Opinión sobre lo sucedido

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Tarek Heggy *

(Traducción del inglés de Pablo Bornstein **)

El título de estas “observaciones” está tomado en préstamo del título de un poema, de sobra conocido por cualquier intelectual árabe, Comment on what happened (Opinión sobre lo sucedido), publicado en septiembre de 1970 por Amal Dungal, uno de los mejores poetas árabes del siglo XX. El poema puede considerarse como un resumen de mis siguientes observaciones.

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La primera observación es que los sucesos producidos en los últimos días en Egipto, Túnez y Yemen tienen algunos denominadores comunes, entre los cuales el más importante es que estos sucesos han tenido lugar en tres países regidos por “un ejército” y están conducidos por hombres que llevan sentados décadas en el poder (21 años en el caso de Túnez, 30 en el caso de Egipto, y 33 años en Yemen). En los tres casos existía un perverso deseo de transferencia de la soberanía al hijo (ya que ninguna mujer podría recibir el poder) o a un miembro de la familia (como dicen en Egipto: “¡Buena sangre nunca miente!”). En los tres casos legendarios la corrupción reina a los más altos niveles. Además, en los tres casos, hay un sistema presidencial en el que la Constitución confiere al Presidente inequívocos poderes que le permiten hacer cualquier cosa, excepto resucitar a los muertos y hacer salir al sol por el oeste.

La segunda observación consiste en que los pilares del régimen han subestimado, en el caso de Túnez, y todavía hoy en día lo siguen haciendo, en los casos de Egipto y Yemen, el tamaño y la importancia de lo que está pasando, echando la culpa de ello a la “infiltración” y a “agentes extranjeros”, un típico comportamiento de estos regímenes totalitarios.

La tercera observación es que los tres sistemas políticos han visto (y aún siguen teniendo esa visión los sistemas de Egipto y Yemen) lo que está pasando y buscan manejar la situación exclusivamente desde el punto de vista de la seguridad, sin dejar paso a ningún tipo de análisis político, cultural o social. Esto también es natural en los regímenes totalitarios, donde la cultura es contemplada con poco respeto, como si fuese una profesión de “charlatanes” o, como le contaba a un miembro de estos regímenes veinte años atrás, ellos creen “que cultura es la profesión de los que no pueden hacer ningún trabajo”.

El cuarto punto es que son regímenes cuyos pueblos están demostrando en las calles (en Túnez, Egipto y Yemen) que no son aceptados y el mismo pueblo está exigiendo su eliminación. Con el paso de los años se han convertido en “oligarquías” (¡una banda de granujas!) cuyos miembros están unidos por un matrimonio católico entre la Autoridad y una serie de “emprendedores”, que se han hecho increíblemente ricos sin sudor ni esfuerzo, sin eficiencia ni excelencia, solamente a través de la fuerza del poder político recibido por estos mismos grupos de emprendedores bajo los auspicios de un rígido monopolio.

La quinta observación es que los regímenes en Egipto, Túnez y Yemen han “vendido” al único superpoder en el mundo (sumergido hasta el cuello en ingenuidad y superficialidad y que pone atención solamente en los bienes materiales, incluso si esta actitud va en detrimento de los principios de la civilización), la idea de que en los tres países la elección queda entre “los criminales en el poder” o los “islamistas”. La tragedia consiste en que la situación creada por estos mismos dirigentes lleva en gran medida al superpoder (que necesita cursos intensivos de  historia y geografía) a creer que ellos son el mal menor. Los dirigentes de esos países afligidos por ideologías (políticas y económicas) han gastado todas sus energías en centrarse interna y externamente en los principales problemas (¡en términos de democracia y elecciones libres!) que tiene la franja de Gaza. Cuántas veces ha repetido el presidente de uno de estos países (por supuesto con toda su innegable sabiduría) la frase: “Yo se lo he sugerido a América, se lo dije, pero ellos no me hicieron caso”.

