¿Esperando a Rajoy?

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Francisco Serra

Hace unas semanas, un profesor de Derecho Constitucional asistió a una boda en un pueblo de la sierra norte de Madrid. Aunque los novios, ya en la cuarentena, vivían juntos desde hacía más de quince años en la capital, hubiera sido precisa una larga espera para que pudieran contraer allí matrimonio y no querían arriesgarse a que la tanto tiempo demorada sentencia del Tribunal Constitucional o el adelantamiento de las elecciones a causa de la agudización de la crisis económica les impidiera cumplir su propósito.

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El cura, perdón, el alcalde ofició la ceremonia con el debido respeto y, tras la lectura por un familiar de la pareja de un emotivo poema de Cernuda, procedió a recordar a los contrayentes los derechos y deberes a los que se comprometían, mientras los asistentes enjugaban una lágrima. Todos habían acudido al lugar de la celebración en un microbús y, tras brindar por la felicidad de los cónyuges, volvieron a subir en él y se dirigieron a los jardines del Hotel Ritz, donde tomaron el aperitivo charlando animadamente mientras los niños correteaban a su alrededor. Después, los invitados, una treintena, saborearon, en uno de los más hermosos salones, el selecto banquete de boda, mientras un pianista tecleaba conocidas piezas musicales, aunque, pese a la insistencia de alguno de los comensales, no llegara a tocar el célebre cuplé compuesto a comienzos del siglo pasado.

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El profesor, horas después, mientras caminaba por el Paseo del Prado de regreso a casa, pensó que acababa de presenciar la más hermosa unión matrimonial que pueda imaginarse y en la que se habían casado dos personas que llevaban conviviendo más tiempo que la mayoría de las parejas de esa edad que conocía. El empeño del Partido Popular por oponerse a la reforma del Código Civil que permitía las bodas entre personas del mismo sexo no era más que otra muestra de la senda tenebrosa por la que se había internado el conservadurismo español, muy alejado de esa supuesta derecha “moderna” que en teoría preconizaba. Además, aunque Rajoy, una y otra vez, presumía de que no iba a recortar los “derechos sociales”, no había más que observar lo que había sucedido en Portugal o en el Reino Unido (y la actitud del propio Partido Popular ante el relevo en las Comunidades Autónomas) para saber que, en nombre de unas supuestas necesidades económicas imperiosas y aduciendo “inexactitudes” en las cuentas públicas, iniciarían de inmediato una nueva rebaja del sueldo de los funcionarios y una reforma de la función pública que quizás llevara a una drástica eliminación de puestos de trabajo y un inevitable deterioro de los servicios sociales.

Unos días más tarde, el profesor acudió, con unos amigos, al teatro a ver una obra que llevaba largo tiempo en cartel y satirizaba el funcionamiento de la justicia, tomando como pre-texto una obra clásica de Kleist, pero adaptando lo que siempre ha sucedido, el descontento con la forma de proceder de los jueces, a la realidad actual. Al profesor le extrañó un poco que entre el público se encontrara el anterior ministro de Justicia, Fernández Bermejo, a cuya semiforzada dimisión tras su presencia en una cacería se aludía en el escenario, pero llegó a la conclusión de que debía tratarse de pura coincidencia, pues es sabido que la realidad supera a la ficción y lo que se podía escuchar allí era solo un pálido reflejo de la forma en que los dos grandes partidos habían convertido el Consejo General del Poder Judicial y otras instituciones del Estado en pieza de intercambio de favores y recompensa de servicios prestados.

Ninguno de los grandes partidos merecía ganar los próximas elecciones, reflexionó el profesor, porque ambos habían llevado a cabo una, quien sabe si consciente, degradación de los complejos mecanismos que se había intentado establecer en la Constitución para que el consenso inicial (que tal vez nunca debió existir) perdurara en los años siguientes, confiando el control a figuras independientes, que garantizaran la necesaria neutralidad. El resultado de esa actuación partidista, desviada del propósito inicial, había sido un incumplimiento generalizado de las previsiones de la norma básica, no sólo en la letra sino sobre todo en el “espíritu”, que debiera ser lo más importante.

Los partidos nacionalistas habían empleado su creciente pujanza electoral en obtener mayores cotas de poder sin consideración alguna hacia el interés general. Los partidos minoritarios, que habían obtenido cierto éxito en las elecciones municipales y autonómicas, habían tenido un comportamiento errático, no siempre de acuerdo con sus propuestas previas. El 15-M no había llegado a presentar aún una alternativa clara y radical, que ahora parecía imprescindible y respondería a la profunda desazón de la mayoría de los ciudadanos.

El profesor, mientras intentaba sin éxito conectar un nuevo aparato reproductor de dvd que le habían regalado, se encontró en directo con la breve alocución en la que Zapatero ponía término a su mandato y anunciaba la fecha de las próximas elecciones. Pensó que el 20-N no debiera ser el inicio de una nueva etapa de gobierno conservador (que pondría en peligro los ya muy mermados “derechos sociales”, pero también los “derechos individuales” que se había conseguido extender en los últimos años), sino el inicio de otra “transición”, de una reforma profunda que actualizara la Constitución y permitiera la aparición de nuevos políticos que no pretendieran constituir una “clase”, sino que estuvieran en contacto con la calle. Ojalá en vez de estar ahora esperando al señor Rajoy, podamos estar “esperando a los bárbaros”, que derriben las ruinas del que ya es un “mundo antiguo”.

2 Comments
  1. Rarito/-a says

    Está muy bien todo lo que usted dice, profesor, pero le ruego tome en consideración la existencia de gentes (quizá no tan escasas como podría parecer) a quienes nos parece abominable Rajoy y tenebroso lo que nos espera, pero que estamos en contra (totalmente en contra) del matrimonio entre personas del mismo sexo y también totalmente en contra del estatuto de Cataluña. A lo mejor le convendría a usted oensar en la posibilidad conceptual de una izquierda conservadora, qué le vamos a hacer, estas cosas existen. Que el anticapitalismo haya de conducir a dar por buena cualquier reivindicación identitaria es, cuando menos, una falacia, aunque quizá lo que pase aquí es que muchos sean primero identitarios y después lo que en cada caso se acomode a ello…

  2. FRANCISCO PLAZA PIERI says

    Siempre pienso igual sobre estos que estan en contra del aborto, los matrimonios entre varones o mujeres, las películas de terror o de los chistes picantes. Como si a ellos se les fuese a obligar a dar semejante paso…
    Nadie, se lo aseguro yo, va a imponerle a nadie que se case siendo hombre, con un hombre, o a una mujer con otra mujer en contra de su voluntad.
    ¡Ahora bien, me consta que a más de uno de esos que alardean de machotes, en algún momento los han atrapado en un renuncio!
    Pues estupendo, que con su pan se lo merienden…

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