El 15-M, un viento que me lleva

Jesús Montero *

Vientos del pueblo me llevan,/ vientos del pueblo me arrastran,/ me
esparcen el corazón/ y me aventan la garganta.
Miguel Hernández

“Una revolución es una inmensa conversación: un
rescate del ser de las garras del valor”.
Jesús Ibáñez

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El último domingo de julio participé en la V Asamblea Popular de Madrid (APM) como co-enlace de la Asamblea del Paseo de Extremadura y cuando el sábado próximo informemos a nuestra asamblea de los asuntos tratados, el ciclo de llevar y traer, de ir y venir -que no subir y bajar-, sostenido desde hace más de dos meses, habrá cubierto una etapa más, y no precisamente la última, sino una volante hasta la cronoescalada de otoño. Con esta Asamblea el movimiento se despliega a “tomar la playa y la montaña” en estas pioneras “Vac_Acciones”, como antes se deslocalizó de Sol a los barrios y pueblos de Madrid, vertebrando la indignación popular con el capital y la política cómplice de aquel, y cuya próxima manifestación –en la que participaré junto a otros cristianos de base y otros indignados e indignadas– será la denuncia del uso de fondos públicos para la visita no oficial de la teocracia católica, también servil ésta al poder del dinero –“¡No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado!”. Juan 2.13.22-.

Estas noches y sus días, que han conmovido Madrid, España, Europa y el mundo desde la noche del 15 al 16 de mayo,  estos “vientos del pueblo”, han llevado, han arrastrado, han esparcido el corazón y aventado la garganta de miles de voces unidas  con un grito de aire fresco: ¡Ya, basta! La emoción, la información, la comunicación, la acción, la politización, despertadas en unos casos y recuperadas en otros, son vientos reformistas, son aires revolucionarios que recuerdan, como recitara el poeta Miguel en una situación dramáticamente distinta hace 75 años, que “… nunca medraron los bueyes en los páramos de España” –y, mucho menos, los que creen estar por venir y que en el pasado empobrecieron nuestra Patria desangrada-.

La fusión de energías, de voluntades, de sensibilidades y subculturas políticas ha hecho posible transformar la indignación callada, íntima, y a veces airada de la conversación entre amigos de las barras de los bares, de los bancos de los parques o de los salones de las casas, en un movimiento cívico-democrático, asambleario y colaborativo, participativo y pacífico, creativo y rebelde que a unos ha iniciado en el ejercicio de ser ciudadanos, y no sólo consumidores electorales, y a otros ha formado como ningún master en ciencia política podría hacer. A los adultos y a los mayores nos ha permitido, además, limpiar la ceniza acumulada y de las brasas activas, inflamar de nuevo el fuego de la pasión por la justicia social, la democracia real y la unidad popular frente a las aristocracias plutocráticas, las burocracias partidarias y el sempiterno verdugo de nuestros deseos de cambio social, ese capital que muda de forma para conservar su dominio. En la tarde del 15-M, cuando la manifestación entró en Sol nos reencontramos, después de casi 27 años, dos “viejos” jóvenes comunistas de los ochenta que, entonces, por mor de la lucha política interna, nuestro camino dejó de ser “único” para iniciar sendas propias. El abrazo cálido y sentido que nos dimos Francisco Arnau, bloguero de www.ciudadfutura.net, y yo en Sol, era nuestra propia expresión de la inmensa alegría y rebeldía que la manifestación portaba. Nos habíamos reconectado por Internet pero sin volver a estar face to face, y que, sin haber quedado para la manifestación del 15-M, el azar -y nuestra necesidad de persistir en la lucha, aún inorgánicamente- nos juntará de nuevo, y por lo nuevo, es una demostración más, en nuestro caso del reencuentro, y en general del encuentro de géneros y generaciones, de la unión fraternal del malestar de las clases medias y la desesperación de los desheredados -sempiterno motor de cambio social-, que la “Spanish Revolution” emprendió y  promueve.

En los tiempos nocturnos y diarios de reflexión y análisis, había tres personas que venían a mi memoria, porque les echaba de menos por lo que habrían disfrutado y por lo que nos habrían aportado. Una, la persona de acción, Irene Falcón, cuya vida nonagenaria dedicada a “asaltar los cielos” ayer, se me reflejaba en los rostros hermosos de las miles de mujeres jóvenes, y no tanto, que “tomaban la plaza”, hoy. Dos, la persona científica, Jesús Ibáñez, maestro y no sólo profesor universitario, cuya innovación sociológica no se detuvo en fundamentar y justificar la técnica de grupo de discusión, sino que su pensamiento crítico y su compromiso social le llevaron a reunir bases teóricas y metodológicas para una investigación social de segundo orden, cuyo dispositivo técnico, el “socioanálisis” no sería ya de dominación, sino de liberación. Y, ¡qué es, el movimiento indignado, sino un inmenso socioanálisis!, una gran conversación, “la producción consciente de un cambio social” sin estrellarse contra la triple dicotomía que hasta ahora bloqueó o degradó esta aspiración: la oposición entre razón teórica y práctica, la oposición entre sociedad e individuo y la oposición entre decisión y ejecución. Y, “la tercera”, la persona moral, José Luis L. Aranguren, “el joven Profesor”, que no Alcalde pero sí intelectual contra el poder, cuya reflexión sobre “la desmoralizada moral de la democracia española” (1976-1990) y la necesidad de una orientación ética de la política, más aún en tiempos de transubstanciación pecadora del capitalismo financiero en las finanzas como escaparate -y de nuevo usura-, encuentra en el 15 M  la respuesta indignada y esperanzada para hacer posible una “moral elevada”, no sólo en el deporte patrio, sino también y con más razón aún, en nuestra democracia desmemoriada y en nuestra Europa social en proceso de desmantelamiento.