El sexto punto concierne a la presencia en los tres países de una gigantesca laguna y un aterrador abismo entre ricos y pobres. El peor ejemplo sin duda alguna proviene de Egipto, donde cerca de cuarenta millones de personas (no mucho menos de la mitad de la población) viven por debajo del umbral de pobreza, o sea, un egipcio vive con dos dólares o menos al día. A esto hay que añadir un gran porcentaje de analfabetos en sentido literal -tan sólo la mitad de los egipcios están alfabetizados- y una alta proporción de estos últimos son víctimas de las consecuencias del corrupto y horroroso sistema educativo, de modo que sufren igualmente de “analfabetismo cultural”. Es la combinación de estas dos enfermedades (pobreza e ignorancia) la que hace de Egipto el caso más serio en la región árabe y de la situación egipcia la más presta a explotar, y quizá de una forma menos sistemática y más perjudicial que lo que vemos en el caso de Túnez.

Aunque se pueden encontrar otros denominadores comunes entre el “levantamiento popular en Túnez” y el “levantamiento popular en Egipto”, creo haber señalado los seis factores que pueden identificar las principales similitudes entre ellos. Sin embargo, si uno puede hablar de factores comunes, la lógica exige arrojar algo de luz sobre las diferencias entre “el caso tunecino” y el “caso egipcio”. Las diferencias principales recaen sobre el estatus específico, educativo, cultural y económico de los segmentos de clase media (media-alta, media y media-baja) de ambos países. La calidad de la clase media tunecina es mejor, más avanzada y próxima a los estándares europeos cuando se compara con una educación egipcia que vive en el límite de la degradación a todos los niveles y que está impregnada de una horrenda y retrógrada cultura Wahhabi-Saudi.

La cultura de la clase media tunecina está más marcada por el progreso del mundo moderno y menos influenciada por los valores tradicionales y conservadores que paralizan a grandes segmentos de la clase media egipcia. Además, las condiciones económicas de la clase media tunecina son mucho mejores que la miserable situación económica de la clase media egipcia. Aquí es fundamental reiterar dos verdades elementales: la primera es que casi la mitad de los egipcios viven por debajo de la línea de pobreza (lo que significa que viven con dos dólares o menos al día), la segunda es que cerca del 40% de los egipcios son analfabetos y el 60% de la gente que sabe leer y escribir es un producto directo de un sistema educativo desconectado de la realidad, y que la mayoría de aquellos que han recibido su formación en el último medio siglo están marcados por un analfabetismo cultural.

La segunda mayor diferencia concierne a los sindicatos y a los trabajadores. Mientras que en Túnez los líderes sindicales han sido designados de forma completamente independiente y no por líderes políticos y por el gobierno, los sindicatos egipcios son meros “adeptos” del poder. Mientras que los líderes sindicales en Túnez pertenecen a la izquierda, los líderes sindicales en Egipto o siguen al gobierno central o están “próximos a los islamistas”.

La tercera diferencia entre Egipto y Túnez es geográfica: mientras que Egipto está cerca de Arabia Saudí, Gaza y Sudán, Túnez está cerca de Francia, Italia y España. No hace falta explicar las consecuencias culturales de esta específica geografía.

En la última parte de este artículo trataré de responder algunas cuestiones comunes en circulación durante estos días en Egipto: ¿Qué va a pasar ahora?, ¿Qué debemos esperar en los siguientes días y semanas? Creo que el gobierno va a fallar a la hora de contener y suprimir el levantamiento iniciado la mañana del 25 de enero de 2011. No valdrá de nada que “traten de minimizar el tamaño y significado de lo que está pasando”, como están haciendo el gobierno y sus seguidores (incluyendo a los “grandes” periodistas designados por el gobierno, que son sustituidos según las necesidades). Creo que la bola de nieve continuará creciendo en peso y tamaño hasta forzar al gobierno y a sus adeptos a enfrentarse con la realidad.

