Entre la resistencia y la esperanza

Antonio García Santesmases *

Se ha celebrado en Madrid la presentación de la obra del profesor Juan Ramón Capella Sin Itaca.  La presentación se realizó en el círculo de Bellas Artes el pasado 31 de mayo contando con un cartel de lujo: Mariano Maresca, Luis García Montero, Almudena Grandes y Manuel Monereo.

La obra trata de las memorias de Juan Ramón Capella en el período comprendido entre 1.940 y 1.975. Comienza con el niño de una familia, adscrita a los vencedores de la guerra civil, que con los años se convertirá en uno de los militantes más importantes del PSUC, vinculado a la escuela de Manuel Sacristán. Los primeros capítulos versan acerca  de la infancia feliz  de un niño que goza de los veraneos interminables en Sitges,  y que todavía conoce  los elementos de una sociedad tradicional.

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La obra concluye con la muerte de Franco; es éste el momento en que el autor aprovecha para realizar un balance de la experiencia de una dictadura, en la que fue militante clandestino, sufrió persecución por parte de la policía, tuvo que ver como su obra intelectual y su carrera académica estaban sometidas a control; y  tuvo que aguantar aquel clima de silencio, de miedo, de mediocridad, donde era reprimida la sexualidad y cercenada la libertad de expresión.

Capella describe muy bien la evolución de un joven estudiante que va rompiendo con los vínculos que le atan a una sociedad tradicional y va adentrándose en el compromiso político antifranquista. Creo que estamos ante  una obra especialmente interesante para los que no vivimos en Cataluña pero queremos conocer la peculiaridad de la sociedad catalana. Por la obra aparece el mundo del nacionalismo, de la Iglesia, de la religión católica, con escenas de especial interés al describir la Abadia de Montserrat, la rebelión de los sacerdotes frente al franquismo, o el entierro del propio Abad de Montserrat.

Ese mundo del nacionalismo cultural, que después será decisivo en la transición a la democracia y en los largos años de hegemonía del nacionalismo conservador es un mundo que se entiende mejor si nos adentramos en este escenario, analizado con rigor y profundidad por Capella, donde los comunistas catalanes conviven y colaboran en las tareas de oposición, en la coordinación de las fuerzas políticas catalanas, con los nacionalistas y los socialistas. Esa especificidad del antifranquismo en Cataluña hace que socialistas, nacionalistas y comunistas formen la gran mayoría de la sociedad catalana frente a la derecha españolista que siempre ha sido minoritaria. Es un fenómeno que llega hasta nuestros días pero que no se entiende sin conocer la especificidad del antifranquismo en Cataluña.

El libro de Capella es interesante por un segundo motivo. Pocos han sabido adentrarse con tanta pasión y tanta maestría literaria en ese mundo de la oposición del antifranquismo, donde se produce la emergencia de una nueva generación de estudiantes; una nueva generación  que se va acercando al Partido comunista,  que tiene que convivir,  con  dirigentes que llevan años y años luchando, sufriendo penalidades, aguantando la tortura y viviendo en la Unión Soviética la esperanza de un mundo distinto. Para captar la densidad de ese compromiso y la desolación que se produce a partir de agosto del 68 cuando se interrumpe el proyecto de Dubcek es de gran interés este libro de Capella. Es de gran interés observar cómo el autor  se lanza aquel día de agosto de 1.968 a encontrar a los dirigentes del PSUC y a conminarles a pronunciarse en contra de la invasión de los tanques soviéticos  y cómo observa que estos están paralizados, desconcertados,  a la espera de conocer la decisión del comité ejecutivo del PCE (que como sabemos provocó la condena a la invasión, iniciándose a partir de entonces un debate interno que conducirá a la escisión del grupo partidario de la posición de los prosoviéticos). Los hechos de Praga les marcarán.

Ese mundo de los militantes comunistas heroicos pero, a juicio de Capella, sin capacidad para hacerse cargo de  la complejidad de la realidad, aparece especialmente en la figura de Miguel Núñez. Tuve la suerte de leer el libro de Capella a la vez que en el cine se proyectaba el documental de Albert SoléLa última escapada, sobre los últimos meses de vida de este gran luchador; el documental  narra la batalla, la última batalla de este hombre por poder morir con dignidad. Núñez  prefirió abandonar Madrid y refugiarse en Barcelona, para poder acceder a los cuidados paliativos, que temía le fueran negados  en una Comunidad dominada por Esperanza Aguirre y Rouco Varela. La experiencia del doctor Montes le hacía ser precavido y poner tierra de por medio antes de caer presa del fundamentalismo católico.

