Irán, la bomba y los tres 'Satanes'

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Pedro Costa Morata *

Como anticipando un nuevo conflicto bélico en Oriente Medio vuelven a sonar los tambores de guerra señalando a Irán como el siguiente objetivo del nuevo imperialismo occidental, ahora connotado específicamente con la directa intervención de Israel. Como se sabe, el motivo que se alega esta vez en la preparación de un ataque a la República islámica iraní es el programa nuclear que lleva a cabo desde hace tiempo, que Irán describe como civil y numerosos países occidentales aseguran estar orientado a fabricar armas nucleares.

Desde 1984, nada menos, se vienen oyendo desde Estados Unidos las “alarmas” por el supuesto programa nuclear iraní, que en realidad lo iniciara en los años de 1970 el shah Reza Pahlavi con una serie de proyectos de centrales nucleares de tecnología alemana, francesa y norteamericana, que habrían sumado una veintena para 1994. De la satisfacción occidental por este programa se pasó al rechazo cuando se produjo la caída en 1979 del shah, dictador de la máxima confianza de Washington. La primera instalación acometida, la central de Bushir, en el Golfo Pérsico, se inició con tecnología alemana pero finalmente ha sido terminada con diseño ruso. Las informaciones alarmistas y las acusaciones occidentales sobre las ambiciones nucleares de Irán han ido espesándose en el tiempo y alcanzando creciente gravedad tras los fracasos militares y estratégicos de Estados Unidos en Irak y Afganistán. El Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA, la llamada Agencia de Viena) ha emitido recientemente un informe alarmista sobre los supuestos planes nucleares militares iraníes, sin pruebas fehacientes y en su línea habitual de alineamiento con los intereses nucleares occidentales (que sigue fielmente el actual director, el japonés Amano, siguiendo la estela del anterior, el egipcio El Baradei).

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El cuadro político-militar en presencia cuenta con el protagonismo singular del Estado de Israel, única potencia nuclear de Oriente Medio, que sigue dispuesto a impedir que ningún otro país de la región acceda a ese armamento. Así lo demostró bombardeando un reactor de investigación irakí en 1981 y unas misteriosas instalaciones nucleares sirias en 2007; ahora amenaza con atacar las plantas iraníes que considera amenazantes, aunque la envergadura del enemigo y de las consecuencias parecen plantear desacuerdos entre los dirigentes de Tel Aviv. Israel puede atacar a Irán sin consulta previa a Estados Unidos, en la seguridad de que esto no es necesario y de que Obama está incondicionalmente a su lado (entre otras cosas por necesitar el voto y el dinero judío para su reelección en 2012).

Parece evidente, sin embargo, que Israel preferiría que el atacante fuese Estados Unidos, que tampoco oculta la posibilidad de una intervención directa y exclusiva, no sólo por la amenaza objetiva nuclear, sobre la que no debe tener informaciones que lo confirmen, más allá de la fanfarria habitual y las noticias propaladas, falseadas o contrahechas como es práctica habitual, sino por el temor de que la influencia del régimen iraní sobre el actual Gobierno irakí (que no ha hecho más que crecer con la presencia militar norteamericana) y, por supuesto, en la minoría chií de este país empeore visiblemente la situación estratégica de Washington en la región respecto de los tiempos de Saddan Hussein.

Irán no es el único país al que produce más que irritación el que Occidente, y la OIEA, traten con deferencia a Israel, cuyo potencial nuclear clandestino –ya que este Estado ha eludido todos los controles internacionales, que tampoco se han interesado mucho por vigilarlo– procede de los años de 1960, al que accedió con ayuda de la Francia del general De Gaulle a partir del reactor nuclear de Dimona, en el desierto del Neguev. La CIA reconoció la capacidad nuclear israelí en 1978, y las explosiones experimentales tuvieron lugar en colaboración con las autoridades racistas sudafricanas en 1979 y 1980 en aguas del Pacífico sur. En 1986, las declaraciones del técnico nuclear israelí Vanunu sobre el armamento atómico israelí le valieron ser secuestrado en Italia y condenado a 18 años de prisión, que ha cumplido en su integridad.

