Esperando a la «troika»

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Francisco Serra

Un profesor de Derecho Constitucional celebró, con unos días de retraso, su cumpleaños en compañía de unos amigos. A uno de ellos, al que hacía tiempo que no veía, le preguntó qué tal le iba y él le respondió, dando cuenta de sus viajes con el IMSERSO, para concluir, tras una pausa: “…pero eso seguro que ya se va acabar y ahora, nada, como todos, esperando a la troika”. El profesor, hace años, tuvo una amiga rusa que le explicó, más allá de la aparente división del poder en la Unión Soviética en varios cargos distintos, que tres era el número ideal de personas para compartir una botella de vodka y, en muchas ocasiones, perfectos desconocidos buscaban, en la calle, indicios de complicidad en otros transeúntes para ponerse de acuerdo, acudir a la licorería más próxima, adquirir el preciado líquido y apurar en apenas unos minutos el contenido del frasco.

Hoy en día una troika es algo muy distinto y representa la temida intervención de los “sobrios” funcionarios del FMI, BCE y Comisión Europea que, cargados de papeles, emprenden viaje para intentar enderezar las cuentas de los Estados en apuros. Hasta ahora nuestro país ha conseguido evitar el rescate, pero las últimas turbulencias económicas y el continuo desmentido del Gobierno (que lleva meses haciendo justo lo contrario de lo que dice) lleva a pensar que la petición de auxilio externo es inminente. Cada viernes los medrosos ciudadanos aguardamos “el parte” con las noticias de las últimas decisiones del Consejo de Ministros, la enésima reforma financiera que en seguida demuestra ser insuficiente, el último recorte en los servicios sociales básicos, la próxima eliminación de derechos conseguidos tras décadas de lucha.

En espera de la llegada de la troika el tiempo parece haberse detenido y los españoles  observan resignados, a semejanza del Presidente,  la inevitable merma de sus condiciones de vida. La actitud fatalista ante los acontecimientos ha venido a convertirse en una de las características de nuestro ser nacional, aunque en ocasiones se la ha calificado como “senequismo” para intentar dotarla de cierta dignidad (tal vez olvidando que el célebre filósofo aguantó estoicamente su condena a muerte y procedió a suicidarse sin lamentos, pero antes había sido preceptor del mismo Nerón, que más tarde le ordenó poner fin a su vida).

Los españoles durante los dos últimos siglos siempre hemos estado aguardando algún acontecimiento extraordinario que nos librara de nuestra situación de extremo desvalimiento: esperando el regreso de Fernando VII (el Deseado), esperando luego su muerte (que en realidad constituyó el inicio de un largo período de guerras civiles), esperando la llegada del caballo de Pavía, esperando la República, esperando la sangrienta contienda, esperando la muerte del dictador, esperando la entrada en Europa, esperando a Rajoy en la larga agonía de la etapa final de Zapatero… Nunca nuestras esperanzas se han visto colmadas y cuando se han producido nuevas circunstancias no han hecho más que incrementar nuestra decepción. El español ha sido hasta ahora un pueblo que espera, pero, como es casi inevitable, el que espera, desespera y nuestro ánimo colectivo está muy próximo ya a la más negra desesperanza.

El profesor también se recordaba a sí mismo en la mayoría de las ocasiones en actitud expectante: ante un examen, un trabajo, unas oposiciones, una llamada de teléfono, una carta que nunca llegaba… En su época de estudiante, como la mayoría de sus compañeros, había participado en quiméricos proyectos de grupos de teatro independiente y, tras la obligada propuesta de montar textos de Brecht o alguna obra menor de Tennesse Williams, por último habían optado por emprender la puesta en escena de Esperando a Godot, pero, era de temer, al profesor, después de muchas discusiones, le asignaron el papel de Godot (que, como bien sabe quien conozca el texto, es el más importante pero tiene “escasa” presencia en la representación). Cuando el profesor leyó a Kavafis, quedó fascinado por un enigmático poema dedicado a la tensa espera de unos bárbaros que finalmente no llegaban. De forma casi obligada, más tarde dedicó largos años a escribir una tesis doctoral sobre un autor cuyo libro más conocido lleva por título El principio esperanza.

Un día, al llegar a casa de su tía abuela, la encontró ataviada con sus mejores galas, sentada en la salita de recibir. “¿Qué haces ahí?”, le preguntó el profesor, algo confuso. “Esperando a la muerte”. Finalmente no llegó ese día, sino varios años más tarde, como ladrón en la noche, y el profesor le cerró con infinito cuidado los ojos cuando aún tenía esa respiración de los que acaban de morir.

El profesor, a estas alturas, estaba ya algo cansado de aguardar una revolución que nunca llegó, la profundización de una democracia que había resultado bastante endeble, el establecimiento de un proyecto colectivo con el que solo podía identificarse con dificultad… y recibió con alborozo la aparición del 15-M, pero el largo proceso a través del que se estaba poniendo en marcha el movimiento se le estaba haciendo largo y, aunque siempre había sido cauto, estaba deseando dejar de esperar y emprender el camino. El problema es que no sabía adonde.

2 Comments
  1. Susana says

    Esperas y esperas. Pero no todo es desesperación, llegan, te colmas, satisfaces el deseo y vuelve la frustración, profesor. Ninguna playa me gusta tras una semana de tomar allí el sol

  2. Don Incómodo says

    O las diferencias sociales se aminoran o no vamos a tener que impulsar la revolución. Tampoco habrá que esperarla mucho. Vendrá por sí sola y acompañada de la historia. Vendrá con ruido y conflcito. Disculpe, Serra, mi mecanicismo «leninista».

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