2012, el año en el que fuimos al banquillo

Pablo Blázquez *

Se ha despejado el calendario de fiestas. Anne Igartiburu se ha quitado lentamente su vestido del día 31 y hemos atravesado el filo que separa un año de otro para caer en un centro comercial donde las marcas venden sus producciones en serie al ritmo frenético de las rebajas. Los mayas también erraron en sus profecías apocalípticas: 2012 no será el fin del mundo aunque vaya a ser un año cabrón y muchos los desahuciados.

La agenda mediática parece un campo de minas: cada paso que das te puede estallar en la cara un escándalo de corrupción. Uno lee lo que se han metido en los bolsillos los jefazos de las cajas de ahorro, ve el solazo que entra por la ventana y tiene claro que en realidad no hace tanto frío para plantar la tienda Quechua en Sol como dice Gistau. Otra cosa es que tengamos ya los huevos pelados y no estemos ni para panfletos ni para coñas ni para fotitos del Che Guevara. Si el desarrollo democrático de un país se mide por su transparencia y por su corrupción, como clama Garrigues Walker, España no pasa hoy ni de lejos el estatus de monarquía bananera. No es fácil, no, amar en tiempos de cleptocracia.

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A Urdanga le gustaba más el dinero que a un tonto un lapicero, se creyó impune por eso de la sangre azul y practicó de forma salvaje el derecho de pernada en los negocios. Se burló de toda nuestra geografía, desde la cordillera bética a la helvética (que es donde desviaba la pasta), incluido un Rey que en su día tuvo músculo contra los flechitas y los nostálgicos que le bailaban marchas militares a Tejero, pero al que le ha faltado autoridad y reflejos para pararle los pies al tonto del lapicero. Ahora el yerno sufre una suerte de efecto bumerán en formato de escarnio público tan analógico como digital; el próximo serial de noticias de El Mundo sobre sus sablazos lo vamos a poder ver con gafas de 3D y seguramente Vaughan nos ofrezca una versión en inglés 2.0. Es cierto, como dice el barman de El Telégrafo, el bar de la calle Velázquez donde sirven los mejores gintonics de Madrid, que en su día convertimos en héroe a un currele como El Dioni, que pisó fuerte el acelerador del furgón para llevarse los dineros del banco, pero para el imaginario carpetovetónico un Duque que lo tiene todo sin habérselo trabajado y mete la mano en la caja pública usando como coartada a los niños discapacitados es el peor de los tiranos: el Joker de Batman, la madrastra de la Cenicienta, la maldita mujer que engendró a De Juana. Veremos qué pasa dentro de unos decenios con este invento tan anglosajón, la monarquía parlamentaria, que aplicado a los ángulos picarescos de la democracia ibérica tiene pinta de acabar como un espléndido scalextric escacharrado entre las curvas de la carretera de Nos-Duele-España (esto es, pasado Despeñaperros).

De las Islas Baleares salieron reputados y acaudaladísimos piratas, algunos reciclados para la banca, todos muchos más elegantes y discretos que esa ordinaria princesa que es María Antonia Munar, y menos prostituibles y ladinos que el ex presidente Jaume Matas, que usó el Ministerio de Medio Ambiente que le concedió Aznar como trampolín para zambullirse en una piscina que no tenía depuradoras y en el que en lugar de cloro sus asesores vertían dispendios, mentiras y latrocinio. A toda esta tropa de saqueadores con corbata y sonrisa profident, surgidos al calor del descontrol de nuestras taifas autónomas, les tenemos que cambiar ya por grilletes sus oros y sus alhajas si queremos reorganizar la convivencia en este rincón del Mediterráneo que no quiere dejar de ser europeo.

Todavía hay, eso sí, pocos vistos para sentencia. Pero judicialmente hablando el nuevo año se presenta tan caliente como las últimas fotos de Shakira tumbada en traje de baño. Ahí están los eres imaginarios del exjerifalte andaluz, Manuel Chaves, que ha sufrido el expediente de regulación de empleo que los españoles le han hecho al Gobierno que vicepresidía,, los tejemanejes de la tropa del Gürtel con Camps a la cabeza, y el gran artífice del zapaterismo, José Blanco, a quien después de tantos lustros maniobrando en las cloacas del partido lo mismo le da un Hemiciclo que una gasolinera. Pasen y vean. Estamos en 2012. El año en el que fuimos al banquillo.

(*) Pablo Blázquez es periodista y director de la revista Ethic.