La imagen de España

Sabemos por la historia que la imagen de España se resiente habitualmente en los momentos de crisis. Cuando ésta coyuntura alcanza el punto de no retorno de la guerra, España, como país, se vuelve una curiosidad irresistible, un objeto de deseo que enciende la avidez mórbida de las miradas del resto de los europeos (a partir del siglo XIX, de los norteamericanos también) y, dependiendo de equilibrios y hegemonías internacionales, de su desprecio, odio, temor o solidaridad apasionadas. Lo que parece más infrecuente o raro es que lo que ocurra en la península Ibérica toda deje indiferente a la llamada comunidad internacional. Por no remontarnos mucho más, así ocurrió en la guerra de Sucesión (1714), en la de la Independencia (1808), en las guerras civiles con que envenenó todo el siglo XIX la carlistada, aquellos bisabuelos ultramontanos, que, como criatura contrahecha, darían paso a finales de aquel siglo al vizcaitarrismo  y actual nacionalismo vasco; en la Guerra Civil del siglo XX, en fin, con su largo apéndice estrambótico y ominoso del franquismo, que no dejó de proclamar con regodeo triunfal la apuesta castiza de su victoria: Spain is different.

Parece evidente que la imagen de España a lo largo de los siglos se ha ido conformando gracias a dos factores fundamentales: la opinión más o menos estereotipada de los viajeros extranjeros y la abominación derrotista que de su propio país hacen tantos españoles, bajo una especie de ansiedad depresiva con respecto a su propia historia, lengua y cultura. Aquella observación que ya hizo, nada menos que en el siglo XVI, Ambrosio de Morales: “Ese extraño hastío que los españoles sienten por sus cosas propias”. Todo ello, esto parece también evidente, en un escenario y decorado de devenir histórico donde ha primado la sinrazón. Tampoco esto es nuevo, ni reciente. Habrá que recordar, para ir centrando la argumentación, la temprana y agudísima observación que a mediados del siglo XV hizo el humanista castellano Alonso de Palencia: “España es una provincia que no se da a la compostura de razonar”. Y don Américo Castro, ya muy entrada su propia vida, tuvo que volver obsesivamente sobre “la España que aún no conocía” para llegar a una lúcida y tremenda conclusión, la rencilla interminable entre los habitantes y pueblos de España se halla, en efecto, en la antítesis de la razón, en lo que el denominará “el odiamiento”: “La presencia del odiamiento -escribió- se patentiza cuando el odiante ha cerrado su mente ante hechos y documentos que invalidan lo que su rencor hace apetecible”.

La sinrazón está, en efecto, en la clave del entendimiento de la imagen de España, en el pasado y en la más reciente actualidad. Un fenómeno de opinión transcendente, por fortuna desde hace ya mucho tiempo superado, como la “leyenda negra”, no se explica sin la crítica furibunda que holandeses e ingleses, primero, y luego italianos y franceses, después, hicieron de la sinrazón (cierta) del fanatismo católico español que, desde Felipe II en adelante, separó a España de los caminos de la ciencia y la modernidad, conformando un país aislado, decadente y miserablemente ensimismado, frente a las inevitables luces y la razón ilustradas, que ya no llegarían nunca a España de manera normalizada (ni de ninguna manera, habría que subrayar). Del mismo modo, dando un salto a nuestra mismísima actualidad, los “países de nuestro entorno” no se explican la sinrazón empecinada actual del mantenimiento y aumento de la “España autonómica”, no obstante el embate temible de la mayor crisis económica internacional, después de la de 1929. De ahí el ensañamiento de los mercados internacionales hacia nuestro país. Una España autonómica, no sólo aberrante como organización política contemporánea, que ha multiplicado los privilegios de una casta política que brilla por su incompetencia e impunidad, sino que ha generalizado la corrupción y el despilfarro en un país con gravísimas carencias en la producción de riqueza y en la capacidad emprendedora, tanto como en la competitividad imprescindible que genera trabajo y evita la destrucción social del paro. Pero es que, además, este Estado autonómico ha desatado con frivolidad temeraria todos los demonios históricos de división, desunión, insolidaridad y potencial disputa entre los pueblos españoles.

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Y esto tampoco es nuevo, al contrario. Está en el centro de la imagen histórica de España, como lo está el orgullo y la soberbia de los españoles o su desprecio al trabajo y la cultura, y su incuria y negligencia, rasgos en su conjunto que, con la crisis general que padecemos, vuelven a resucitar ahora mismo un mensaje actualizado: España en un país débil, con graves divisiones intestinas, del que uno no puede ni debe fiarse. El desencuentro de los pueblos españoles, como factor de riesgo, está abrumadoramente anotado en casi todas las relaciones de nuestros mejores “curiosos impertinentes”. El historiador Guicciardini, que vino a España como embajador cerca de Fernando el Católico en 1512, no tuvo ninguna duda en apuntar enseguida la razón de los males de estos reinos: “Quizá sea la causa de ello su discordia natural”. Pero cuando la verdadera imagen histórica de España empieza a consolidarse, a principios del siglo XVII, las observaciones adquieren un calibre grueso: “Hermosas mujeres, sucio país, cuerpo grandemente desunido de miembros, tardísimo de impulso”, escribió Alejandro Tassoni en sus Filípicas. En los mismos años, un cortesano francés soberbio y ácido, observó después de su estancia en Castilla cómo el colmo de la división de los españoles la encontraba en los propios castellanos. “porque los de Castilla la Vieja se prefieren a los castellanos nuevos”. Pero no tuvo ningún problema para sintetizar con acritud el problema de todos los españoles: “Entre ellos, los españoles se devoran, prefiriendo cada uno su provincia a la de su compañero y, haciendo por deseo extremado de singularidad muchas más diferencias de naciones que nosotros en Francia, picándose por este asunto los unos de los otros y reprochándose el aragonés, el valenciano, catalán, vizcaíno, gallego, portugués, los vicios y desgracias de sus provincias; es su conversación ordinaria. Y si aparece un castellano entre ellos, vedles ya de acuerdo para lanzarse todos juntos sobre él, como dogos cuando ven al lobo”.

Esta muestra se repite en parecidos o más duros términos en las relaciones de los viajeros ilustrados, en los románticos, en los más cercanos del siglo XX, con una unánime conclusión: los pueblos españoles jamás han consentido sacrificar sus intereses particulares en aras de la nación entera. Richard Ford, seguramente el más penetrante de todos ellos, lo dejó escrito en una frase impresionante. “España es hoy, como siempre ha sido, un conjunto de cuerpos sostenidos por una cuerda de arena y, como carece de unión, tampoco tiene fuerza y ha sido vencida en grupos sueltos”. Un aviso para navegantes, ahora que los tópicos sobre lo hispánico menudean de nuevo en el apartado de las “dyings nations” (las naciones moribundas de Lord Salisbury), de los neonatos PIGS, los nuevos enfermos de Europa. En el hundimiento generalizado que padecemos, no sé si servirá de algo advertir sobre lo que me parece ya una regla: la imagen deformada de España arrecia cuanto más se aleja de la normalidad europea. Mientras, entre nosotros, los Borbones, borbonean.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.