Tu dinero, nuestro dinero

Germán Gómez Orfanel

Fachada oeste del estadio Santiago Bernabéu. / Wikimedia

Recientes acontecimientos como las desmesuradas retribuciones a altos ejecutivos de cajas de  ahorros, o la divulgación de los elevados sueldos de los directivos de una televisión pública como Telemadrid, que sufre notables pérdidas, han puesto en evidencia las complejas relaciones entre el dinero privado y el público.

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Me viene a la cabeza el ejemplo de una institución  de enorme influencia entre nosotros, el Real Madrid Club de fútbol, organización  privada con un presupuesto actual de alrededor de 500 millones de euros y una deuda de 170 y que maneja su dinero como decían los clásicos en virtud de su libre albedrío. Púés bien, en los últimos tiempos la supervivencia de dicho club de fútbol, y algo parecido ha sucedido con otros, ha dependido de toques mágicos a cargo de instituciones públicas que le permitieron construir en un espacio con jardines y una piscina,  el centro comercial  La Esquina del Bernabeú, recalificar su Ciudad Deportiva, y previsiblemente en un futuro no lejano, abrir un hotel y un nuevo centro comercial anexo al estadio, sobre un terreno de titularidad  municipal, que será permutado probablemente por el que ocupa actualmente la mencionada Esquina., que una vez derruida volverá a ser zona verde, es decir un ésplendido recorrido circular que tras generar notables beneficios económicos, deje las cosas aparentemente como estaban al principio.

Vivimos en una sociedad en la que mayoritariamente se acepta que respecto al  dinero privado, cada uno hace con su dinero lo que le parece, con indiferencia de cómo haya sido obtenido, salvo, y no siempre, los límites del Código Penal, bien a través de un gran esfuerzo y laboriosidad o mediante hábiles juegos financieros o simples y suculentos pelotazos. Con frecuencia sectores conservadores, y estoy pensando en Esperanza Aguirre y vecinos, alaban el trabajo basado en el esfuerzo, el mérito y la excelencia como generadores y legitimadores de la riqueza,  el reconocimiento social y la distinción , y lo proponen a los jóvenes como ejemplo a seguir, pero también se desliza el modelo de quien emplea todo tipo de atajos para enriquecerse rápidamente, y al final no se distingue entre el dinero de unos y otros, incluso del que haya precisado pasar por mecanismos de blanqueo, y no se pregunta de donde procede.

Por otro lado, y más con la crisis económica,  ha aumentado la sensibilidad y las exigencias de control del dinero público. Lo que antes era algo parecido al dinero de nadie, ahora es objeto de gran atención y seguimiento, incluso de indignación cuando es derrochado.

Por ejemplo, los ciudadanos pueden observar fácilmente que hay bancos en España que ganan mucho dinero, pensemos en los 8181 millones de euros de beneficio del Grupo Santander en 2010, y lo podrán considerar justo y racional o no, pero su legitimidad para influir sobre el destino de esos beneficios es muy escasa, por no decir ninguna. Por el contrario, respecto a los bancos o instituciones semejantes que tienen problemas incluso de supervivencia, frecuentemente por una gestión disparatada o abusiva, se les pide que contribuyan a su salvación con el dinero público de sus impuestos, y una vez que el banco queda saneado, se escapa del control público.

Cuando las cosas van bien ganan los bancos, cuando les va mal  pierden los ciudadanos a los que se les hace pagar, con la amenaza de que, caso contrario, el sistema se derrumbaría y todo sería peor. Esto genera situaciones insoportables que se ven agravadas cuando los directivos de esas entidades aprovechan su situación para beneficiarse personalmente, mientras que al mismo tiempo la gran mayoría de los ciudadanos asiste con preocupación y miedo al deterioro o destrucción de sus ingresos económicos o a la disminución o pérdida de las prestaciones que recibía cuando el Estado de Bienestar, con todas sus limitaciones, aparecía como algo normal.

Por ello al menos hay que agradecer que  nos acabemos enterando de tales desmanes y quizá sea un buen momento para recordar a Kant, quien al final de su escrito Sobre la Paz Perpetua , escribía que, “ las acciones referentes al derecho de otros hombres que no admiten ser sometidas a publicidad, son injustas”, y ello justifica que el uso o abuso del dinero público, no sea una cuestión de intimidad de los beneficiarios, sino algo sometido al control y escrutinio público.

Además, Kant sigue sorprendiéndonos al afirmar que conseguir la felicidad del público es el problema propio de la Política, conseguir que todo el mundo esté contento con su suerte.

La verdad es que no estamos nada contentos con nuestra suerte y recordamos la situación de hace no muchos años,  cuando éramos felices y en España una minoría se enriquecía con una omnipresente especulación urbanística que era el soporte económico de todo el sistema, y  comprábamos pisos muy caros y asumíamos hipotecas larguísimas, pero entonces a un interés aceptable, y todos participábamos en la producción de bienes , aunque la distribución fuese absolutamente desigual, pero con lo que nos dejaban los depredadores, aunque fuesen los huesos,  nos bastaba, o eso creíamos.

Referirse a la apropiación de la plusvalía puede sonar a antiguo, pero a quien le sirva de consuelo, en nuestra Constitución existe un artículo,  en el que después de aludir a que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna, se afirma con cierta timidez algo tan bonito como que la comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los poderes públicos.(Art. 47).