Recordarlos –actuar, pensar y conducirnos como Irene, como Jesús, como José Luis–, no es un acto de nostalgia, ni tan siquiera el merecido homenaje a quienes combatieron por la libertad en 1936, en 1956, en 1969, y a quienes apuntalaron la democracia recuperada frente al ruido de sables de la Transición. Es más. Es hacer presente la voluntad emancipadora “de nuevo tipo”, tal y como los corazones indignados han conquistado las mentes resignadas, para derrotar a la dictadura de los mercados y democratizar el poder. El presente, el hoy, es un cruce de caminos, es tejer “ayeres y mañanas”. Sin memoria y sin imaginación no hay presente, es el vacío, hueco y eterno yugo alienado de “esto es lo que hay”, “siempre ha sido así”, “no se puede cambiar”, “nada se puede hacer”. ¿Cómo qué no? Claro que sí, se puede. Cómo no va  a poderse hacer una vida mejor, una sociedad más justa, una democracia de más calidad.

Frente a los agoreros de la resignación y los profetas de la imposibilidad de cambiar de base, mil acampadas se han levantado. Y, como Galileo y como Fellini…, sin embargo, la nave va. El movimiento popular, democrático-radical,  con su creatividad e imaginación, con su autoorganización reticular y federativa, canta ahora, como ayer Raimon “Diguem no”, el digamos no a la especulación, a la corrupción, a la falta de libertad de poder ir a trabajar, al desahucio del techo y la deshumanización de una deuda de por vida, al régimen bipartidista y la globalización neoliberal, a la injusticia climática y la destrucción planetaria, a la Europa mercader, al orden patriarcal y racista, a la violencia estructural del paro masivo, la precariedad laboral y las guerras sin fin. Esta indignación neocontestataria es además ecológica, y por ello, sostenible, porque recupera la democracia del secuestro de los mercados –y de sus eurotecnócratas expertos–, porque reduce los espacios de impunidad y manipulación –y de sus medios jurídicos y de intoxicación–, porque reutiliza los espacios públicos para ponerlos al servicio del pueblo –y no de las canteras de granito–, y porque recicla a las izquierdas, gubernamental y de oposición, y las que no se reciclen, reinventen o refunden, periclitadas serán, porque ya los que son del color de la tierra nos marcaron el camino cuando entregaron su sexta llave a la Ciudad de México, afirmando los zapatistas –y los que con ellos y ellas vamos– que “somos de antes, sí, pero somos nuevos”.

Hay tiempo –es lo que más acumulamos; “vamos lento porque vamos lejos”, sin prisa pero sin pausa, después de todo–. Hay memoria y hay imaginación para otro mundo y otra Europa, para otra España, una federal, y otra democracia española, una “avanzada” como propugna nuestra Constitución, y no la España “posmocañí” del registrador de la propiedad y su cofradía irreconciliada y vendepatria,  y no la democracia de “moral baja”, gripada, que ha deteriorado el contrato social de nuestro Estado social y democrático de Derecho. Para quien como yo se socializó en el consenso de las elites para transitar de la dictadura a la democracia, participar ahora en la transición del capitalismo “realmente existente” a una nueva formación social de organizar la vida en común, y también en la transición de una democracia nacional a una democracia europea y global, tejiendo consensos e incluyendo disensos, “desde abajo y lo social”, en las plazas, en los barrios, en los pueblos, en las ciudades, este movimiento es un ejercicio de ciudadanía como nunca pude ejercer, es una respuesta democrática  que me llena de orgullo nacional, es… un viento que me lleva.

Mi Asamblea de Barrio tiene desde el principio una pancarta en la que reza: “lo queremos todo”. Yo añado, hoy: ¡no pararemos hasta lograrlo!

(*) Jesús Montero (Cantabria, 1963) es directivo público de Universidad y coautor de Asalto a los cielos. Mi vida junto a Pasionaria (Temas de hoy, 1996). De 1984 a 1989 fue secretario general de la Unión de Juventudes Comunistas de España (UJCE).