La ‘cólera’ de Rajoy

Francisco Serra

Rajoy, ayer, jueves, durante su intervención en el mitin del PP celebrado en Sevilla. / José Manuel vidal (Efe)

Un profesor de Derecho Constitucional seguía, algo sorprendido, el desarrollo de la campaña electoral. Se aproximaba ya la fecha de la votación y apenas había signos en las calles de que fueran a tener lugar unas elecciones que parecían decisivas para intentar poner freno a la interminable crisis. A principios de año el profesor había estado en Lisboa en vísperas de los comicios presidenciales y había percibido la misma sensación de desánimo colectivo, de callado desasosiego ante la inminencia de nuevos recortes en los gastos públicos con la vana pretensión de evitar un ineludible rescate.

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El momento álgido de la campaña, aunque parezca extraño, había tenido lugar casi al comienzo, cuando en un encorsetado debate se habían enfrentado los líderes de los dos principales partidos. La situación económica había llevado a que ambas formaciones políticas acordaran reducir los gastos en propaganda, limitando de forma drástica el plazo y los medios empleados para intentar captar los votos de los indecisos. El resultado era que se había privado a las elecciones de su auténtico sentido, del establecimiento de un “tiempo” distinto, un momento de excepción en el que la comunidad volvía a revivir la situación originaria, el “estado de naturaleza” que aún pervive en nuestras supuestamente avanzadas sociedades, para volver a firmar un nuevo “contrato”, señalando la dirección en que habría de avanzar el cuerpo social.

Las “campañas electorales” vinieron a sustituir a las “campañas militares” cuando la política se convirtió en la continuación de la guerra por otros medios. Frente a la “guerra civil permanente” se alzó la acotación de pequeños períodos de tiempo en los que se retornaba al caos primigenio y se tomaban en consideración todas las opciones posibles para decidir el futuro, sabiendo que, una vez obtenido un resultado, aunque fuera por estrecho margen, se volvería al “tiempo de la normalidad”.

También en las “campañas militares” existió en los inicios la tentación de resolver la contienda por medio de un combate singular entre los líderes de los dos bandos en lucha. Toda la historia occidental tiene su origen simbólico en el enfrentamiento entre Aquiles y Héctor a las puertas de Troya y la obra literaria iniciática del mundo griego, La Ilíada, no describe más que la cólera del héroe, que causó incontables dolores.

Por debajo de nuestros civilizados ropajes habita nuestra mítica piel, sin que en la mayoría de las ocasiones seamos conscientes de su significado primordial. Los debates entre los dos principales candidatos han sustituido, por fortuna, a los duelos mortales del mundo antiguo y se saldan con inciertas victorias, honrosas derrotas. Rajoy y Rubalcaba escenificaron una disputa que apenas disfrazaba un acuerdo en lo esencial y hubo que aguardar a que se abriera el número de participantes, días después, para que se advirtieran las profundas diferencias que existen entre los grupos políticos a la hora de decidir “la forma” de afrontar la pavorosa emergencia económica.

La política ha sustituido a la guerra y, a su vez, ha venido a ser reemplazada por la economía: la política se ha “economizado”, se ha vuelto puro medio de distribución de bienes y servicios, lúgubre ciencia sin esperanza, y también se ha reducido, excluyendo cualquier alternativa radical al modelo productivo existente. Es tal la coincidencia en muchas cuestiones entre los dos grandes partidos que Rajoy se vio obligado, casi a disgusto, a mostrar su cólera ante las supuestas “insidias” de Rubalcaba. El arma que utilizó frente al candidato socialista fue, precisamente, la situación económica, sin ser tal vez consciente de que ese puede convertirse, en breve plazo, en su talón de Aquiles.

Rubalcaba no tuvo el triste fin de Héctor, cuyo cadáver quedó largo tiempo sobre la tierra sin recibir sepultura hasta mucho tiempo después, sino que salió vivo, y muy vivo de la contienda, pues obtuvo una legitimación como líder de la futura oposición que hasta entonces quizás no tenía. Hábil superviviente de una carrera pública que se remonta a los primeros tiempos del gobierno de Felipe González, puede preparar a su sucesor y aguardar a ver pasar dentro de no mucho las exequias de su enemigo, si no se produce una improbable mejora de la coyuntura económica.

Aquiles triunfó sobre Héctor, pero poco después encontró la muerte  y viajó al reino de las sombras para convertirse en Rey de los muertos y comentarle a Ulises, cuando recibió su visita en el Hades, que preferiría ser un humilde porquero, el esclavo del más pobre de los amos, a su corona actual; quizás Rajoy, dentro de unos años, en su retiro, añore aquel momento en el que, después de tanto bregar, había conseguido llegar a unas elecciones con ventaja suficiente para ser presidente de Gobierno… cuando el “verdadero gobierno” está en otra parte, en los inasibles mercados, en la “nube” de la evanescente economía de hoy.