El valor del programa en una democracia competitiva

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Julián Sauquillo

Rubalcaba y Rajoy, ayer, momentos antes del inicio del desfile militar de la Fiesta Nacional. / Emilio Naranjo (Efe)

La redacción del programa del PSOE ha sido escenificada con una gran Conferencia Política reciente que se abrió a profesores e intelectuales no militantes del partido. El Partido Popular también ha celebrado su Convención Nacional de cara a la elaboración de su programa. Se trata de pasos en aras de la transparencia de su hechura por más que su contenido ya esté decidido de antemano. Escenificar su elaboración forma parte de una “cultura del espectáculo” para suscitar adhesiones partidistas. Sin embargo, por más que pueda saldarse la redefinición o desintegración del Estado social en estas elecciones, no parece que la lectura de los distintos programas vaya a ser abundante. Tampoco da la impresión de que los programas orienten al electorado definitivamente acerca de que hará el partido ganador tras el 20-N. En realidad, los programas sólo son indicativos de la futura tendencia del gobierno. No sólo porque los partidos se libraron, tradicionalmente,  mucho de entrar en excesivos detalles sino también porque ni son ni pueden ser jurídicamente vinculantes.

Se da la paradoja de que las elecciones han cumplido una función defensiva para los electores respecto de sus representantes (tendentes, muchas veces, a desviarse de los intereses colectivos) pero los programas no son tomados demasiado en serio ni por los políticos ni por los votantes. El mismo que advirtió del papel defensivo de las elecciones, Jeremy Bentham, avisó de la falacia de la indeterminación con que se expresaban estos textos partidistas. Así que los electores adoptan una decisión firme fraguada en el periodo de gobierno, más o menos, a golpe de frustraciones y decepción. El electorado puede hacer balance de lo realizado por el gobierno, cabe hacer un análisis retrospectivo. Pero, como señala Bernard Manin, un juicio prospectivo de qué harán en cuanto gobiernen es muy difícil o imposible. Por lo que se refiere al cierto juicio retrospectivo, los ciudadanos suelen “no perdonar” el pasado reciente y desconfían de promesas futuras que no se hayan intentado en el pasado. Parece que las elecciones se pierden en vez de ganarse. Como en el chiste de El Roto, “¡¡Doy una pirueta, alejooo, y ya soy otro!!”. Pero las piruetas no son muy convincentes.

Los dos principales candidatos han empezado a revelar el contenido de sus programas con la cautela de reservarse el centro de las opciones electorales, pues allí se da el mayor caladero de votos. Ubicación fija aparte, los guiños son muchos. Nuestro sistema adolece de bastante rutina en las propuestas. Se trata de incrementar la demanda del programa más ponderado entre electores cansinos o indignados. A los primeros les basta con la música del programa económico. No van a hacer simulaciones del comportamiento del mercado en el futuro como los neoliberales de Minnesota. A los últimos se los valorará como de difícil convencimiento. A los primeros hay que ofrecerles ofertas suaves que acaben con el paro. “La derecha se maneja mejor con la economía” es su lugar común. De los segundos sólo se esperan sus inconveniencias reivindicativas. Arriesga el partido que parte más atrás en la carrera y obra con prudencia quien se sabe sobre “caballo ganador”. Es ejemplar esta reserva medida en Rajoy. Los candidatos siguen una sabia distribución de papeles que Vilfredo Pareto iluminó con el juego de zorros y leones. Aunque cambiaron los papeles: hoy, la mayor temeridad viene de las posiciones del poder asentado en el gobierno. Pero, más allá de la puesta en escena, el riesgo de que la vida política se volviera rutinaria se ha confirmado (eran los peores vaticinios de John Stuart Mill).

Para contrarrestar la rutina de los programas, influidos por los ítem de los grupos de presión, y de las listas cerradas -UpyD las desea abrir-, mejor será que sea el candidato, en vez del partido al que pertenece, quien intervenga más. No sólo en la elaboración de los programas sino también en la composición de las candidaturas. Pero las presiones de los cuadros de los partidos se manifiestan como bloques cuanto más escasas son las previsiones. Rubalcaba está dando una batalla con su propio partido por acercar a sus colaboradores a los puestos de salida factibles. El problema se ha planteado inéditamente porque, por vez primera, no coincide una y otra responsabilidad –secretario general y candidato- en el PSOE. En la lucha electoral, el candidato pone a prueba su carisma al dirigir su mensaje y vence o pierde como en las luchas. Atribuir el papel principal en estas tareas al secretario de partido es puro nominalismo estatutario.

Es previsible una amplia victoria del Partido Popular que le dé abultado margen para no encontrar obstáculos en el desarrollo de su política tras el 20-N. Pero a pesar de esta previsible autonomía, los programas no dejan de tener un papel estrictamente indiciario del comportamiento del gobierno en el futuro. Desde luego porque la tempestad económica no parece que vaya a amainar en breve. Las turbulencias continuarán con un frente inevitable de protesta social. Se acabó la tripulación de cabotaje y habrá que faenar mar adentro. La travesía en búsqueda de solución para la crisis será más obsesiva que la de Ahab contra el mal encarnado en Moby Dick. La aleatoriedad económica del futuro justificará arte en el timón, sin que las singladuras estén claramente trazadas. A menos que alguien  suponga todavía que la nave de la política se gobierna por rutas fijas determinadas por los vientos. Más bien, algunos líderes internacionales parecen querer aferrarse al ataúd que les permita narrar cómo naufragó y pereció el resto de la tripulación.

Próximamente y como siempre, el Gobierno y los miembros de las Cortes Generales se encontrarán ante la responsabilidad de conducir el timón. Nuestro sistema político les habrá dotado de una suficiencia y libertad en las decisiones –como representantes de la Nación, las autonomías y los ayuntamientos- que mal se compadecen con el abismo de estos vertiginosos tiempos. Tendrán la confianza. Para entonces, el síndrome inquietante de la mudanza a los despachos requerirá de más arrojo que melancolía guarda quien recoge en las cajas para volver a casa.


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1 Comment
  1. jose says

    Una victoria de la PPecracia, sería catastrófica para la débil democracia española. ¿Puede haber alguien que vote a favor del recorte de pensiones, del despido libre y de la privatización de la enseñanza y de la sanidad?

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