La paz perpetua de ETA

Francisco Serra

Una de las concentraciones convocadas el pasado 29 de octubre en Madrid por Voces contra el Terrorismo. / Efe

Un profesor de Derecho Constitucional fue a comprar el periódico y se encontró con una concentración de “Voces contra el terrorismo”. En las proximidades de su casa se había producido, tiempo atrás, uno de lo más sangrientos atentados de ETA y existía, desde hacía años, un monumento conmemorativo ante el que solían reunirse los que denunciaban la supuestamente tibia actitud del gobierno socialista ante la banda, que días antes había anunciado el cese definitivo de la violencia. Desde que el profesor era niño, la presencia del grupo armado había sido una constante en la vida nacional  y él aún recordaba haber tenido noticia, al término de la radionovela y tras la obligada tonadilla de la canción del colacao, del asesinato de Melitón Manzanas. Las acciones de ETA habían afectado, de una forma u otra, a muchas familias. El padre de una amiga suya había sufrido una grave mutilación y había estado a punto de morir al abrir lo que resultó ser un paquete-bomba y solo consiguió salvarse porque su hija, introduciendo el puño en la herida, consiguió detener la que parecía incontenible hemorragia.

En los últimos tiempos, el profesor siempre se acordaba en las fechas próximas a la fiesta de Todos los Santos de sus familiares y amigos ya fallecidos. Aunque no solía acudir a los cementerios, ni siquiera en días señalados, el profesor se sorprendió recordando el bello camposanto de Etxalar, que había visitado una mañana de julio durante un verano en que pasó una semana en una casa rural de Bera de Bidasoa. El profesor apenas había estado en el País Vasco en algunas ocasiones, la última hacía casi quince años, cuando había dormido un par de noches en un caserío cerca de Tolosa (ahora ya anegado por las aguas de un pantano) que pertenecía a la familia de una amiga suya, ya desde niña afincada en Madrid, pero que todavía rememoraba los interminables veranos de su infancia, cuando se distraía jugando a policías y ladrones con sus primos, entre ellos uno que más tarde militaría en el movimiento vasco de liberación nacional y moriría en un enfrentamiento con la policía.

Mientras se cruzaba con la multitud que acudía a la plaza, el profesor meditó sobre la posibilidad de una “paz perpetua” de ETA y recordó la imagen con la que Kant iniciaba su célebre tratado y en el que con cierta sorna se refería al grabado de un cementerio que un posadero holandés había colgado en una de las paredes de su negocio y que tenía ese título: “A la paz perpetua”. Por fortuna, la paz que empezaba a perfilarse en un próximo futuro no era la de los sepulcros, sino la que debía nacer de un acuerdo que se alcanzara entre los diferentes sectores de la sociedad vasca.

Paradójicamente, el triunfo de la Constitución suponía también su anunciado final, su necesaria modificación y quien sabe si la adopción de un texto diferente  para adaptarlo a las nuevas circunstancias. El proceso constituyente español había sido tan atípico que ni siquiera se eligieron unas Cortes que tuvieran como misión fundamental la redacción de una nueva norma suprema y la verdadera legitimidad solo se había conseguido tras su mayoritaria aprobación por referéndum.

Muchas de las inconsistencias del sistema constitucional español derivan de las especiales condiciones en que se llevó a cabo su configuración. La resistencia a asumir las consecuencias del establecimiento de un Estado federal había conducido a un llamado “Estado de las autonomías”, sometido a una continua delimitación de las competencias del Estado y las Comunidades Autónomas. La transformación que ha tenido lugar en algunos de esos territorios vuelve casi inevitable cambiar la Constitución para reconocer el carácter federal del Estado español, no tanto para aumentar o disminuir el número de materias propias, como para resaltar lo que en la transición se intentó eludir, que la unidad surge de un acuerdo, de un “pacto”, con toda la provisionalidad que se deriva de ese tipo de lazos.

El auténtico problema que se debe intentar resolver para alcanzar esa “paz perpetua” no es el de la modificación del texto constitucional para adecuarlo a la realidad y que se producirá tarde o temprano, sino el de las víctimas, cuyo sufrimiento es imposible de compensar, y la necesidad de un perdón, que solo podrá llegar, de modo gradual y en la forma en que se establezca, cuando se pida, porque un verdadero pacto no puede alcanzarse desde el olvido, debe obtenerse desde la memoria.