Este Núñez, que huye de Madrid y que pasa sus últimos años desengañado de la política institucional y dedicado a una organización no gubernamental, aparece en el libro de Capella, observando con cuidado y prevención, a los militantes que como Capella se vinculan al esfuerzo por generar una intelectualidad comunista consistente. Sobresale en este esfuerzo la personalidad y la figura de Manuel Sacristán. Por ello Manuel Monereo decía con razón en el acto de presentación del libro que esta obra de Capella puede y debe ser leída,  teniendo al lado la biografía política que el propio Capella hizo de Sacristán. A través de ambas obras vamos descubriendo a toda una generación de intelectuales que fueron decisivos en la conformación intelectual del comunismo catalán y que jugaron un papel muy importante  en la cultura de Izquierda Unida en los años del liderazgo de  Julio Anguita. Fueron minoritarios en la época de la Transición, al marcar  claras distancias con el consenso del 78 (de ahí la obra de Capella acerca de Las sombras del sistema constitucional) pero volvieron a  tener  una gran influencia a partir de las movilizaciones contra la permanencia de España en la Otan en los años ochenta y en la apertura de la izquierda a los nuevos movimientos sociales.

La presentación de la obra en Madrid se realiza en un momento en el que las izquierdas debaten acerca del significado del 22 de mayo. Un debate que nos lleva a reflexionar acerca de algunas de las cosas que Capella planteó  en la presentación: ¿cómo compaginar el trabajo político-institucional con las demandas de una democracia desde abajo, donde el ciudadano no sea solo espectador, donde no asuma nuevas formas de servidumbre?; ¿cómo traducir la protesta política en una nueva identidad emancipatoria?

Son interrogantes que hoy han vuelto a aparecer a partir de la gran movilización cívica de los jóvenes que llenan nuestras plazas. Sería absurdo pensar que lo ocurrido en aquellos lejanos años cincuenta y sesenta, en aquel movimiento estudiantil y en aquel movimiento de Profesores No Numerarios, sea semejante a lo que vivimos hoy. Aquella era una dictadura y hoy estamos en una democracia. Pero en aquella época el trabajo universitario era precario y hemos vuelto a hablar del precariado. Al final de aquella dictadura aparece el informe de la Trilateral. Aquel informe que llamaba a reestructurar la política posterior a la segunda guerra mundial, aquel informe que llamaba, so capa de la gobernabilidad, a restringir las demandas de los ciudadanos y a cercernar sus derechos. Cuando hoy se protesta recordando que hay un déficit de representación, cuando se demanda más justicia, hay que pensar en los significados de la democracia, la política y la ciudadanía en el siglo veinte. Sólo así lograremos que la resistencia, sin grandes esperanzas, pueda ser mantenida. Esto es lo que ha intentado Juan Ramón Capella en su  ya dilatada obra intelectual, no porque piensen que el viaje pueda tener término, no porque crea que al final nos espera Itaca, pero sí, porque, aún sin esa esperanza, siempre ha considerado que hay cosas que hay que hacer aunque no esté garantizado el éxito.

El título de la obra responde al poema de Luis Cernuda que aparece en su libro Desolación de la quimera, es un poema en el que Cernuda se refiere al que quiere volver, porque le espera la tierra, la familia, los amigos, el recuerdo; Cernuda no quiso. Prefirió mantenerse hasta el final en el exilio. No vivió la amargura de Max Aub cuando volvió a España. Juan Ramón Capella no necesitaba volver porque nunca se había ido, pero toda su obra tiene algo de ese hálito del exiliado interior en su propia tierra, del que no se acopla a los requerimientos del propio sistema, del que prefiere resistir sin esperanza y mantener, a pesar de todo, el compromiso político.

Es por lo que tiene tanto interés leer la obra a la vez que vemos la novedad que se ha producido, que se está produciendo ante nuestros ojos, para pensar lo nuevo a la luz de lo ya vivido, para recordar lo vivido hace años a la luz de lo que está ocurriendo ante nuestros ojos, cuando una nueva generación ha llamado a la puerta.

(*) Antonio García Santesmases es catedrático de Filosofía Política de la Uned.