¿A qué viene tanta euforia?

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La última Cumbre Europea celebrada en Bruselas los pasados días 28 y 29 de junio, y tras horas de agrio debate, se ha saldado con unos acuerdos que los mercados financieros han interpretado en clave muy favorable, pero que su análisis riguroso no permite serlo tanto.

El primer aspecto clave que hay que destacar es que la UE navega por derroteros de bloques enfrentados, sin visos de poder completar la Unión Política que se empeñan en vender los/las diferentes líderes europeos. De hecho, se está generando claramente un serio problema de juegos no cooperativos, formándose coaliciones espurias que buscan obtener rendimientos individuales a corto plazo, sin que en ningún momento se busque maximizar el bien común. En este sentido, en un modelo líder-seguidor, Alemania trata de imponer la política monetaria ultra ortodoxa, que emana de la filosofía del Bundesbank de los años 20, y cuyo único objetivo es mantener la inflación controlada, lo que implica un objetivo de crecimiento muy bajo, basado esencialmente en la productividad del factor trabajo y la exportación. Las herramientas son una continua devaluación del coste del factor trabajo, ante la ausencia de política cambiaria, una política crediticia procíclica y un control de la oferta monetaria que facilite estos objetivos. Todo esto bajo el estricto control de las finanzas públicas y la renuncia absoluta a compartir el riesgo moral que supondría la mutualización de la deuda soberana y también del riesgo bancario.

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La imposición de este catálogo, junto a una pésima práctica financiera y política por parte de algunos países del Sur, especialmente España, Grecia, Portugal, junto a Italia, e Irlanda, ha llevado a los mercados de deuda, tanto pública, como privada, a estar prácticamente en quiebra. El proceso muy acusado de recesión de balances en estos países en presencia de una contracción económica muy acusada, que ha llevado a sus activos a estar prácticamente a merced de los especuladores, ha obligado a estos países a pagar tasas de interés de financiación tan elevadas que la retroalimentación de la deuda pública, a partir de la privada, ha posibilitado que estas economías estén muy cerca de la suspensión de pagos por parte de sus Estados.

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Con esta coyuntura, la UE ha estado durante semanas y meses sin tener una hoja de ruta clara, y siguen sin tenerla, con una lucha política intestina, tras las elecciones francesas y griegas, pero cuyo desenlace no ha deparado ninguna luz que permita encauzar un cambio drástico y estructural que relance a la UE hacia la plena gobernanza y especialmente hacia la instauración de un modelo de banco central que recupere la capacidad de crear la oferta monetaria. Precisamente la privatización de la oferta monetaria y el monopolio de financiación de los Estados por parte de la banca privada está detrás de parte de los problemas que asolan a los distintos países, y también explica los de los inversores, puesto que la ratio de deuda pública española e italiana seguirá creciendo, lo que unido a la situación de severa recesión en la que están inmersas estas economías, el nivel de riesgo continuará su escalada, tras la relajación transitoria. Esto corroboraría el escaso entusiasmo demostrado por los presidentes italiano y español y la relativa calma de la canciller alemana.

Las razones de este fracaso son claras. Sería un gran error que se siguiese comprando deuda y se financiase directamente a entidades enfermas, antes de que cada país asuma su papel en la reestructuración bancaria y en reducir el balance financiero. Hay que parar y no repetir el modelo irlandés de socialización de pérdidas, ante la financiación indiscriminada por parte del Estado irlandés del conjunto de la banca privada.

Europa tiene que recuperar el modelo sueco de reestructuración bancaria, obligar a cada país a depurar a los gestores de la banca enferma, eliminar las entidades que no pueden, ni deben sobrevivir, reducir los balances financieros, cambiar la regulación y la supervisión financiera, y después inyectar fondos a las entidades que lo necesiten. Siempre después de apartar del balance los activos tóxicos de cada entidad para que no contaminen al resto. Como se puede observar, nada de esto se ha concretado, ni se ha puesto en marcha un verdadero mecanismo europeo que sea el embrión de un sistema financiero integrado. Tal vez, la única buena noticia haya sido que los pasivos que generen los prestamos del ESF o el futuro MEDE no tenga preeminencia de cobro frente a la deuda soberana de cada país, lo que sí explicaría un cierto alivio para ciertos sectores institucionales.

En resumen, esta cumbre no permite ser optimista de cara a superar la gran crisis bancaria que asola a España o Italia, tampoco se ha alumbrado una verdadera coalición política que demuestre al mundo que los intereses son comunes, y por supuesto, el sistema financiero sigue ejerciendo una tiranía sobre los Estados, lo que imposibilita el cambio de tendencia macroeconómico.

En lo político, la supuesta esperanza del presidente francés se diluye cada día más, y se demuestra que su estela es mucho más producto del marketing político que de una verdadera armadura ideológica y liderazgo de un club a la deriva. Su mini plan de crecimiento con retales ya comprometidos no es una buena señal para los inversores y ciudadanos que creemos en una verdadera Unión Europea federal. Con estos mimbres, y pasado el primer momento de euforia, los mercados financieros retomarán su apuesta por el rescate español y posiblemente italiano. No hay que olvidar que el volumen de fondos que salen diariamente de las entidades y activos españoles dificultan el restablecimiento de las ratios de solvencia y capital, y esta es la verdadera señal de que lo peor no ha pasado. En suma, mucho cuidado con las inversiones en bolsa y activos de renta fija españoles, y en general con la mayoría de inversiones en la zona euro.

(*) Alejandro Inurrieta es economista y director ejecutivo de Inurrieta Consultoría Integral.

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