Mini-Arco

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Alejandro Carpintero *

Estamos en crisis. No se si lo han oído por ahí. En esta última edición de Arco además de oírse se ha podido ver. Cuando en septiembre de 2008 caía Lehman Brothers al tiempo que el artista vivo más caro del mundo, Damien Hirst, vendía sus 54 nuevas obras por 127 millones de dólares parecía que el mercado del arte era el único blindado y protegido contra la crisis.

Todos los años espero ir a Arco con ilusión. Me gusta Arco con sus obras polémicas y sus excesos. Siempre se las apaña para ser noticia por causa del atrevimiento de un puñado de artistas y galeristas valientes y arriesgados. Pero este año lo único que ha trascendido han sido los recortes. Menos artistas, menos galerías, menos obras, menos días (antes se podía ir también el lunes que era el mejor día, después de la locura del fin de semana), y hasta un pabellón entero de Ifema menos dedicado al arte contemporáneo. Menos, menos, menos... O casi. El precio de la entrada se ha mantenido intacto: 32 € de entrada general. Esto es celebrar un treinta cumpleaños con buena salud.

El Arco de esta edición es un paseo suave. No están los Bacons, ni los Richters, ni los Emins, o apurando, ni los Lucien Freuds, cuya presencia parecía obligada otros años y que daban valor a la feria. Ni rastro. A cambio no espere encontrarse un relevo de otros artistas de igual prestigio. Las galerías que quedan llevan versiones de lo que otros años les funcionó comercialmente, por lo que si has asistido los últimos años sientes una continua sensación de déjà vu. El genio de los artistas y el público son los principales afectados. Para quien no sepa como funciona esta maquinaria la cosa es más o menos así: los artistas no arriesgan si los galeristas no los respaldan. En última instancia el galerista es el que decide qué llevar de toda la obra de la que dispone en un año. Si el mercado no está para tirar la casa por la ventana es mejor ir a lo seguro. También se puede diferenciar entre dos tipos de galerías: aquellas que se preocupan de tener buenas obras colgadas, y aquellas para las que es más importante el prestigio del nombre del artista que las obras que representan a ese artista. Todo esto se traduce en menos obra, menos novedad, menos riesgo, menos, menos, menos...

Hace 12 años, el que escribe estudiaba el bachillerato de arte. Recuerdo que mis profesores de secundaria nos daban invitaciones gratuitas a toda la clase para ir a Arco. Era la oportunidad de ver obras cuya pintura estaba todavía fresca. El recién estrenado director de la feria tiene la oportunidad de recuperar todo esto que hace tiempo enamoró a jóvenes estudiantes y de no dejar que la esencia de la feria se pierda. Ya veremos el año que viene.

(*) Alejandro Carpintero es pintor y escultor.
3 Comments
  1. celine says

    A mí me parece que Arco ha sido este año lo que es: una feria de mercado. El arte es otra cosa y tiene menos que ver con la compraventa. Y de arte, creo, está este siglo muy huérfano.

  2. mg says

    El problema es que el mercado del arte, a veces, es casi la única manera de difundir el arte del presente. Porque las otras opciones son acalladas o como no se realizan con fines lucrativos despiertan el interés de muy pocos. En la actualidad, parece que todo se mide por su valor económico. Hasta las cosas a las que no se les puede poner un precio.

  3. Jonatan says

    Triunfó el capital, hace ya años… Y así nos va.

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