El holocausto español, según Preston

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Carlos García Valdés

El gran hispanista inglés, Paul Preston (Liverpool, 1946), acaba de publicar su último libro en España siguiendo con sus rigurosas investigaciones acerca de nuestra guerra fraticida y del franquismo: El Holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después (Debate. Barcelona, 2011, 859 págs.). Excusado es decir que nos encontramos ante una obra cumbre al respecto, necesaria por demás en los tiempos que corren, pues pone claridad en los tremendos sucesos, estudiados de una manera limpia e imparcial y con la perspectiva que le ha dado no solo el tiempo sino sus trabajos anteriores y continuados en la materia.

Preston posa junto a un cartel de su último libro, durante la presentación de la obra, el pasado 12 de abril, en Madrid. / Efe

La presente obra lo es de referencia. Hemos sufrido recientemente una avalancha de textos, nacidos para contrarrestar la verdad histórica –investigada por autores especialmente locales, muy rigurosos– escritos por personajes no especialistas, que no se sostienen ni han logrado su torpe objetivo de confundir, pues la manipulación y el engaño no han conseguido carta de naturaleza. La extensa obra de Preston parte de un subtítulo que a todos los combatientes y militantes del trágico momento compete: odio y exterminio mas, a la vista de las cifras aportadas, si el odio fue parejo en ambos bandos, no lo fue la vesania represiva. Entre la zona republicana y la franquista, ésta agrandándose territorialmente a medida que iba conquistando provincias y localidades, la diferencia es notoria. El ejercito llamado nacional mató más y mejor, sistemáticamente, como se demuestra en los capítulos 5 y 6, dedicados a Queipo de Llano y a Mola y, desde luego, consumó su política de terror al finalizar la contienda fratricida, especialmente desde 1939 hasta 1945, fecha de la finalización de la Segunda Guerra mundial. Fue durante estos años negros cuando se pudo actuar brutal e impunemente en España por el nuevo Régimen, cerrándose el círculo con la legislación de Responsabilidades Políticas que, cínica y paradójicamente, considera rebeldes a quienes se mantuvieron fieles a la República y los Consejos de Guerra sumarísimos, que sin posibilidad real de defensa los juzgaron. De todo ello es fiel reflejo el impresionante libro que ahora comento.

Las cifras totales, siempre confusas de precisar rotundamente, se elevan a las siguientes, diferenciándose la represión durante los años de la Guerra Civil y las ejecuciones tras la victoria de Franco. En la primera etapa, se alcanza en la zona republicana un número cercano a las 49.300 víctimas y en la zona rebelde, al resultado anterior se pueden sumar, aproximadamente, 100.000 más. En el segundo periodo, 20.000 personas es la cantidad que se nos ofrece. En las páginas iniciales y en uno de los apéndices finales del libro aporta Preston, con sumo detalle, tales escalofriantes números.

Cuando el autor se refiere a algunos de los casos más terribles de la época, como la toma de Badajoz y las brutales represalias subsiguientes por las huestes de Yagüe o los asesinatos de Paracuellos de Jarama, lo hace con la ecuanimidad que proporcionan el conocimiento de los datos objetivos. Las rigurosas investigaciones previas de Espinosa y Gibson, respectivamente, han abierto el camino. Frente al ridículo conteo de algunos escritores, establece el conjunto de las víctimas pacenses en un mínimo de 3.800 (capítulo 9) y la de los fusilados en la localidad madrileña, previas “sacas” de las cárceles, entre los 2.000 y los 2.500 (capítulo 10), aclarando la responsabilidad de los miembros de la Junta de Defensa de Madrid, figurando entre los mismos Santiago Carrillo, cuando contaba veintiún años, especialmente las órdenes directas firmadas de Serrano Poncela, a la sazón de veinticuatro años de edad. El destino que indicaba “libertad” o “Chinchilla” (la prisión de incorregibles en la llanura albaceteña) era inequívoco: la muerte esperaba a la vuelta del camino, no produciéndose nunca el traslado.

En cuanto a algunos sucesos del máximo relieve en la historia tratada, estando magníficamente estudiados, con sólido fundamento bibliográfico, si se puede echar en falta alguna mínima precisión. Por ejemplo, nada fue más experimental, a los efectos de la futura Guerra, que la revolución de Asturias de octubre de 1934 (capítulo 3). Pero si está excelentemente narrada la feroz represión llevada a cabo por el ejército, coordinada por Franco y llevada a cabo por Doval, el detalle no se nos presenta igual cuando se abordan los hechos acaecidos en la misma revolución asturiana, es decir en la actuación de los mineros asaltando uno tras otro los puestos de la Guardia Civil y causando numerosas bajas. El libro de la añorada Marta Bizcarrondo no aparece citado y, en mi opinión, nada hay superable a su análisis, si bien, como con suma corrección dice Paul Preston, estos sucesos -que no describe con detenimiento- fueron determinantes para la postura adoptada por la mencionada fuerza armada dos años después.

