mejor argumento contra la democracia es una breve conversación sobre política con el elector medio.

Pero la democracia es perfectible. Entre la perfecta democracia y la dictadura hay muchos grados intermedios y la española, por desgracia, está muy alejada de la perfección. ¿Qué puede hacer el frustrado elector para mejorar la democracia española? Muy sencillo: seguir su instinto. Hacer lo posible por que no gane ni uno ni otro. Votar por otros partidos. “Eso es tirar el voto,” dirán muchos, “prefiero votar al menos malo”. Eso es votar por que la perversión de la democracia continúe: Izquierda Unida y UPyD llevan en sus programas la necesidad de una ley electoral más justa, como los liberales ingleses, y en una coalición lo pueden conseguir, como está a punto de lograr Nick Clegg en Inglaterra. Y, sobre todo, apliquemos la razón y el instinto, que esta vez nos dicen lo mismo: si no les queremos, no les votemos.

(*) Gabriel Tortella. Economista e historiador. Es catedrático emérito de Historia de la Economía en la Universidad de Alcalá de Henares.
4 Comments
  1. sembei says

    Completamente de acuerdo, a pesar del sistema o precisamente por eso, hay que apostar por aternativas diferentes que, a ser posible, tengan la intención de modificar la ley electoral y el sistema de listas cerradas.

    Yo tenía pensado votar a IU precisamente por eso, pero lo poco que aún conozco de Equo hace que lo esté valorando como alternativa.

  2. miliquito says

    Érase una vez que un señor heredó una participación en una sociedad y fue a informarse del trasunto de la misma. Le explicaron que el fin declarado de la entidad era el bien común, de todos y cada uno de sus asociados, y procurar la consecución del máximo bienestar y oportunidades para todos. A tal fin se requería la mejor gerencia posible y, tras multitud de pruebas infructuosas a lo largo del tiempo, se había optado por entregar su gestión a dos grandes escuelas de negocios de larga trayectoria, desestimando las más pequeñas por no ofrecer tantas garantías. Los partícipes de la sociedad habían aceptado el contrato de gestión de las escuelas que contenía los siguientes puntos:

    -Los gestores serán propuestos a los socios por las escuelas de negocios.
    -Las escuelas definirán los objetivos deseables que presentarán a la sociedad para su aprobación como un paquete cerrado.
    -Los gestores requerirán de los socios la aportación obligatoria de fondos para un funcionamiento óptimo.
    -Los gestores podrán pedir préstamos, en nombre de los socios, para atender los desembolsos que hubieran de producirse.
    -Las escuelas de negocios, en vigilancia de los intereses de los asociados, se encargarán de la fiscalización de la gestión.
    -Los gestores, para dotar de la mayor agilidad a su función, contarán con libertad absoluta de decisión y actuación.
    -Los gestores, en pro de una razonable continuidad de la gestión en el tiempo, permanecerán en su cargo al menos cuatro años y, finalizado el plazo y en caso de destitución, cobrarán las indemnizaciones fijadas por ellos mismos.
    -Los gestores podrán contratar los trabajadores y el asesoramiento que fuera preciso para garantizar el máximo acierto en las decisiones y el mejor trabajo posible. Siempre que sea posible, serán alumnos de las escuelas para garantizar el más actualizado conocimiento de la doctrina imperante.
    -Los asociados renuncian a recibir información de la marcha de la sociedad por otros medios que los boletines informativos que publiquen las escuelas de negocios o sus editoriales concertadas.
    -Para impedir la fuga de capital humano y reforzar el vínculo con la sociedad, se autoriza a los gestores y a las escuelas de negocios a establecer su propia retribución.
    -Los socios renuncian a la reclamación a los gestores y a las escuelas por los daños que pudieran derivarse de su gestión. No obstante, de producirse fallos, los gestores garantizan el señalamiento inmediato de los trabajadores o socios de la sociedad que hubieran podido tener relación con los hechos.
    -Las escuelas, una vez aceptado el contrato, se reservan el derecho a modificarlo en lo que fuera preciso para garantizar la continuidad del buen gobierno.
    -Los socios, para garantizar su participación efectiva y en aras de su mayor comodidad, podrán, cada cuatro años, elegir como gestores de cada departamento a uno de los representantes propuestos por las escuelas de negocios mediante el depósito de una papeleta. Las escuelas de negocios entenderán el depósito de la papeleta como una renovación del contrato.

    El buen señor escuchó las explicaciones que le daban en recepción y, algo inquieto, expuso algunas de sus dudas, preguntando si podía darse de baja. El recepcionista le contestó que una vez aceptada la herencia, la pertenencia a la sociedad era irrenunciable. Como nuestro amigo puso una cierta cara de espanto, el recepcionista, guiñándole un ojo, le dijo: declárese insolvente o, si tiene amigos que le avalen, hágase socio de una de las escuelas de negocios, a fin de cuentas, todos los socios “listos” ya lo han hecho… y esto durará mientras queden suficientes socios tontos.

    Así es y así se lo hemos contado. Y, claro, así nos va.

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