'Antagonía' de Luis Goytisolo y la anti-postliteratura (I)

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Darío Villanueva *

El comienzo del año nos ha deparado un verdadero acontecimiento literario y una noticia interesante, aunque de rango más modesto, que no me resisto a relacionar entre sí.

El acontecimiento es la primera edición por junto de Antagonía (Anagrama, Barcelona, 2012), una de las grandes novelas de la literatura española del siglo XX que Luis Goytisolo fue publicando entre 1973 y 1981 a modo de una tetralogía compuesta por Recuento, Los verdes de mayo hasta el mar, La cólera de Aquiles y Teoría del conocimiento. Mas, como explica Ignacio Echevarría en su prólogo, se trata de una obra unitaria cuyas 1.150 páginas parecen no asustar hoy por hoy a editores, público y libreros, acostumbrados a prolijos best-sellers de no menor extensión, tantas veces dedicados a narrar una secuela de crímenes medievales cometidos en una catedral o una biblioteca. El objetivo de Luis Goytisolo era –y es– muy otro. Como escribe su prologuista, “treinta años después de concluida, Antagonía conserva intacta no sólo su carga literaria, sino su capacidad de interpretar al sistema entero de la narrativa en lengua castellana, moviéndolo a una reconsideración de sus propias premisas”.

Esto último es lo que acaba de abordar, por su parte, la revista tinerfeña Página, dirigida por Domingo Luis Hernández. Pastoreados por Santos Sanz Villanueva, uno de los más destacados estudiosos de la narrativa española contemporánea, una treintena de escritores, críticos y académicos nos afanamos allí en reflexionar acerca de la “Nueva novela española”, entendiendo por tal la publicada ya en nuevo milenio. Antagonía viene del anterior, pero aparece ahora presentada por primera vez como el magnum opus que sin duda es; la verdadera literatura es un orden de simultaneidades absolutas, y para ella no existen fronteras temporales, espaciales o, incluso, lingüísticas. Precisamente a la luz de mi aportación al número doble de Página quisiera comentar la publicación, en marzo de 2011, de Antagonía.

Julien Gracq, en su panfleto La littérature à l’estomac advertía, ya en 1950, de algo que no ha hecho sino incrementarse en los últimos sesenta años: lo que él calificaba de “el drama del libro anual” para no prescribir, pues “al escritor francés le parece que él existe no tanto porque lo lean cuanto porque ‘hablen de él’”.

Si sumamos los resultados de la actividad pre, sub, para o postliteraria de escribidores como los que Gracq desenmascara y la que también pueden ejercer aquellos otros que, como denunciaba el poeta e ingeniero mexicano Gabriel Zaid, escriben sin haber leído nunca, nos sobreviene la avalancha de una que bien podríamos denominar “letteratura debole”, remedando la expresión de Gianni Vattimo referida al pensamiento. Es lo que yo prefiero llamar postliteratura.

Recuerdo, a este respecto, una página de los Nuevos Cuadernos de la Romana, que Gonzalo Torrente Ballester publicó en 1976 cuando Luis Goytisolo estaba ya inmerso en la creación y publicación por entregas de Antagonía: “Me ha llegado una novela nueva (…) la he leído, finalmente, porque me lo propuse como obligación, pero sin el menor placer, sin la más mínima satisfacción intelectual (…) No es una novela, tampoco es una obra de arte. Se queda en espécimen de lo que se hace cuando no se sabe qué hacer”.

Aunque el autor de La saga/fuga de J. B. no nos da más datos al respecto, por el contexto de la época y otras páginas de sus cuadernos podemos suponer que se trataba de una novela de las llamadas experimentales que llevaron a la narrativa española del momento a un callejón sin salida de índole opuesta a la vulgaridad artística del realismo social tres lustros anterior. Y sin la más mínima intención de compararme con el maestro, permítaseme que cuente una situación parecida en la que participé en marzo de 2008 como resignado lector de un original inédito.

Entonces me llegó también a mí una novela nueva, que leí porque me lo propuse por compromiso de amistad, pero asimismo sin el menor placer, sin la más mínima satisfacción intelectual. Su tema, tan manido como la guerra civil española. Tanto como la fórmula del “manuscrito encontrado” a la que se recurría para justificar su fenomenicidad, su existencia como texto. Manuscrito de un diario, al que acompaña una intriga que no llega a ser todo lo intensa que debiera, sobre todo porque el acceso a lo que busca el protagonista le resulta demasiado fácil. Todo transcurre por sus pasos, con negociaciones breves, de guante blanco, que a veces rozan la inverosimilitud. Se aprovecha, por lo demás, algo consustancial a uno de los esquemas antropológicos que la novela de todos los tiempos ha explotado más: la aventura del héroe, que ha de vencer una serie de inconvenientes, previsibles unos, peregrinos o insólitos los más.

Era un relato que adolecía de falta de tensión, no solo en cuanto a la trama o historia sino, sobre todo, desde el punto de vista estilístico. La narración y la descripción incurrían frecuentemente en banalidades, despilfarraban palabras o párrafos enteros en proporcionar una información irrelevante: desplazamientos comunes de los personajes, acciones rutinarias, menús convencionales, etc. La palabra en la novela es instrumental, ciertamente, sobre todo si la comparamos con la esencialidad de la lengua poética. Pero de ahí a no aprovecharla para insuflarle cierta creatividad, imaginación o, incluso, lirismo hay un largo trecho.

