¿Puede llegar hoy un intelectual al poder?: Václav Havel y Jorge Semprún

Velas encendidas ante la estatua de San Wenceslao, a modo de homenaje al expresidente checoslovaco Vaclav Havel, en el centro de Praga. / Peter Hudec (Efe)

La pregunta viene suscitada en la sección de debates de El País por la lamentable muerte del intelectual, disidente político, presidente de Gobierno y europeísta Václav Havel. Va también referida al complejo ascenso de tan sobresaliente figura al poder en Checoslovaquia. Un ascenso plagado de vicisitudes que confirman su gran talla moral y ratifican la dificultad de contestar afirmativamente a la cuestión. Valga como homenaje a él la prolongación de este debate.

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La diversidad de funciones entre el político y el intelectual es drástica y da para distinguirlos definitivamente. Pero no debieran estar tan separados. Hay en la historia recientes casos como el de Max Weber, que pudo aspirar a presidente de Alemania. Y se quedó en su casa tras ser vetado por el Partido Demócrata Alemán, que le presentó en una circunscripción territorial donde no tenía posibilidades de salir elegido diputado. Pero hay ejemplos en el pasado -el de Manuel Azaña, presidente de la República, o Enrique Tierno, Alcalde de Madrid-, que dejan abierta alguna esperanza de confluencia. Parece, en todo caso, que dos tipos de éticas en la acción social y los imperativos de la división del trabajo coinciden en separar las posibilidades comunes del intelectual y el político. Si Azaña nombraba a Valle-Inclán, en algún cargo público, por pequeño que fuera,  contaba los minutos que tardaría en llevarse las manos a la cabeza.

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Por lo que se refiere a las dos éticas, una “ética de la convicción” es más afín al intelectual. El intelectual se rige por la búsqueda de la justicia en este mundo y por la denuncia de todos los excesos del poder. No atiende a imponderables sobre medios violentos o sacrificios económicos justificados para lograr objetivos que puedan repercutir en el propio bienestar de la sociedad. El intelectual prioriza sus convicciones de justicia –“¡Hágase justicia y perezca el mundo!”- sobre la propia estabilidad y cohesión de la sociedad. Tradicionalmente, se le simboliza con Moisés portando las XII Tablas de la Ley. Al intelectual le falta juicio político porque pondera con dificultad entre la libertad y la seguridad como dos bienes sociales muchas veces en conflicto. Ambos bienes no se pueden conseguir realmente en su totalidad –a pesar de los intelectuales- y han de ser parcialmente sacrificados. Pero el hombre libresco supera sus limitaciones políticas con buenas dosis de exigencias morales que hicieron avanzar cultural, moral y políticamente a la sociedad. El político, en cambio, puede llegar a cancelar las convicciones en aras del pragmatismo de las decisiones. Prefiere la “ética de la responsabilidad”. La paz civil, la captura de unos cuatreros, el triunfo electoral, o el bienestar de los conciudadanos pueden requerir  rudeza, opacidad, astucia, negociaciones y alianzas, que el político comprende. La bondad de los medios políticos que emplea es examinada por la pertinencia o no de los resultados de sus decisiones entre los conciudadanos. Además, por lo que se refiere a la especialización de tareas, la política acapara tiempo y deja pocos ratos para leer a los gobernantes y demás cargos. Mientras que los libros apartan al intelectual de la experiencia en las entretelas del poder. Lo más fácil es que el intelectual sea la primera víctima ingenua al intentar cruzar el pasillo de acceso al poderoso.

Una de las llegadas más brillante del intelectual al poder (socialista) fue la de Jorge Semprún –Ministro de Cultura entre 1988 y 1991-. Al final, se armó una buena. Quien fue preso de las SS en Buchenwald, no cesó en su activismo comunista, jugándose la vida en la oposición antifranquista como enlace del PCE en el exilio francés con el interior. La Autobiografía de Federico Sánchez (1977) está llena de descripciones de personajes siniestros del comunismo que se daban cita en París, del aire provinciano de un Madrid hundido en el atraso y la represión, de cogitaciones acerca de por qué se le exponía, a veces, innecesariamente al peligro como correo de las directrices del comité central para el interior de una España hundida. Este martes, en la biblioteca del CSIC de la calle Medinaceli, con tarde fría de invierno, Juan Diego recitó unos textos emocionantes del autor de La escritura o la vida (1994). El intelectual apareció como compañero de nobles moribundos –de Maurice Halbwachs, amortajado con unos versos de Baudelaire, y del compañero Morales– y testigo de la persecución de unos pobres niños judíos por aullantes perros soltados por las SS. De las intervenciones de Concha Roldán, Reyes Mate, Felipe Nieto, Scheherezade Pinilla y Javier Muguerza, destaco la de este último. Javier Pradera, Jorge Semprún y Javier Muguerza se reunían en el piso de Zurbano de la familia de este último –allá por el año 1956- y, detenidos por subversivos, fueron a la prisión de Carabanchel. En aquella época decirle al comisario que te dedicabas a formar parte de un seminario sonaba a guasa porque no conocían más que seminarios eclesiásticos y estudiar a Hegel encerraba el peligro de estudiar “al que siempre iba junto a Marx”.

Tantos años después, la oposición comunista al franquismo se fue desvaneciendo por etapas pese a su fortaleza. Aparecieron políticos con escasa memoria histórica si se les compara con aquellos seminaristas clandestinos. Una política descafeinada, como “gobernanza” y “management”, prosperó. Y la sustancia de aquella vieja izquierda se volatilizó tanto como el neomarxismo de la socialdemocracia. Se auguran tiempos duros para el socialismo. Los intelectuales miran ahora el rostro mohíno de los políticos socialistas. El PSOE maneja la posibilidad, entre otras, de un tránsito conducido por Alfonso Guerra como nuevo Moisés a través del desierto. Parece que prefiere guiar a Rubalcaba como un Guersóm querido, porque Chacón no cabe en la figura masculina del otro hijo, Eliezer. Y resuena, en la travesía, de nuevo, la cuarta de Mahler. Pero, alejados todos del oasis, no va a ser ni suficiente ni demasiado.