El tercer protagonista de este ataque en ciernes es el Reino Unido, ese “pequeño Satán” para los iraníes (el “Gran Satán” es, evidentemente, Estados Unidos, acumulando Israel todos los calificativos atribuibles al enemigo más odiado), que no olvidan las humillaciones recibidas a lo largo de su historia, agravadas desde que en 1906 surgiera, en Massid i Suleiman el primer petróleo de Oriente Medio, usufructuado por la Anglo Iranian Oil Company, sociedad creada por el Almirantazgo británico y después rebautizada como British Petroleum (BP). El Reino Unido, que recientemente se ha visto enzarzado en una serie de represalias diplomáticas tras las últimas medidas de castigo adoptadas  hacia Teherán, permanece en el imaginario iraní como la aborrecida potencia que siempre aspiró a controlar el país y que inspiró el golpe de estado que materializó la CIA en 1953, cuando fue derribado el primer ministro Mosadeq, popular y democrático, tras la decisión del parlamento iraní de nacionalizar el petróleo; el golpe llevó al regreso del sha, que había conocido el exilio tras las medidas nacionalistas, para instalar su dictadura personal, altamente productiva para Estados Unidos y las potencias petroleras occidentales.

El Irán islámico, Estado que nunca ha atacado a ningún vecino (pero que sí fue atacado por Irak, con el que sostuvo una cruenta guerra, 1980-88, a impulsos de Occidente), se considera con el mismo derecho que los demás países a dotarse de un programa nuclear. Aun así, el proceso hacia el átomo militar sigue siendo desmentido por las autoridades iraníes que, por otra parte y al contrario que Israel, es firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), lo que le da derecho a desarrollar todas las fases del proceso civil nuclear. Pero nadie puede ignorar que los esfuerzos del mundo debieran haberse centrado, en su día y con posterioridad, en evitar el armamento atómico israelí, evaluado según numerosos expertos en varios centenares de bombas nucleares.

Se perfila, pues, un ataque “preventivo” de doble efecto: conjurar la pretendida amenaza nuclear y atajar la preocupante influencia del régimen iraní sobre el irakí. Quedan, como incógnita de peso y trascendencia, las consecuencias que los atacantes habrán de arrostrar, ya que no es fácil que el régimen iraní quede inhabilitado para toda respuesta tras el ataque, por demoledor que se planifique. Y la respuesta puede abarcar desde el bombardeo de Israel o de bases norteamericanas en la zona, con la escalada correspondiente, hasta el cierre del estrecho de Ormuz y la inmediata elevación del precio del petróleo, lo que agravaría sensiblemente la crisis económica internacional.

(*) Pedro Costa Morata. Ingeniero, sociólogo y periodista. Premio Nacional de Medio Ambiente (1998).
3 Comments
  1. pluricelular says

    Sr. Morata. La información que usted nos brinda es cierta. También eran ciertas todas las informaciones que preveían el cómo y el porqué de las invasiónes I y II a Irak. Esto que usted escribe lo hace en un sitio autodenominado «Cuarto poder»… de verdad cree usted que hay alguna forma de periodismo actual que se limite a informar de lo que ocurre verdaderamente que implique algun tipo de poder?…no es cierto que el único poder está en manos de sus compañeros de profesión que desinforman según los cánones del pensamiento único?…sospecho que en eurasia, oceanía y américa, en el mejor de los casos, sólo puede haber cismas de la única ideología globalizada realmente.
    Este lector cree que mientras los periodistas amantes de la verdad no sean capaces de formar «grupos de acción» que intenten modificar el imaginario social, éste seguirá haciendo inútiles todos su esfuerzos.
    Miren ustedes al continente virgen…trabajen en el África subsahariana, donde hay ochocientos millones de personas aún no contaminados por la pandemia ideológica que azota el mundo.

  2. Eduba79 says

    Excelente análisis. Saludos desde Paraguay

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