En defensa de Papandreu

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Gabriel Tortella *

El anuncio de Yorgos Papandreu, primer ministro griego, de que iba convocar un referéndum para la aprobación o rechazo popular del paquete de medidas de ayuda a Grecia que acababa de ser aprobado por la Unión Europea provocó la furia en Europa (Grecia incluida, por supuesto) y el desconcierto en el mundo entero. Los insultos llovieron sobre Papandreu, no sólo desde el gobierno de la UE, no sólo desde la oposición griega, no sólo desde el propio partido de Papandreu, el socialista PASOK, sino incluso desde su propio gobierno. Uno se pregunta si no le habrán insultado también su mujer y sus hijos.

Y sin embargo, la posición de Papandreu es no sólo comprensible, sino defendible. Y puede que dentro de unos días su postura se vea vindicada por los hechos futuros. Desde luego, los hechos pasados debieran hacer reflexionar un tanto a los que hoy vomitan vituperios sobre el líder heleno.

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Papandreu pertenece a una larga saga política. No sólo su padre, sino también su abuelo y tocayo fueron primeros ministros, y en más de una ocasión. Pero mientras su abuelo fue liberal, su padre Andreas (que había sido profesor de economía en varias universidades de Estados Unidos) fundó el PASOK, por medio del cual dominó la política griega en los Ochenta y los Noventa del siglo pasado. Contrastando con la sensatez del fundador de la dinastía, Andreas fue un político exagerado y un tanto energuménico, cuyos excesos en la vida política y en la privada acabaron por pasarle factura. Su hijo, el actual primer ministro, quizá por contraste, ha dado repetidas muestras de sensatez y moderación, tanto como ministro de Educación como, sobre todo, cuando desempeñó la cartera de Asuntos Exteriores y contribuyó notablemente a normalizar las relaciones con Turquía, que la tradicional demagogia de la política griega, y en especial de su padre, envenenaba periódicamente (a lo que Turquía también contribuía, por supuesto). El actual Papandreu tuvo siempre la elegancia política de no prevalerse de los nexos familiares. Hizo el cursus honorum en su partido en los gobiernos de Costas Simitis, y fue más tarde elegido líder de PASOK por el sistema de primarias.

Ganó las elecciones generales por mayoría absoluta en octubre de 2009, cuando el gobierno conservador del partido Nueva Democracia, encabezado por Costas Karamanlis (miembro de otra saga política), estaba totalmente desprestigiado por su incapacidad de solucionar la crisis económica y por su maquillaje de las cifras. Pero la herencia recibida por Papandreu era mucho peor de lo que se pensaba: el maquillaje (o camuflaje) de la verdad económica bajo Karamanlis y su ministro George Alogoskoufis fue descarado e irresponsable. Cuando Papandreu se hizo cargo del gobierno pudo saber que no era que la economía griega estuviese mal: es que estaba quebrada. Y aquí empezó su calvario: comenzó por decir la verdad, por honradez y para exonerar a su gobierno de responsabilidad por lo que se avecinaba. Como tantas veces ocurre en política, se le atacó por ser veraz, por “comprometer la situación de Grecia”; como si tantos años de mentiras hubieran servido para algo. Para mayor escarnio, eran los autores del desaguisado, los de Nueva Democracia, los que ahora desde la oposición, le acusaban de acometer las indispensables reformas que ellos, irresponsablemente, se habían negado a adoptar. Esto en España no puede sorprender: hoy los socialistas están ya acusando a los populares de lo mismo, incluso antes de las elecciones; eso, después de haber estado años acusando al PP de “no arrimar el hombro”. En materia de cinismo el PSOE no tiene nada que aprender de Nueva Democracia: el problema no es de derechas ni de izquierdas, sino de decencia política.

Los dos años desde que ganó las elecciones han sido para Papandreu un auténtico via crucis. Las huelgas violentas, atizadas por la derecha y por la izquierda se sucedían, y la popularidad del líder recién elegido se derrumbaba porque hacía lo que no tenía más remedio que hacer. Al frente de un gobierno insolvente, para pagar sueldos y pensiones cada mes tenía que recurrir a la ayuda de sus socios europeos, porque no había ya banco que le prestara. Naturalmente, los europeos exigían recortes: no estaban dispuestos a dar dinero para pagar unas pensiones griegas más generosas que las propias, y menos a prestar indefinidamente. Se exigía que los griegos hicieran las reformas y sacrificios necesarios para poner su economía en vías de ser competitiva, y tener los superávits de balanza de pagos necesarios para volver a la solvencia y pagar las deudas (o al menos, parte de ellas). Pero esas exigencias eran rechazadas en Grecia y Papandreu se veía entre la espada de la protesta callejera y la pared de la UE. En su propio partido le decían: “Tienes que hacer algo.” ¿Qué hacer? Hizo lo lógico: volver las tornas y enfrentar a los críticos domésticos con su propia responsabilidad: los que no quieran aceptar la disciplina europea, que lo digan claramente y voten NO en un referéndum; y que arrostren las consecuencias, que serán, inmediatamente, la suspensión de sueldos y pensiones, y a la larga, probablemente, la salida del euro y quizá de la UE. Fue una decisión arriesgada por parte de Papandreu, pero había que poner fin a su papel de chivo expiatorio, a que los coros griegos le maldijeran por actuar como debía. Primero le acusaron por decir la verdad, luego por cumplir con su deber.

¿Tenía alternativa? No. Las elecciones hubieran llevado meses, durante los que la economía se hubiera deteriorado irremisiblemente, porque la UE no estaba dispuesta, lógicamente, a prestar más dinero sin un firme compromiso del gobierno. Papandreu ha conseguido, con la amenaza del referéndum, dejar en evidencia a Nueva Democracia, que se negaba a colaborar si no era dominando ella el gobierno contra la lógica de los votos. Ha conseguido también ganar una nueva moción de confianza, y finalmente ha tenido la elegancia de dimitir y no aferrarse al poder, para permitir que se forme un gobierno de coalición que afronte la peliaguda situación de la que él fue víctima y no culpable. No envidiemos a sus sucesores: el gobierno de Grecia hoy es un potro de tortura. [Actualización del 8-11-11 tras el anuncio de dimisión de Papandreu]

(*) Gabriel Tortella. Economista e historiador. Es catedrático emérito de Historia de la Economía en la Universidad de Alcalá de Henares.
3 Comments
  1. celine says

    También a mí me habría gustado, aunque sólo fuera por el siglo de Pericles, profesor. Gracias por tan buena reflexión helenófila.

  2. Eleazar says

    Que gran artículo señor Tortella

  3. pinolman says

    Hecho: los griegos están peor qué como estaban antes de que Papandreu fuera presidente.
    Conclusión lógica, o bien este señor es un inepto que quiso hacer algo pero no pudo o un malintencionado que pudo hacer algo pero no quiso. En cualquiera de los casos me resulta dificil simpatizar con este hombre. No me resulta trágico que la gente no le quiera, es mas me parece lo mas normal que haya mucha gente que no le trague. Yo no sé si podría pasear por muchos sitios de Grecia sin un buen grupo de guardaespaldas

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