La energia que viene, ilógica y conflictiva

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Pedro Costa Morata *

Uno de los primeras empresarios a los que ha consultado el futuro presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha sido Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola, y lo ha hecho para interesarse por el plan energético a 2020 que este ejecutivo ha propuesto recientemente. Esta propuesta, muy indicativa de los vientos que corren en el sector eléctrico y bien recibida por los expertos energéticos del PP (muchos de los cuales tienen a Sánchez Galán por oráculo), merece sin embargo que se la apostille de forma clara, advirtiendo de sus contenidos y de la carga irracional y conflictiva que encierra.

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El planteamiento que hace el líder de Iberdrola se expresa en términos porcentuales (el llamado mix de aportaciones según fuente) y en relación con la energía eléctrica; no alude, pues, al principal problema de la energía como globalidad, que es la necesidad imperiosa de rebajar sustancialmente el nivel de consumo nacional y de prever que esto será así a lo largo de los años. Los problemas energéticos se suavizan sustancialmente reduciendo la demanda, lo que implica actuar sobre el sistema productivo y el mundo del consumo, con políticas urgentes, intensas y singulares en el caso del transporte y su derroche diabólico en petróleo. Se hace necesario decir aquí que, si bien todos (o casi) los ministros responsables de la energía desde 1973 han elaborado planes de ahorro y eficiencia energéticos, muy pocos documentos fueron aprobados y ninguno, desde luego, llevado a efecto: ni la voluntad política era vigorosa ni la enemiga (tenaz y eficaz, si bien disimulada con frecuencia) de todos los subsectores energéticos era cualquier cosa. (La reducción de 120 a 110 kmph en carretera de los primeros meses de 2011 resultó tan eficaz que no pudo aguantar el bombardeo soterrado de los sectores hostiles: petrolero, automotriz, mediático…)

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Limitándonos, pues, al ámbito insuficiente de lo eléctrico, resumiremos esta panorámica crítica apuntando a estos aspectos:

1. La energía nuclear no podrá suponer el 18 por ciento del total eléctrico anunciado, ya que (1) no habrá nuevas plantas generadoras, (2) Garoña deberá cerrarse en fechas próximas y (3) es muy probable que las numerosas deficiencias de seguridad advertidas en los últimos años en casi todas las centrales en funcionamiento hagan que se cierre alguna de las de segunda generación (en torno a los 1.000 MW de potencia unitaria), antes de que cumpla los 40 años de vida activa.

2. El papel de las energías térmicas, un 24 por ciento en el esquema que comentamos, se supone que deberá seguir escorándose hacia el gas natural, el más bajo emisor de C02 de entre los combustibles fósiles; pero las perspectivas recientes (¡y sorpresivas!) en relación con nuevos yacimientos del llamado “gas no convencional” (shale oil), altamente agresivo, anuncian un rechazo generalizado.

3. La energía eólica, que ocasionalmente ya ha superado el 60 por 100 del total eléctrico, debe mejorar en esas previsiones, cifradas en un 21 por ciento, compensando como referencia la caída en las térmicas más contaminantes y en las nucleares. Iberdrola, primera potencia eólica en España, no comparte política energético-financiera con las productoras pequeñas, debido precisamente a su posición predominante (produce la cuarta parte de la electricidad de origen eólico). Pero la ubicuidad abusiva de los parques eólicos y su impacto ambiental producirán crecientes problemas de rechazo: conviene incrementar el tratamiento crítico hacia esta energía, excesivamente mimada en ámbitos ecologistas y cuya versión marina disparará el conflicto.

4. Las energías solares, con un ridículo 5 por ciento del total, son despectiva y hostilmente tratadas por Sánchez Galán, en notable sintonía con las recientes políticas administrativas. Es curioso ver cómo este empresario y otros de su cuerda fustigan estas energías con la misma inquina con que atacaban y rechazaban a la eólica durante décadas hasta que las subvenciones públicas fluyeron añadiendo a su cartera de negocios un prometedor subsector (que, gracias a la generosidad estatal, sigue sin regirse por las leyes del mercado). La polémica entre los grandes del sector y los pequeños productores es una novedad dentro del sector eléctrico y caracteriza, curiosamente, los problemas de fondo a los que se ve enfrentada la más renovable, natural, barata y ecológica de las energías, que es la solar (precisaremos, no obstante, que nos referimos a la fotovoltaica, considerando desviada, industrialista y recalcitrante a la termosolar, que recurre a un ciclo termodinámico con la subsecuente recaída en los límites y problemas de la termodinámica).

5. Aunque no se concreta su participación, la alusión a la “biomasa” seguramente encierra el incremento de la producción de biocombustibles, ocurrencia –intensamente promovida en países subdesarrollados donde ya es calificada de criminal– que resulta en nuestros pagos radicalmente necia en lo energético, lo agronómico y lo social.

6. La cogeneración, citada también al margen, debe ser –añadimos nosotros– motivo de reconsideración profunda, dado que se han ido alterando los presupuestos originales de su lanzamiento y expansión; así como relacionársela con un descubrimiento funcional-energético feliz, la llamada “generación distribuida” (que desde 1980 círculos ecologistas venían proponiendo con el título de “comarcalización energética).

El máximo representante de Iberdrola y líder más destacado del sector eléctrico aprovecha para quejarse del “déficit tarifario”, en la línea (y con mínimas variaciones) que el sector mantiene desde los años de 1970… Pero este asunto –que se recrudecerá con un Gobierno PP– promete poner sobre el tapete la persistente posición privilegiada del sector eléctrico, que insiste en la ambigua doctrina de la “repercusión en las tarifas de los costes reales” como si pudieran resultar viables para el sector numerosas inversiones en el caso de que se repercutieran, realmente, ciertos costes como los nucleares, sin ir más lejos: gestión de residuos radiactivos, desmantelamiento, pólizas de riesgo….

Pero es verdad que, finalmente, todos los costes acaban repercutiendo por alguna vía –tarifas, presupuestos públicos, riesgos…– en el ciudadano, y esto se hace singularmente cierto en el ámbito nuclear. La cantinela, pues, del “déficit tarifario” debiera de diluirse, quizás, con sólo acabar con la opacidad de la elaboración de esas tarifas o con la explicación detallada de las relaciones Estado-sector eléctrico, que siempre incluyen el complejo de inferioridad, crónico, de los Gobiernos ante este sector. En cualquier caso, certifica la alta irracionalidad que supone que el sector en su conjunto esté en manos privadas. Frente a un Gobierno eminentemente privatizador no hay que descartar, por paradójico que parezca, que se endurezca la reivindicación del carácter predominantemente público del sector energético, empezando por la electricidad y la recuperación de Endesa, que tan fríamente arrebató Aznar en su día al sector público.

(*) Pedro Costa Morata. Ingeniero, sociólogo y periodista. Premio Nacional de Medio Ambiente (1998).

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