El chivo expiatorio de Meudon

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Juan Ángel Juristo *

Sorprende, hay que decir que solo en parte, la actitud del gobierno francés, representado por su flamante y sofisticado ministro de Cultura Fredéric Mitterrand, el mismo que defendió a Roman Polansky cuando las autoridades suizas cursaron la orden de detención de un juez norteamericano y el que fue vilipendiado por pederasta de una manera torpe por miembros del Partido Socialista Francés a raíz de la publicación novelada de un libro de memorias hace unos meses, sorprende, digo, y solo en parte, la censura manifiesta ante el cincuentenario de la muerte de Louis Ferdinand Céline, el único escritor francés del siglo XX que puede codearse con Marcel Proust. Sorprende, y repito, solo en parte, esta negación porque parece haber tenido en cuenta una presión menor ante un problema mayor, vale decir, la presión ejercida por Serge Klarsfeld, presidente de la Asociación de hijos de deportados judíos en Francia, ante los fastos que la República concede a uno de sus más afamados hijos. Ahí es nada.

Hablando en lenguaje celiniano, imagino a éste descojonándose en la tumba ante la estupidez e hipocresía reinante hoy día en su querida República. Parece ser que un hijo de Klarsfeld salió un tiempo con Carla Bruni y que por aquí podría hallarse la explicación ante el rápido desfallecimiento del ejecutivo francés ante la presión ejercida por la actitud de Klarsfeld. Que Céline era un ferviente antisemita, por lo menos de boquilla, y nunca mejor dicho, de bocazas, porque curó en su consulta, gratis, a varios judíos cuando ejercía de médico, nadie lo duda –una vez entreví en París una primera edición de su panfleto, Bagatelas para una masacre, pero no lo compré porque su precio, el de la clandestinidad, era abusivo–; que ese ferviente antisemitismo era tan vociferante que repugnó al oficial de la Wehrmacht Ernst Jünger cuando se encontraba de servicio en el París ocupado según consta en sus Diarios, nadie lo duda; que ese antisemitismo le valió una condena a muerte in absentia y que sólo pudo volver a Francia una vez fue revocada la ley allá por la década del cincuenta, esto es ya historia, pero sorprende, digo otra vez, que un país como Francia, cuyo comportamiento en la guerra fue, por lo menos, ambiguo. No olvidemos el campo de concentración de Drancy, donde murió el escritor Max Jacob, por judío, no olvidemos el comportamiento del tío del actual ministro, François Mitterrand, antiguo presidente de la República y acusado de colaboracionista en su tiempo, no olvidemos el clima de guerra civil en que la mitad del país apoyó una política fascista, no olvidemos a la inexistente Resistencia hasta por lo menos el año 43, cuando comenzaron a cambiar las tornas en la guerra, ¿levantamos más mierda?, no olvidemos, digo, porque gracias a la ignorancia algunos, sencillamente, parecen querer escribir la historia a  su manera… y se aprovechan.

Fascistas de talento en la Europa de los treinta hubo muchos, multitud, algo que muchos quieren ahora negar, no sé muy bien la razón, gentes que pusieron su talento en denunciar a las corruptas democracias de su época, como hubo multitud de comunistas de talento que hicieron lo mismo y multitud de liberales de talento, la cosa es tan obvia que sonroja hasta escribirlo, y que la República siempre ha valorado el talento por encima de las contingencias, la leyenda así lo quiere y así se ha hecho con casos como el de Louis Aragon, Jean Paul Sartre, Paul Eluard y algunos otros que no quisieron ver la realidad del Gulag, de las autoinculpaciones, de la represión de Budapest, de Praga, del genocidio de los jemeres rojos, ¿para qué seguir? Sorprende, digo, de nuevo, esta censura que refleja miedos inexpresados, inquietantes, reflejo de una sociedad que se muestra cada vez más incapaz de asumir sus propios defectos y prefiere mirar hacia otro lado gracias a la confortable epidemia mental de la corrección política. El tío del actual ministro de Cultura, siendo Presidente de la República, ejerció la gracia ante el filósofo Louis Althusser, acusado de haber estrangulado a su mujer, y, sin embargo, su sobrino ha caído derrotado ante el fantasma de un muerto ilustre que lleva enterrado cincuenta años. Vivir para ver.Una vez más el sentido común lo ha puesto Bernard Henri-Lévy en un artículo donde dice preferir el genio, no su infamia. Anotar que también, sorpresivamente, y lo digo por lo del sentido común, Philippe Sollers ha salido al trapo de la cuestión acusando de censura al gobierno de Sarkozy.

La historia, tal y como se ha desarrollado, parece una de esas contadas por Céline cuando ejercía de eremita en su retiro de Meudon. Tal y como vamos imagínense el centenario.

(*) Juan Ángel Juristo es crítico literario y escritor.

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