La Constitución de 1812: Una perspectiva actual

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Germán Gómez Orfanel

La  Constitución de Cádiz es historia, pero forma parte de nuestra tradición modernizadora y sigue ofreciéndonos enseñanzas y suscitando nuestra reflexión.

La magia de los números y la cultura cronológica  transforma todo ello en acontecimiento, sobre todo cuando se celebra el segundo centenario de su publicación  el día de San José de 1812, lo que determinaría su apodo de  La Pepa, pues, por si no se sabe, Pepe viene de considerar a San José, padre putativo (p.p.) o presunto de Jesucristo. Además conviene recordar  que nuestra Constitución actual sancionada por el Rey el 27 de diciembre de 1978, podría haber sido publicada en el Boletín Oficial del Estado del 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes. Parece ser que se temió que tras cuarenta años de régimen anticonstitucional, la Constitución fuese considerada como una inocentada, o que pasara a llamarse La Inocencia, vaya usted a saber. El caso es que se retrasó  un día , hasta el 29 su publicación, ¡cosas de la transición!

Del contenido de la Constitución de Cádiz, se puede extraer una varíadísima gama de interpretaciones, consecuencias o asociaciones de actualidad, como acaba de hacer el vigente Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy  presentando sus reformas y sobre todo la laboral, como un desafío al Antiguo Régimen y su inmovilismo encarnado ahora en el PSOE y el anterior Gobierno.

Puestos así, podemos reflexionar también sobre alguna de las aportaciones más relevantes de la Constitución de 1812.

Nación y soberanía nacional. (Artículos 1-3). Los constituyentes gaditanos afirmaron, en una Europa en guerra con Napoleón, que la nación no era cosa distinta del conjunto de los ciudadanos españoles y que era  libre, independiente y soberana y éstos podían determinar su destino político. A pesar de que la Constitución se presenta como una puesta al día de las antiguas Leyes Fundamentales de los reinos de España, cabe partir de cero, la ruptura es posible, la nación  tiene la exclusiva de establecer sus leyes fundamentales, tiene el Poder Constituyente, es más, en el proyecto de Constitución se añadía, aunque luego desapareció, que podría “adoptar la forma de gobierno que más le convenga.” Curiosa contraposición con la situación actual en la que por suerte o por desgracia, nuestra soberanía se encuentra relativizada, dependemos de la Unión Europea, de los mercados, del capitalismo financiero supranacional, de la globalización…

Por otro lado tanto ayer como hoy, la monarquía, la moderada hereditaria ( artículo 14) de Cádiz, o la parlamentaria actual, no son algo necesario, consustancial a la nación española, no están excluidas de la reforma constitucional, más o menos rígida.

La felicidad y el bienestar de los españoles como objeto del Gobierno (Artículo 13). Difícil tarea en una época de intensa crisis, en la que se pretende cuestionar y mutilar el Estado social y se rompen los equilibrios y pactos laborales entre trabajadores y empresarios, favoreciendo a éstos, apelando a la productividad y a la hipotética creación de empleo.

División de poderes (artículos 15-17). Cada vez más se configura un Poder único, del Partido Popular que domina el Gobierno, el Parlamento, casi todas las Comunidades Autónomas y principales municipios, y no tardará en hacerlo en relación con el Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Supremo y Tribunal Constitucional. La concentración del poder es un peligro para la libertad, y su único límite sería el reconocimiento de los Derechos Fundamentales, en cuanto garantías a prueba de mayorías.

Liberalismo político y económico. Al final del Discurso Preliminar que acompañó al Proyecto de Constitución de Cádiz, se aludía expresamente a ésta como Constitución liberal. La soberanía nacional, el mandato representativo, la distinción entre poderes, la igualdad ante la ley, el reconocimiento de derechos, el sentido de lo público y también la libertad de comercio, industria y trabajo reconocidas en los Decretos de las Cortes de Cádiz de 1813, pueden quedar desplazados por un neoliberalismo radical, que ampute la capacidad de racionalidad y transformación del Estado, y al servicio de una Sociedad Mercantil, que no civil, convierta  a la mayoría, parodiando  el título de la ópera de Juan Crisóstomo de Arriaga, en una suerte de aparentes “esclavos felices”, temerosos y alejados de toda esperanza cercana.

1 Comment
  1. susanamartinberrocal says

    Al leer el sugerente e irónico artículo de Orfanel, tengo la intuición de que vamos para atrás como los cangrejos, porque las libertades y garantías constitucionales de «La Pepa» nos pillan lejos ¡Me voy a dar un voltio para que se me pase el cabreo!

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