Una lección de historia

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Leer a Jacob Burckhardt (Basilea, 1818-1897) no es sólo un ejercicio necesario para cualquier aficionado a la historia, no digamos ya para los profesionales, sino un verdadero gozo para el simplemente interesado en la cultura occidental y, desde luego, un placer seguro y continuado para el lector culto y avezado, que ya no podrá dejar de leer cuanto dejó escrito este hombre de exquisita y superior inteligencia. Del paganismo al cristianismo. La época de Constantino el Grande (1853), una de sus primeras grandes obras, hasta las Reflexiones sobre la historia universal (1905), pasando por sus dos libros cimeros, La cultura del Renacimiento en Italia (1860) y la Historia de la cultura griega (1898-1902), por citar lo más granado de su trabajo, Burckhardt es un modelo perenne, clásico y actualísimo a la vez, para aquellos que busquen en el estudio del pasado la iluminación precisa, sugestiva, del conocimiento y la belleza que desprende la mejor lectura. Burckhardt es siempre una apuesta segura para toda clase de lectores inteligentes, que fueron los que él persiguió explícitamente, con desdén no disimulado de los académicos, aunque, al final, como él también pretendió, fue venerado hasta por los especialistas. Su secreto: una espléndida graduación y establecimiento de las perspectivas en el tiempo, la comparación del desarrollo de los grandes procesos históricos, el estudio escogido y minucioso de la transición entre las épocas clave de la historia. Todo ello expresado con una escritura narrativa, bellamente formal, rica, que inquiere y analiza agudamente. Y, desde luego, con un punto de partida que antepone una visión exenta de los prejuicios de su propio tiempo, no condicionada por intereses ideológicos o del presente. La atracción que sobre el lector contemporáneo sigue ejerciendo Burckhardt nos hace detener seriamente en su concepción y método de la historia cultural. Tal es la frescura y vigencia de su obra que, en verdad, sigue desafiando al tiempo.

A principios del pasado mes de marzo, como un nuevo regalo, llegaba a las librerías la edición española (traducida del inglés) de una de sus obras menos conocidas, pero en modo alguno menos importantes: Juicios sobre la historia y los historiadores (Buenos Aires-Madrid, Liberty Fund y Katz Editores, 2011), un conjunto de apuntes y síntesis de las clases dadas en la universidad  de Basilea entre 1865 y 1885 que, desde la Antigüedad hasta el siglo xix,  plasman un panorama histórico en que los aspectos fundamentales de cada una de las épocas brillan tanto como la explicación de su engranaje. Se trata de una sabia lección de historia, cuya lectura mantiene un interés regular durante toda su extensión, aunque se repare más concretamente en el largo capítulo dedicado a los siglos modernos (“La historia desde 1450 hasta 1598”) y muy particularmente en las largas y magníficas páginas que dedica a la Reforma, fenómeno en que Burckhardt examina el momento preciso en que el Estado se hace con el poder de la Iglesia y alcanza así, en adelante, un poderío omnipotente. Es una de sus observaciones más importantes, pero no la única, y todas ellas pueden rastrearse a lo largo de las páginas de esta obra imprescindible. Entre otras, que la negación, olvido o desconocimiento del pasado es una forma de barbarie; que la confusión en la historia puede despejarse sometiendo a comparación los diferentes periodos del pasado entre sí y con el presente; que no estamos calificados para hacer un juicio absoluto sobre el pasado, pues interfiere en nuestra apreciación la idea de un bienestar material continuado; que no todo es producto de la necesidad en la historia, pues “muchas cosas ocurren por azar o por un error personal”; y que, como los hombres disfrutan imponiendo su voluntad a sus semejantes, conviene desterrar de la investigación histórica el concepto de “felicidad”.

Como muy oportunamente observa Alberto R. Coll, autor del prefacio de esta obra, Burckhardt (como Tocqueville, con quien compartió una genial capacidad anticipatoria en sus análisis, verdaderamente proféticos), no tenía problema alguno con la defensa de la igualdad ante la ley, pero desconfiaba frontalmente de las democracias populares y el igualitarismo, de los que pensaba que, en unión con una idea aberrante de progreso económico, el consumismo inherente, así como la implacable imposición del uniformismo de los poderosos estados y su militarismo, entre los factores más importantes, devolverían a Occidente a un estado de barbarie, donde la libertad y la belleza sucumbirían estrepitosa y groseramente. Porque para Burckhardt la idea de Europa no sólo se había configurado en torno “al poder, los ídolos y el dinero, sino también el espíritu” que era lo que la diferenciaba de otras civilizaciones y permitía el desarrollo pleno de los individuos, capaces de darle a la comunidad los mayores y mejores servicios. Esa libertad del espíritu, que había llevado al continente europeo a sus más grandes realizaciones artísticas, culturales y políticas era de nuevo, a la luz de sus lucidísimos análisis de la sociedad industrial decimonónica, lo que estaba seriamente amenazado y quizá en trance de extinción: “Sólo una cosa siempre ha parecido ser letal para Europa: el aplastante poder mecánico, ya fuera que emanara de un pueblo de conquistadores bárbaros o de una acumulación de instrumentos de poder locales al servicio de un único Estado (la ambición de Luis XIV) o de una única tendencia niveladora, ya sea política, religiosa o social, como la de los partidos de masas actuales”.

En la diversidad compartida y preservada por una idea de libertad firmemente asentada en valores de sobriedad y autocontrol, y no sometida a ninguna concepción despótica, estaría el quid de la supervivencia de Europa, seriamente amenazada ya en su siglo por la especulación económica y financiera y la ganancia de acciones y valores, que convertían al dinero en “la medida de todas las cosas”, degradando a la sociedad hasta hacer de los asuntos mundanos el zafio objetivo que desplazaría a las obras del espíritu; pues, en efecto, lo propiamente europeo para Burckhardt es “la manifestación colectiva o individual de todas las facultades, a través de monumentos, obras de arte, palabras, instituciones y partidos; es la plenitud de la vida intelectual y moral, en todos los aspectos y en todas las direcciones; es la ambición que siente el espíritu de dejar testimonio de todo lo que hay en él, y de no someterse en silencio a las monarquías universales y a teocracias tales como las de Oriente”.

Lo que Burckhardt se preguntaba, a la luz de sus estudios históricos en pleno siglo XIX, es si el futuro de las sociedades europeas industrializadas serían capaces de mantener la cultura del espíritu frente a la imposición de un disfrute material generalizado, que haría de la competencia, de las prisas, la velocidad, el enriquecimiento y  el furor del dinero un estado generalizado de engaño e impostura. Su pesimismo evidente estaba más bien convencido de lo último. En ello estamos.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.
3 Comments
  1. perniculás says

    Como siempre, un placer leerte

  2. celine says

    Su articulo me anima a hacerme adicta a Burckhardt a la mayor brevedad posible. Gracias.

  3. Patronio says

    Igualito, igualito que el marqués de Leguineche.

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