Blanco White: el conflicto de la razón

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La figura de José María Blanco y Crespo, Blanco White, como símbolo del desgarro y sufrimiento del exilio hispánico, nos sigue interesando apenas se remueve un tanto la memoria de su vida y obra. No es una vida más de las innúmeras que se han arrastrado a lo largo de la historia, como consecuencia de la intolerancia y el cerrilismo que habitualmente han caracterizado la política y la religión en España y, por extensión, en toda la América hispánica, sino, más que probablemente, el paradigma consumado del conflicto de la razón frente al sentimiento, la fe y las creencias religiosas. Pero también, y no menos importante, como una de las referencias más genuinas entre los intelectuales europeos del primer liberalismo y la contemporaneidad que nacen de la Ilustración. La necesidad obsesiva que impulsa a Blanco White a lo largo de toda su vida por expresar una voz propia, en medio de la convulsión imparable de la Europa de principios del siglo xix, es uno de los casos más atractivos del papel que los intelectuales han desempeñado en la historia de las ideas, de la opinión pública y del propio rumbo de los acontecimientos que han sufrido las sociedades a las que han pertenecido. Si el intelectual europeo lo es, fundamentalmente, porque es capaz de elevar pese a todo, y pese a todos, una voz y una opinión independientes, Blanco White, con todas sus contradicciones, fue uno de los más característicos. No le fue fácil. Sus circunstancias y trayectoria se convirtieron desde muy temprano en una lucha consigo mismo, una agonía denodada entre un racionalismo irrenunciable y el anhelo del consuelo religioso. Su vida es inseparable de su obra, y ambas una muestra modélica de cómo el pensamiento y la razón encuentran serias barricadas en las encrucijadas del sentimiento y la voluntad.

Desde hace un par de meses, el lector de lengua española tiene a su disposición una de las mejores biografías que se han escrito sobre Blanco White, la del británico Martin Murphy, aparecida originalmente en inglés en 1989 y ahora notablemente traducida a nuestra lengua por Victoria León: El ensueño de la razón. La vida de Blanco White (Renacimiento, 2011). No es la primera contribución que la meritoria editorial sevillana hace a la figura de su paisano. Ya en 2004 recuperó felizmente  la obra capital de Mario Méndez Bejarano: Vida y obras de don José María Blanco y Crespo (Blanco White), una edición facsímil de la impresa en 1921 que sigue siendo imprescindible para abordar la personalidad de Blanco, más allá de la simple curiosidad o el morbo que, de entrada, produce la lista de heterodoxos de Menéndez Pelayo. Por cierto, que el putañero redomado que fue don Marcelino no se privó de tirarle un viaje al clérigo descreído que fue Blanco White allí donde la mujer se convierte en símbolo de perdición pecaminosa. Y así, donde Blanco escribió, con la honradez elogiable que caracteriza toda su obra memorialista: “Viví en la inmoralidad mientras fui clérigo, como tantos otros que son polilla de la virtud femenina”, el católico polígrafo apostilló: “Prescinda mi lector de la insolente bufonada con que esta cínica confesión termina y aprenda a qué atenerse sobre las teologías y liberalismos de Blanco. ¡Que siempre han de andar faldas de por medio en este negocio de herejías!”

Sin la perspicacia envenenada de Menéndez Pelayo, por lo demás una guía segura si se sabe separar la sectaria estocada de su integrismo, el libro de Martin Murphy nos traza la vida de Blanco White con una continencia muy británica, con una ecuánime claridad y un ánimo objetivo, limpio; con una implícita simpatía por  el hombre que llegó a hablar y escribir la lengua inglesa de manera impecable, sin deje extranjero alguno, y en la que escribió su obra más conocida y transcendente, Letters from Spain (Londres, 1822), y uno de los sonetos más hermosos de los que se han compuesto en esa lengua: Night and Death. Unamuno lo tradujo al castellano en la revista Nuevo Mundo en 1924, con una belleza que no desmerece el original, y de la que dan prueba evidente los soberbios dos versos finales: “¡Hombre débil! ¿Por qué rehuyes de la muerte con tan ansiosa brega?/Si la luz puede así engañarnos, ¿por qué no la vida?” Como no podía ser de otra manera, don Miguel dejó además su comentario, como un lúcido aviso para navegantes: “La vida puede engañarnos; pero la verdad, la verdad descarnada, la verdad de los que los tontos llaman pesimistas, no nos engaña”.

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“Si existe un sacerdote sin intolerancia, un filósofo sin vanidad o un político sin prejuicios, el Padre Blanco es ese hombre; cada vez que aparece en nuestra compañía, la ilumina con su conocimiento y la anima con su patriotismo”, escribió William Jacob en la Sevilla de 1809, con ese halo de romanticismo con que los viajeros extranjeros han idealizado las cosas y los hombres de España en sus coyunturas más críticas, sobre todo las de guerra (Guerra de Sucesión, Guerra de la Independencia, Guerra Civil del siglo xx). Blanco no se había embarcado todavía hacia Inglaterra para no volver jamás y ya era una referencia internacional. Gozaba ya de una apreciación entusiasta, sin duda ideal, que iba a probarse y a mancharse en la experiencia de una desazón sin tregua tan pronto decida el camino del exilio. Un itinerario sin respiro, que fue de la abominación y el odio al catolicismo y a la España oscurantista, indolente y corrupta, al descubrimiento de que el odium theologicum no era exclusivo de España, pues gozaba de parecida intolerancia y fiereza en la iglesia anglicana que abrazó en Inglaterra para, finalmente, refugiarse en el Unitarismo (protestantismo liberal), una forma de deísmo rompedora con las iglesias cristianas convencionales. Y en la política, el extraño quiebro que va de una cierta cercanía jacobina a una transformación conservadora, próxima a la preservación de las prerrogativas fundamentales de la monarquía; de la vía radical francesa a la moderación tradicional inglesa. Y siempre con la comezón de la duda, de la valentía decidida en el pronunciamiento intelectual sin prejuicios en los momentos decisivos. Y la hondura humana como preocupación, que le lleva al descubrimiento y estudio de La Celestina, a la lectura de Shakespeare como necesidad, a la pasión privada por la música; a la añoranza de su lengua castellana y de España en los años finales: un vuelco inevitable de autenticidad. Quizá por ello nos siguen conmoviendo sobre todo las palabras del Juan Sintierra que siempre fue, del intelectual verdadero de todas y de ninguna parte a la vez: “Verdaderamente lamento que la necesidad me obligue a dejar Oxford –le dijo a Newman (el futuro cardenal)-, pero es mi destino no poder arraigar en parte alguna, ser continuamente trasplantado, continuamente arrancado, y nunca sin  dolor”.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.

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