Vivir entre recortes y recordando a Scott Fitzgerald

Germán Gómez Orfanel

Scott Fitzgerald, en una imagen de junio de 1937. / Carl Van Vechten (Wikipedia)

Hay palabras que vienen condicionando nuestra vida cotidiana desde hace ya tiempo, y ésta es una de ellas, recortes en los presupuestos, disminución de prestaciones sociales. Incluso tiene acepciones tan descriptivas y sugerentes, como la de “porciones excedentes que por medio de un instrumento cortante se separan de cualquier materia trabajada hasta reducirla a la forma que conviene”, o en Tauromaquía, regate para evitar la cogida del toro. (Diccionario de la RAE).

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Y nos vamos acostumbrando con mayor o menor resignación a convivir con ello. Si la lucha política tiene bastante de pugna por conseguir dinero o ventajas de los Poderes públicos, vence también quien logra inmunidad frente a la mengua. Los recortes van a afectar a sectores muy diversos, incluidas también  las Fuerzas Armadas, pero por curiosidad, ¿que pasará por ejemplo con la enseñanza concertada o con las aportaciones públicas a la Iglesia Católica, y sus privilegios tributarios?

La Teoría política ha generado macroconceptos como los de  Sociedad y Estado, que han sido objeto de infinitos análisis. Desde áquellos que opinaban que la Sociedad es el resultado de nuestras necesidades racionalmente reguladas, y el Estado la consecuencia de nuestros vicios (Thomas Paine, entre otros), a quienes  por el contrario defendían que el Estado es el reino de la razón objetiva, pues la Sociedad es incapaz de regularse por sí misma y ha de buscar en el Estado el factor ordenador como única instancia capaz de neutralizar los factores destructivos de la libre competencia y de convertir el interés privado en interés general (Hegel, Von Stein).

No parece ya que sea de utilidad la conocida teoría de Adam Smith. Recordemos, que conforme a ella, el hombre busca su propio beneficio, pero al mismo tiempo una mano invisible le conduce a promover el interés de la sociedad, la suma de los egoísmos responsables permitiría el desarrollo de la economía, además, a diferencia de lo que defendían los fisiócratas, en el siglo XVIII, no cabe el Laissez faire, laissez passer, ante la crisis, ante el caos financiero. Hay que actuar, porque el mundo económico por suerte o por desgracia,  no marcha solo.

En la vida laboral optamos por ofrecer nuestra fuerza de trabajo al espacio de las relaciones de mercado con sus zozobras y gratificaciones o buscamos el vivir del Estado o de las múltiples instituciones públicas. Por cierto, desde hace más de veinte años suelo comer un día a la semana con un grupo de amigos. De  entre los diez habituales, siete dependemos del dinero público.

En los últimos tiempos han aflorado cuestiones que antes no se planteaban,  como la reducción de sueldos de los funcionarios o incluso su posible  despido.La  confianza en un Estado providencial y salvador parece disminuir y tambalearse, su fortaleza se pone en entredicho. Debido a sus dificultades de financiación, recordemos a O´Connor y sus trabajos de los pasados años setenta, sobre la crisis fiscal, el Estado soberano se va convirtiendo en un deudor soberano, que en algunos casos precisa ser rescatado.

Metidos cada vez más en la emergencia económica, han quedado relativizadas la seguridad y estabilidad que ofrecía el Estado como forma de vida, sobre todo a quienes elegían ponerse a su servicio, lo que cada vez resulta más difícil para las nuevas generaciones.

En el mes de octubre de este 2011 que termina, la editorial  Gallo Nero de Madrid, ha publicado dos breves y didácticos escritos de F. Scott Fitzgerald. En el primero, aparecido en abril de 1924 y titulado, Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año, nos narra en clave de paradoja autobiográfica, la impotencia cómica del nuevo rico y sus dificultades económicas por los descontrolados dispendios, a pesar de los elevados ingresos obtenidos por sus trabajos como escritor, que le permitían residir con su familia en el mejor hotel de Nueva York, hasta que para recortar gastos decidió someterse a un presupuesto y trasladarse a un  pueblo de la Costa Este, caracterizado por su alto nivel de vida.En el segundo relato. Cómo sobrevivir con casi nada al año, publicado en septiembre de 1924,  se ocupa de su estancia de varios meses en la Riviera francesa, que suponía un auténtico paraíso económico debido a la fortaleza del dólar y a los costes mucho mas bajos, donde todo era baratísimo.

Completa la edición un esclarecedor trabajo de William Quirk, profesor de  Derecho de la Universidad de Carolina del Sur, en el que analiza las declaraciones de renta que Scott Fitzgerald había efectuado durante su vida laboral entre 1919 y 1940, año de su muerte. El escritor demuestra saber combinar la vida bohemia, con un reconocimiento transparente y cuidadoso de los erráticos ingresos percibidos, y en una etapa a partir de 1929 con graves problemas familiares debidos al internamiento psiquiátrico de su esposa Zelda.

Es posible  que la difícil  forma de vida de Scott Fitzgerald pueda en el fondo suponer un modelo para los neoliberales que ahora  gobiernan, y que nos propongan vivir confiados exclusivamente en nuestras fuerzas y capacidades laborales, sin pedir ayuda al Estado, y si preciso fuese emigrar a países baratos, sin dejar de pagar impuestos.