En el original que yo tuve pacientemente que leer, y que pese a mi lectura poco favorable el autor publicó al año siguiente, los protagonistas no evolucionan en sus relaciones interpersonales, sino que es por lo general el propio narrador el que nos advierte a propósito de una transición que no nos ha descrito lo suficiente. Porque a diferencia de lo que pasa con otras novelas, a las que les sobran páginas, en esta ocurre lo contrario: todo sucede demasiado rápido y en ello hay un punto de inverosimilitud. Aparte de que  los personajes no están suficientemente caracterizados mediante la descripción y la narración en tercera persona.

Y qué decir de la flaqueza del estilo. Cierto que la viveza, eficacia y credibilidad de los diálogos es algo muy difícil de lograr. En lo que las criaturas del escribidor que no nombro dicen hay no poca sentenciosidad. La prosa es correcta pero cuando se trata del diálogo no dibuja suficientemente a cada personaje en su singularidad diferenciada por edad, sexo, carácter o intenciones.

Muchos extensos best sellers  como los del malogrado Stieg Larsson se caracterizan por una paradójica desliteraturización de la literatura. Por su no-estilo, como si una prosa con autoconciencia de sus virtualidades poéticas pudiese convertirse en la gran enemiga de lo que se pretende contar. Exactamente lo contrario de lo que, por ejemplo,  los lectores de Azorín -autor al que un riguroso coetáneo de Luis Goytisolo, Mario Vargas Llosa, dedicó su discurso de ingreso en la RAE- encontramos en sus novelas, donde quizá no sucedan muchas peripecias –acaso ninguna–, pero en las que la lengua luce por sí misma en toda su expresividad.

Amén de la flojedad de algunos escritores, otra amenaza para el futuro de la novela como literatura bien podría ser la tiranía del público, con frecuencia inducido por una poderosa máquina publicitaria. Decía el apocalíptico discípulo de Marshall McLuhan Neil Postman que de igual modo a cómo los políticos toman decisiones no por su criterio sino por la presión de las encuestas, la literatura popular depende hoy más que nunca de los deseos del público, no de la creatividad del escritor. El resultado es una poderosa mediación indeseable de la que resulta la llamada “literatura portátil”, la literatura de usar y tirar. Es la literatura como bluff, como timo o como engaño que denunciaba Julian Gracq, una “littérature au culot” o “à l’esbroufe”.

En mi artículo de Página asumí el riesgo de ponerme estupendo y hablar del Tiempo, así con mayúsculas. El Tiempo como decantación y perdurabilidad, y por lo tanto agente configurador del canon. El tiempo que tiene que ver tanto con el soporte como con la forma de los mensajes literarios. La oralidad significaba fluencia, flexibilidad y apertura. Fiaba la pervivencia del discurso a la memoria del aedo o del histrión y de sus públicos, generación tras generación. La escritura incrementó la estabilidad de la forma textual y, por ende, su perdurabilidad, lo que pudo redundar en cierto acartonamiento y la posibilidad de la errata o del misreading. Gutenberg significó la proyección ecuménica y la democratización de la escritura y la lectura, así como abrió la caja de Pandora de la mediación económica e industrial de la creación. Y de nuevo ahora, entre la Galaxia McLuhan y la Galaxia Internet, resurge la flexibilidad, la labilidad, la apertura hipertextual o, incluso, la interactividad que pone en solfa el concepto tradicional de autoría. En esto último, así como también en la proliferación de los demasiados libros y en la dimensión temporal precaria de lo efímero –la literatura de usar y tirar– podrían acaso encontrarse otros tantos argumentos para aquella muerte de la Literatura que proclamaba Alvin Kernan en 1990.

Lo que está en juego es algo fundamental: la pervivencia de la literatura como lenguaje más allá de las restricciones del espacio y el calendario; como la palabra esencial en el tiempo que conjuraba el poeta Antonio Machado. Esta dimensión de perpetuidad era inherente a lo literario porque conforma la propia textura del discurso, su literariedad, al programarlo, condensarlo y trabarlo como un mensaje intangible, enunciado fuera de situación pero abierto a que cualquier lector en cualquier época proyecte sobre el texto la suya propia, y lo asuma como revelación de su propio yo. En vez de palabra esencial en el tiempo, ahora ¿palabra banal al momento? Una escritura concebida desde la aceptación de su caducidad por parte de su creador, toda escritura “fungible” dejaría, así, inmediatamente de ser literaria, para convertirse en algo completamente diferente, en pasto de una cultura del ocio servida por una poderosa máquina industrial.

La publicación por junto de Antagonía, mil cien páginas de literatura en estado puro capaces de hacer temblar los cimientos del más verboso de los best-sellers, pude servirnos de aviso y sursum corda para que los lectores no desmayemos pensando que ya está todo perdido y que ha llegado definitivamente, para nunca irse, el reinado de la postliteratura. .

(*) Darío Villanueva es secretario de la Real Academia Española.
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