El postrer capitulo, el 13, que aborda la estrategia de la que Preston denomina, con clarividencia, la “inversión en terror” de los gobiernos de Franco, no se detiene en la red de establecimientos carcelarios tejida para los vencidos ni en el sistema de vida en los mismos, existiendo una elevada serie de trabajos autobiográficos y de ensayo al respecto, a cada cual mejor. Es cierto que se menciona la conocida y tremenda cifra de los 270.719 presos del año 1940 y se repara en cómo la institución de la redención de penas por el trabajo va aligerando de internos las prisiones y campos de concentración, pero entiendo que, desde aquí, podría haberse explayado el autor en la contemplación de lo que era el sistema penitenciario español de esta etapa.

Nada, sin embargo, empece la extremada bondad de esta obra de Paul Preston, confirmándose como la superior entre cuantas se han escrito sobre el tema. Equilibrada y serena, su escritura invita a la reflexión y al recuerdo de algo irrepetible. La multitud de notas que avalan el texto conceden un soporte excepcional a cuanto se ha dicho y esta es la única manera de hacer investigación histórica.

6 Comments
  1. jota sembrado says

    PRESTON, como casi todos los que se acercan al estudio de la guerra civil española, cae en la trampa intelectual de indagar quiénes fueron los mayores culpables de aquella tragedia: ¿los nacionales», ¿los republicanos?. Yo creía que, por fin, tras los años de plomo del franquismo, los españoles ya habíamos alcanzado a comprender y, por tanto asumido, que el período más cruel y criminal de nuestra historia tenía su origen y causa en el pecado colectivo de toda la sociedad española, de derechas y de izquierdas, creyentes y no creyentes, reaccionarios y progresistas. ¿Quién fue el culpable?: fuimos TODOS. Una España invivible por su falta de capacidad para convivir, para aceptar «al otro». Esto lo entendieron muchos al vivir en persona el horror indescrptible de la guerra: Ortega. Azaña, Marañón, Prieto, Zugazagoitia, Barea y tantos otros. Y ahora, en estos últimos años, volvemos a buscar al CULPABLE, con la evidente solución de que ese culpable fue «el otro». Y esto cuando han pasado más de setenta años…Por supuesto, hubo unos que se tuvieron que ir al exilio o que sufrieron la represión franquista de la postguerra…De acuerdo. Pero es que si hubieran ganado los que no ganaron, ¿no habría habido ni exilio ni represión? ¿La derecha habría podido seguir viviendo tranquilamente en su patria y nadie de sus gentes habría sido perseguida ni represaliada por la izquierda vencedora? Qué poco conocemos a nuestro país… Y qué mal en el fondo nos conoce el bueno de Preston, tratando de demostrar que hubo malos en los dos bandos, pero que en realidad unos eran menos malos que otros…Por mi parte, tengo perfectamente claro que todos -nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros- fuimos culpables. Y lo seguiremos siendo si seguimos pensando que «el otro» fue peor.

  2. Uno más says

    Respecto al comentario de (jota sembrado) no estoy muy deacuerdo. Rápido repartimos las culpas a todo el mundo pero nadie hace autocrítica de sus responsabilidades. Este país es de los pocos que no ha condenado los 40 años de dictadura en los que estuvo. Cada uno hecha la mierda al lado contrario, manipula su mentira, nadie reconoce las cosas que se hicieron mal y hasta que no se juzge y se reconozcan las cosas que se hicieron mal por parte de cada uno, siempre estaremos divididos. Justicia y Verdad para todos.

  3. Jorge says

    ENTREVISTA A WINSTON CHURCHILL 1936

    -(Periodista): Sr. Churchill, acerca de la guerra civil que se combate en España, usted sin duda estara a favor de la Republica Española?

    -Winston Churchill: No se confunda, yo soy un diputado conservador. Si yo fuera español, los republicanos me fusilarian, a mi, a mi familia y a mis amigos. De modo que como voy a estar a favor de la Republica? Ninguno de los dos bandos puede asegurar que defiende la legalidad, es por eso que defendemos una estricta neutralidad

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