Jaime Salinas y el trineo

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Luis Goytisolo *

Jaime Salinas no parecía español. Como tantos otros hijos de intelectuales republicanos exilados sus maneras eran elegantemente cosmopolitas. Como su hermana Solita. O como Claudio Guillén y su hermana Teresa.

Sólo que en el caso de Jaime Salinas su cosmopolitismo era el de un norteamericano educado en Harvard o Princeton o cualquier otra universidad de la costa Este. Y es que, a diferencia de Claudio, por ejemplo, y por mucho que como editor buscara siempre la calidad literaria, su actividad cotidiana era la propia de un empresario y el canon de conducta aprendida chocaba con los hábitos españoles de la época. Especialmente con las ocurrentes pero caprichosas decisiones de Carlos Barral, su boss. El cambio de expresión de Jaime Salinas sentado en su despacho, tras hablar por teléfono con algún colega anglosajón o sueco, por ejemplo, su sonrisa distendida, sus gestos sosegados,okay, okay, para hablar a continuación con Barral, tartamudeos, ojos de sobresalto y, tras colgar, expresión de desaliento, encogimiento de hombros, gestos de impotencia.

Y eso sin que la responsabilidad de editor anulara su espíritu crítico y creativo. Recientemente, el hispanista Christopher Maurer me hizo llegar un informe de Jaime Salinas dirigido al editor de New Directions, sobre Las Afueras, con motivo del Premio Biblioteca Breve que acababa de serme concedido. Pues bien, ese informe, escrito directamente por él, es mucho más certero que la mayor parte de las críticas que se publicaron en la época. Jaime Salinas leía; Carlos Barral, hojeaba. De ahí la ruptura inevitable y que la actividad de Salinas tomara otros derroteros.

Gil de Biedma le complacía ironizar sobre las convicciones progresistas de Salinas, contrastarlas con los ocasionales regalos de la herencia familiar. “En el Oranesado tienen naranjos, naranjos y naranjos”, decía extendiendo el brazo en reiterado gesto de vastedad. También le gustaba imaginarlo en las tierras de su íntimo amigo islandés. “Le veo viajando en un trineo tirado por ciervos con cascabeles”, decía.

Hoy, tras el desenlace de una vida precisamente en Islandia, la evocación de Gil de Biedma tiene algo de final de película de Bergman, con sus hileras de figuras danzando a contraluz.

(*) Luis Goytisolo. Escritor y académico. Su última obra publicada es Cosas que pasan (Siruela, 2009).
1 Comment
  1. Christopher Maurer says

    Leo con gran interés la evocación de Luis Goytisolo, de cómo las costumbres de Jaime Salinas chocaban con los hábitos españoles. Me reuní sólo algunas veces, pocas, con Jaime, pero me acuerdo que en una de nuestras conversaciones, la última, en los años 80, hablamos de esa editorial norteamericana, New Directions, donde yo había publicado una traducción de la prosa de García Lorca. Sabía que, años antes, él había colaborado allí en otro libro lorquiano, los Selected Poems, que se vendía—y se vende—todavía. Me pareció maravilloso cómo se daba cuenta de lo que representaba aquella diminuta editorial (la de Pound, W.C. Williams, Thomas Merton, Tennessee Williams…), y otras del mismo tipo (las llamadas ‘little presses’) en la literatura norteamericana. Charlamos sobre el mundo editorial en EE. UU. y en España—conocía él a gente legendaria a ambos lados del Atlántico—y , como sabía que me apasionaban la biografía y la historia literaria, acábamos hablando de los archivos. Estábamos en una cafeteria de la calle Juan Bravo y me dijo que recordaba haber visto en la basura, en esa misma calle, parte de los archivos de cierta editorial… En cuanto a archivos y a papeles privados, su actitud me pareció ejemplar. Le debió ser muy difícil, por muchas razones, afrontar la historia del affair de su padre con la norteamericana Katherine Whitmore, del que se enteró por casualidad después de la muerte de PS. Pero no creo que pensara nunca en suprimir esa historia. Con el apoyo y la ayuda práctica de Jorge Guillén, y después de reunirse él mismo con Whitmore, hizo lo posible para que se conservaran y se publicaran las cartas de amor de su padre. Con este gesto valiente se apartaba, creo que muy conscientemente, de ciertas nociones hispánicas (así las vería él) del decoro y de la intimidad epistolar. Las cartas permitían trazar la historia textual de un ciclo poético importante y formaban parte de la vida poética del padre. Autorizó su publicación y, empezando en la década de los 70, hizo lo posible para que se publicara una edición verdaderamente completa de las obras de Pedro Salinas. Fue uno privilegio conocerlo y esas conversaciones fueron, para mí, un regalo.

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