Monstruos

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Hace años, los niños que queríamos saciar nuestros instintos más bajos husmeábamos en las páginas de Interviú. Junto a fotografías de mujeres desnudas, una de nuestras pasiones de pequeños depravados, esta revista siempre ofrecía un extra: carne muerta. Los restos calcinados de los pasajeros de un avión accidentado, el despiece de un terrorista suicida o los cuerpos hinchados y devorados por las alimañas de las víctimas de una inundación. Conseguidas de manera furtiva, esas dosis de morbo gráfico eran doblemente satisfactorias. Nos estremecíamos de pavor al ver las imágenes, y de placer por haber sorteado la vigilancia censora de nuestros mayores.

Hoy no hay necesidad de rebajarse a la condición de rastreador clandestino de prensa amarilla: la muerte y el dolor se cuelan es nuestras vidas por las rendijas del televisor. En la pantalla, cada día te encuentras cara a cara con la barbarie. Una niña china arrollada por una furgoneta, un torero empitonado en un ojo, un piloto al que un compañero arranca la vida de un golpe, el rostro descompuesto y ensangrentado de un hombre que es linchado por la multitud. A este último le golpean, le insultan y, finalmente, le matan. Se puede distinguir el agujero de un disparo en la sien. Algunos medios sugieren que el cadáver pudo ser sodomizado. No es extraño que el  muerto se convierta en trofeo de caza: los asesinos fotografían a la víctima con sus móviles. Algunos acercan sus caras hasta tocar la del difunto, como si el protagonista de la imagen para el recuerdo fuese Guti o Bisbal. Ni los periodistas pueden resistirse al macabro encanto: Oliver Harvey, del The Sun, posó junto al cuerpo de Gadafi para envidia de sus lectores…

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“¿A este también le van a enterrar en el mar, como a Bin Laden?”, pregunta mi hija de diez años en un alarde de sensatez y memoria histórica. “¿No conocéis la clemencia?”, suplicó el dictador, preocupado, sin duda demasiado tarde, por las formas y la educación.

Freud pensaba que nuestra conducta está asociada a nuestra sexualidad, y que todo comportamiento está relacionado con lo que reprimimos. Nos atrae lo prohibido, lo sucio y oculto, y nosotros mismos nos ponemos los límites. ¿Está en nuestra naturaleza el regusto por la inmundicia? Que me perdone el padre del psicoanálisis, pero puede qué actualmente solo sea cuestión de audiencias…

Actualmente, nuestros audiovisuales hijos tienen las  necesidades de morbo perfectamente cubiertas. Y las de sexo, también. La tele ha cogido el relevo a Interviú en esa misión pedagógico-siniestra. El problema está en los límites: el cadáver ensangrentado, torturado y mutilado de un hombre ya no impresiona a nadie. “Al rojo vivo” (La Sexta) emitió ayer un bucle sin fin con las imágenes del accidente de Simoncelli. Contemplamos cada día, durante la siesta o cenando, la muerte en directo, en forma de accidente de motociclismo o de ojo por ojo revolucionario. El grosor del caparazón crece con cada informativo que vemos, con cada portada de periódico que contemplamos. Está muy cerca el día en que nada nos impresione. Entonces dejaremos de ser personas. Seremos monstruos.

P.D.

El cierre de este post coincide con el de las visitas guiadas al cadaver de Gadafi: «el cuerpo comenzaba a expulsar fluidos».