El escenario más probable es que el Presidente permita ciertas concesiones a los “alborotadores”, como formar un nuevo gobierno y declarar que no se va a presentar a un sexto mandato (¡ya es suficiente haber dirigido Egipto durante treinta años!), o anunciar que su hijo no será su sucesor (cuya candidatura a la presidencia es criticada por la mayor parte de los manifestantes, una idea que la mayoría de los egipcios, con la única excepción de la gente vinculada al actual régimen, considera ofensiva para la dignidad de Egipto y de los egipcios)

Ofrecerá un puñado lleno de promesas de reformas políticas y económicas. Y es muy probable que esto suceda después de que la revuelta empeore y después de que se dé cuenta de la imposibilidad de controlarla a menos que use unas dosis enormes de violencia, con la consiguiente pérdida de vidas humanas, y su salida del escenario por razones nacionales e internacionales. Pero también existe la posibilidad de que el régimen elija no tomar medidas en medio de la tormenta, aunque éste parece un escenario menos probable. Como sea, es de todas formas un escenario muy peligroso que puede llevar a consecuencias desastrosas. En mi opinión, no hay duda de que el escenario “podría” conllevar la participación en la crisis de las “fuerzas armadas”, que podría traer en algunos meses o años la sustitución del presidente (Mubarak cumplirá 84 años el próximo 4 de mayo) por la acción del ejército. Esto dañaría a Egipto política, económica y culturalmente y haría mucho daño a su valor estratégico.

Todavía queda una cuestión crucial: ¿es que no son conocidos los egipcios, como dijo el comandante musulmán que lideró la conquista de Egipto, Amr ibn al-As, como “un pueblo que se rebela instintivamente sólo cuando no hay pan”? La Historia (la de Ibn Iyas por ejemplo) nos dice que en tiempos de hambrunas los egipcios comían perros y gatos, pero no volvían su ira directamente contra el Faraón. Mi respuesta es que el actual presidente llegó al poder en 1981. Los egipcios que se rebelan hoy son completamente diferentes de aquellos que vieron a Hosni Mubarak en el poder después del asesinato de Sadat el 6 de octubre de 1981. Los egipcios de los ochenta son los “hijos e hijas” del estado egipcio, son ciudadanos sin carácter, son trabajadores empleados por el estado dirigido por el Faraón. Los egipcios que se rebelan hoy son los niños de la globalización, de Internet y de Facebook. Muchos de ellos no han sido empleados por el estado, y gracias a la tecnología moderna están bien informados sobre el mundo exterior, y están perfectamente familiarizados con las terribles diferencias entre gobiernos regulados y gobiernos serviles. Esta gente alimenta la bola de nieve que reunirá la fuerza suficiente para el cambio mientras al mismo tiempo llevará a la insurgencia a un “umbral crítico” tal que las cosas no volverán a ser lo que eran…

(*) Tarek Heggy (Port Said, Egipto, 1950)) Ensayista, profesor y abogado. Ha publicado desde 1978 28 libros (17 de ellos en árabe) y cerca de 500 artículos de prensa, en los que destaca su defensa de las ideas liberales.
(**) El artículo, publicado originalmente en árabe, ha sido traducido al castellano por Pablo Bornstein con autorización expresa del autor para su reproducción en cuartopoder.es.
4 Comments
  1. Bea says

    Maravilloso análisis. Gracias y enhorabuena.

  2. Zaratustra says

    Egipto es un país riquísimo en todos los sentidos con el desgraciado control de los sátrapas interiores y exteriores.

  3. J Mos says

    Egipto, un pueblo de pasado milenario en el que la gente aspira a gozar de la libertad y de la modernidad como muchos otros pueblos. El sur del Mediterraneo mira al norte del mismo mar, y está en su pleno derecho de hacerlo. y Europa mientras balbucea a verlas venir.

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