La Celestina y los amores imposibles

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Soledad Puértolas *

Cuando, tal como me había comprometido, me enfrenté a la tarea de verter La Celestina al español moderno, tuve que hacer acopio de ánimos. Había dicho que sí demasiado rápido. Supongo que era medio consciente de que, si me lo pensaba, si cobrara conciencia de la ingente tarea que eso significaba, habría tratado de esquivar el reto.

El caso fue que, de una forma que solo puedo calificar de mágica, mis dudas y miedos se vieron holgadamente superados por el entusiasmo casi febril que me invadió en cuanto me puse manos a la obra. El mundo de La Celestina es tan rico e intenso que no puedo extrañarme de que se apoderara de mí.

La primera y esencial cuestión a la que tuve que enfrentarme es la del amor imposible. ¿Por qué el amor entre Calisto y Melibea es un amor prohibido?, ¿qué impide que los jóvenes se casen y disfruten de él durante toda su vida?

Ciertamente, es mucho lo que dicen los personajes, pero es mucho, también, lo que callan y lo que se calla el autor, Fernando de Rojas. Este silencio es parte esencial del drama. La imposibilidad de los amores entre Calisto y Melibea es el punto de partida. Queda definido desde el primer acto de la comedia, desde la primera escena, desde el primer parlamento de Melibea. Allí se nos da, sin rodeos, la clave. Estas son las palabras de la dama: “Te voy a pagar como tu loco atrevimiento y la intención de tus palabras se merecen. Provienen de un hombre lleno de ingenio y pretenden hacer perder la virtud de una mujer como yo. ¡Vete de aquí! ¡No puedo tolerar que mi persona sea la causa que haga brotar la semilla de un amor ilícito en un corazón humano!”

Para Melibea está perfectamente claro. Sabe desde el primer momento lo que pretende Calisto. La obra no trata de este engaño, sino de otros. Los protagonistas de la historia saben muy bien dónde se meten. ¿Cómo es que Melibea ha llegado tan pronto –¡inmediatamente!– a una conclusión así? Volvemos a leer las palabras de Calisto. Dios está en ellas desde la primera línea. Así es como empieza la comedia: “En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios”. Luego lo explica: la belleza de Melibea es tal que Calisto no puede sino asombrarse. Pero, en lugar de alabar a Dios por su obra, se adentra por un terreno pantanoso: se considera más honrado que los mismos santos que “gozan de la visión divina”, se lamenta (con previsión) de la proximidad de la ausencia de su amada, y vuelve a proclamar la superioridad de su felicidad, que valora más que la gloria de los santos. Melibea no lo pone en duda: Son las palabras de un hombre tan sobrado de osadía como de ingenio. Un hereje, un hombre dispuesto a perderla.

Esto es, entonces, lo que queda establecido desde el principio: el amor entre Calisto y Melibea es ilícito. En otras palabras: es un amor imposible. ¿Puede un lector de hoy comprender la idea de amor imposible? Evidentemente, aunque las cosas hayan cambiado mucho, aún existen los amores imposibles. Pero lo fundamental es que el lector sabe que la obra que tiene en las manos fue publicada en la España del siglo XVI, cuya sociedad refleja. Y, aunque existan muchos silencios en la obra, se nos dan, también, suficientes señales para que el lector comprenda que se trataba de una sociedad llena de prejuicios, estamentos y categorías, no sólo sociales, sino religiosas. En aquel momento histórico, convivían judíos, moros y cristianos, y cada grupo se regía por sus propias normas. El lector sabe que en esa sociedad -como, sin duda, en otras que no conoce de primera mano, pero de las que oye hablar en los noticieros- podían darse los amores imposibles.

Este es sin duda una de los grandes logros de la obra. Edificar la trama sobre el acuerdo implícito del amor imposible entre Calisto y Melibea. Una vez que el lector acepta esta imposibilidad, empieza la posibilidad de la tragedia. Y el lector se entrega a ella, porque la urdimbre que se va creando acto tras acto, escena tras escena, tiene una fuerza colosal. Nunca se nos dan las razones de ese amor imposible y nunca nos las preguntamos. Somos perfectamente conscientes de que, sea por lo que fuere, este es un amor imposible. Las razones de la literatura son las que cuentan.

(*) Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) es escritora y académica de la RAE. Premio Planeta (1989) por Queda la noche y Premio Anagrama de ensayo (1993) por La vida oculta. Su última obra publicada es el libro de relatos Compañeras de viaje (Anagrama, 2010).
1 Comment
  1. celine says

    La de Celestina fue una lectura obligatoria del instituto a la que no he vuelto; pero después de este articulo tan invitador, la reeleré en cuanto tenga ocasión. Gracias por ello. Una lectora.

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