Garzón «ingresó cadáver» en el Tribunal Supremo

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Francisco Serra

Garzón, durante su comparecencia en la vista del caso por la que ha sido condenado a 11 años de inhabilitación. / Efe

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Un profesor de Derecho Constitucional leyó Diario de invierno, el último libro de Paul Auster (del que Elvira Huelbes ya ha escrito un bello comentario en cuartopoder.es), una peculiar “automoribundia” en la que el autor reflexiona sobre lo que ha sido su existencia y la inevitable proximidad de la vejez y la muerte. Viendo una película clásica de la época dorada del cine negro norteamericano, Auster se da cuenta de que desde la muerte de su madre ha vivido como el protagonista del filme (Con las horas contadas), a quien acaban de anunciar que se va a morir dentro de unos días, tal vez horas, porque tiene el organismo infectado por un veneno, la toxina luminosa, contra  el que no hay antídoto posible y aunque sigue vivo, de hecho ya está muerto, en realidad lo han asesinado.

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El profesor se sintió fascinado por la historia y recordó haber comprado el fin de semana anterior en el kiosco ese CD en la excelente colección que venía ofreciendo un periódico nacional con las obras más representativas del género. Le encantó la cinta y, buscando más información en la Red, descubrió que el título original en inglés era D.O.A., las siglas para designar al que ingresa cadáver y que hacen referencia a las palabras que aparecerán en el informe de la policía, cuando muera en la comisaría en medio de una frase, mientras cuenta su historia.

Esa misma tarde el profesor leyó en el ordenador la sentencia de Garzón, que lo alejaba por un largo período de tiempo de la carrera judicial y, por supuesto, de su destino en la Audiencia Nacional. Le pareció curioso que fuera el diario más crítico con el magistrado el que hubiera unos días antes programado la entrega del film en el que se narra la historia de alguien que sigue caminando y parece vivo, aunque en realidad está  condenado a fallecer en breve, del mismo modo que Garzón, aún seguía siendo juez en apariencia, pero desde que le empezaron a instruir los diferentes procesos en que se había visto envuelto estaba ya en realidad muerto y bien muerto para la vida judicial. La meta de cualquier jurista es acceder al Tribunal Supremo, pero Garzón “ingresó cadáver”, estaba  condenado a dejar de pertenecer a la magistratura antes de que acabara el juicio, porque el temible veneno, la toxina luminosa, ya había sido absorbido por su organismo sin remedio posible.

Al día siguiente, el profesor fue al teatro y quedó impresionado por la extraordinaria  representación de  Agosto (condado de Osage), una sórdida historia de familia en la que se pone de manifiesto que todas las familias son iguales y a la vez distintas, felices y desgraciadas al tiempo, mostrando que el tan citado comienzo de Ana Karenina no es cierto, porque todas tienen su propia historia y nadie puede quererte ni odiarte tanto como los más allegados.

De camino a casa, en la gélida noche invernal, el profesor meditó sobre el caso de Garzón y comprendió que, en su momento de mayor esplendor, ya podían advertirse los signos de su próxima caída y los mismos que lo convirtieron en “juez estrella”, le acabarían administrando después la toxina luminosa, el veneno que terminaría provocándole la muerte en vida. El profesor recordaba otros casos de jueces y fiscales que, pese a ser “inamovibles”, habían sido más o menos forzados a pedir “de forma voluntaria” un traslado no siempre querido para evitar consecuencias indeseadas. Una de las garantías de la independencia judicial podía acabar convirtiéndose en todo lo contrario. Del mismo modo, la máxima protección que supone para un reo que le juzgue el Tribunal Supremo puede transformarse en la mayor amenaza, porque es en la “familia” donde pueden generarse los mayores afectos pero también las mayores insidias y no es casual que en el habla popular se califique a alguien como “compañero y sin embargo amigo”, dando a entender que lo contrario es la regla.

Toda persona tiene que tener derecho, en materia penal, a una doble instancia y el caso de Garzón pone de relieve los defectos de la normativa española, ya señalados en otras ocasiones. Los persas, narra Heródoto, tomaban sus acuerdos siempre dos veces, primero embriagados, pero luego sobrios para poder confirmar si habían actuado correctamente (y también al revés, añade después). Más próximos a nosotros, los atenienses establecieron el ostracismo para aquellas circunstancias en las que alguna persona podía convertirse en un problema para la ciudad: votaban primero si se debía recurrir a esa institución y luego inscribían en una tablilla el nombre de a quién se aplicaría y, aún después, debían volver, pasado algún tiempo, a reafirmarse en su decisión. Uno de los casos más famosos en los que se utilizó ese recurso es el de Arístides el Justo, de quien se cuenta que cuando iba a celebrarse la asamblea en la que sería condenado, un campesino le solicitó que escribiera por él el nombre del elegido, él mismo, porque, alegó, “no lo soporto, todo el mundo dice que es el más justo”. Arístides, sin preguntar más, escribió su propio nombre en la tablilla y se la entregó al campesino.

Sus compañeros del Tribunal Supremo quizás ya no soportaban más que el juez más conocido, “el más justo”, fuera Baltasar Garzón, cuando la mayoría de ellos son desconocidos por completo para la opinión pública nacional e internacional y, como ya no existe el ostracismo, han tomado en consideración hechos que en otros casos no han sido motivo de sanción para alejarlo de la carrera judicial. El absurdo podría haber sido aún mayor, porque al dejar de ser juez, debería ser juzgado ante otro tribunal, al ya no estar aforado, por actuaciones que había llevado a cabo siendo juez, con lo que se encontraría como el gato de Schrödinger, siendo y no siendo a la vez juez. Quizás por casualidad (una vez más, del mismo modo que fue un capricho del destino que se le abrieran tres procesos de forma casi simultánea en cuestión de días) en cuanto ha sido condenado por prevaricación se ha archivado el juicio en que se habría producido esa extraña situación, aunque podamos hablar, de todos modos, de la “paradoja de Garzón”:  siendo el “juez” más famoso de la historia de España ya no es juez y su condena no demuestra la imparcialidad de los Tribunales ante los miembros de la judicatura, sino que en nuestro país, en ese “Estado democrático de Derecho” (tan alejado de los regímenes totalitarios, según afirma la sentencia) sigue presente lo que Alejandro Nieto llamó  el “desgobierno judicial”.

El profesor, antes de acostarse, empezó a ver el documental Escuchando al juez Garzón, en el que se exponen sus razones, se cuenta su “historia” en diálogo con Manuel Rivas y tal vez tampoco es casual que se haya escogido un narrador, porque el “juez Garzón” ya se ha convertido en un personaje de ficción y lo que el Tribunal Supremo considera “probado” es que su preocupación por salvaguardar los derechos de defensa de los acusados en el caso de los escuchas no ha quedado suficientemente “acreditada”, no es del todo “verosímil” que los haya querido proteger. Con todo, los juzgadores hubieran debido percatarse de que el mundo de lo “verosímil” es el mundo de la “ficción”, de la “novela” y el mundo del Derecho, la “historia” que nos relatan las sentencias judiciales, no debe moverse en ese ámbito, sino en el de “lo real” y ahí, como bien se sabe, en la duda hay que decidir a favor del “reo”, sea Agamenón o su porquero, sea Garzón o…

2 Comments
  1. chando says

    Es una canallada lo que lehan hecho a GARZON locojan como lo cojan.

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