Devaluémonos todos

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Isaac Rosa *

Como estamos en temporada de rebajas, los precios se reescriben en las etiquetas. Donde antes decía mileurista, se tacha y se pone el nuevo sueldo: 800 euros, aunque en cualquier momento vuelven a reescribirlo, siempre a la baja. Donde antes decía indemnización de 45 días por año trabajado, lo rebajamos a 33 días, si bien el cartel del escaparate avisa de un ofertón de 20 días por año, barato, barato, que ya podían dejar en 19,99 para hacerlo más atractivo. Donde antes se leía sanidad universal, le hacemos unos cuantos tachones para eliminar inmigrantes y varias prestaciones, e incluir el copago (repago, o requetepago) de medicamentos. Un poco más allá, al fondo del almacén, la etiqueta que decía televisión pública plural, la arrancamos y colocamos la que tenía antes, por amarillenta que esté.

Eso sí: igual que en los comercios finos de la calle Serrano buscan eufemismos para no decir “rebajas” (que suena a populacho; es más elegante decir “ventas especiales”), también los economistas y gobernantes tienen su propio término para los saldos: devaluación interna. O devaluación competitiva, si prefieren.

La teoría ya nos la sabemos: en momentos de crisis, al no contar con moneda propia que devaluar, no nos queda otro remedio que recurrir a la devaluación interna, para así ser más competitivos, que las empresas puedan competir en mejores condiciones en el mercado internacional, y recuperar la actividad económica. Llevamos varios años oyendo hablar de la necesidad de tal devaluación, y forma parte de los deberes que el Banco Central Europeo le puso a España en la famosa (y misteriosa) carta que dirigió al presidente Zapatero el pasado agosto.

En principio, la devaluación interna pasa por bajar precios y salarios, aumentar la productividad y reducir costes. Así se lo contó Rajoy a los sindicatos en su reunión de diciembre, donde les enseñó la carta del BCE para pedirles la rebaja de costes laborales, que la reforma laboral ha facilitado más de lo que ya lo hacían la propia crisis y la presión del paro masivo: recordemos que en el último trimestre de 2011 las rentas salariales ya tocaron fondo, y por primera vez en democracia fueron inferiores a las rentas empresariales, acelerando una tendencia de años en que la masa salarial ha ido perdiendo peso en el PIB, pasando del 53% del PIB que a principios de los ochenta suponía la remuneración total de los trabajadores, al 46% actual, y bajando.

Pero puestos a devaluar, hemos decidido que lo devaluamos todo: los salarios, las condiciones laborales, los derechos sociales, pero también los servicios públicos, la sanidad, la educación, la universidad, la ciencia, la solidaridad con los inmigrantes, la cultura, el cine. Una vez uno empieza con las rebajas, ya no hay quien le pare: la devaluación interna del país incluye devaluar los derechos civiles (criminalizando la protesta con el anuncio de un endurecimiento policial y penal), la pluralidad informativa de RTVE, la persecución de los delitos fiscales (mediante una escandalosa amnistía que deja con cara de tontos a los contribuyentes cumplidores), el Estado de las Autonomías (con avisos de posible intervención y de recorte de competencias), y en definitiva la devaluación de la propia democracia, con un gobierno que incumple la palabra dada, gobierna a espaldas del parlamento y de los ciudadanos; y una oposición socialista que tampoco está a la altura de las circunstancias, autodevaluada.

Todo se está devaluando a tal velocidad (incluyan si quieren en el lote la monarquía, que se dispara ella sola al pie; o el periodismo, golpeado por EREs, cierres y consejeros delegados en funciones de sepultureros), que la cosa más que a unas rebajas se parece a una liquidación por cierre de actividad, o si lo prefieren, la reconversión de todo un país que se creía boutique en una tienda de todo a cien.

El resultado, ya lo vamos viendo: un país más pobre, más desigual, menos solidario, menos soberano, con la autoestima nacional por los suelos (es decir, devaluada también). Pero en ningún caso un país más competitivo, sino al contrario: la caída de la demanda y la recesión en que hemos vuelto a entrar supondrán una regresión también en competitividad, a años luz de ese otro modelo económico basado en la innovación, el I+D y esas cosas que un día nos prometieron. Y tampoco un país encaminado hacia la recuperación, sino abocado a una década perdida en el mejor de los casos.

Por ahora, la devaluación parece extenderse también a la protesta ciudadana, de modo que el malestar no genera una contestación proporcional a las agresiones sufridas, para sorpresa de muchos observadores que se maravillan ante la resignación con que los españoles recibimos cada viernes el susto del consejo de ministros. La ofensiva ideológica, el mensaje del “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, ha calado de tal manera, que aunque nos duelan aceptamos las rebajas, con algo de mala conciencia por nuestra mala cabeza de los años de la burbuja. Está claro que no sólo teníamos sueldos por encima de nuestras posibilidades, sino una sanidad, una educación, una ciencia, una televisión pública o una democracia por encima de nuestras posibilidades, de lujo, obscenas, que ahora toca devaluar para vivir como gente sencilla y de bien.

Por ahora el descontento ciudadano está como el país, devaluado. Pero ya veremos cuánto más aguantamos los españoles viendo cómo tachan y reescriben una y otra vez las etiquetas, incluida la que llevamos colgada al cuello.

(*) Isaac Rosa es escritor y columnista.
3 Comments
  1. inteligibilidad says

    Lo siento, este artículo no me ha aportado nada (a pesar de llevar toda la razón del mundo).

  2. Carlos G. says

    Interesante enfoque, este de entender los recortazos que sufrimos como sustitutos de la devaluación monetaria que no podemos hacer, atenazados por el euro.

  3. Mariano Jarote says

    ¿Quién vive por encima de sus posibiidades? ¿Los que vivimos de nuestro trabajo (o lo intentamos), o los que nos parasitan? Si en los últimos 10,20… años la tarta ha crecido, ¿cómo es posible que ahora no haya para lo que había hace 10, 20…años?

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