CUARTOPODER | Publicado: - Actualizado: 19/5/2017 08:12

Jorge Herralde *

Conozco la actividad editorial de Esther Tusquets casi desde sus inicios, en los primeros 60. Recuerdo la mesa del comedor de su casa paterna, un piso de la calle Rosellón junto a la Diagonal, llena de cuartillas y fotos y libros que desembocarían en alguno de aquellos títulos de Palabra e imagen, una estupenda y gloriosa colección en la que el texto, programáticamente, tendría igual importancia que la imagen, una colección que sólo una editorial amateur, amateur en el mejor sentido de la palabra, podría atreverse a emprender. Por recordar tres títulos: Neutral Corner, con textos de Ignacio Aldecoa y fotos de Ramón Masats, La caza de la perdiz roja, con textos de Miguel Delibes y fotos de Oriol Maspons, o Izas, rabizas y colipoterras, con textos de Camilo José Cela y fotos de Joan Colom, el clandestino y compulsivo fotógrafo del Barrio Chino, ahora en plena gloria internacional.

Poco después la editorial se trasladó a unos bajos de la Avenida del Hospital Militar, justo enfrente del meublé La Casita Blanca, escenario de tantas alegrías ciudadanas clandestinas, y aparecieron los primeros títulos de Palabra en el tiempo, una de las mejores colecciones literarias en castellano de las últimas décadas, que dirigió Antonio Vilanova en estrecha colaboración y sintonía con Esther. El catálogo de autores de la colección es extraordinario. Así, citando de memoria, los franceses Proust, Celine y Claude Simon, los italianos Alberto Moravia y Umberto Eco, la inglesa Virginia Woolf, los irlandeses James Joyce y Samuel Beckett, las norteamericanas Flannery O’Connor, Gertrude Stein y Mary McCarthy, en lengua alemana Franz Kafka y Hermann Broch. Dos de ellos, Samuel Beckett y Claude Simon, cuando recibieron el Premio Nobel ya habían sido publicados por Lumen, como mandan los cánones. Nombres, pues, los congregados en el catálogo de Lumen, de una contundencia inapelable, clásicos indiscutibles del siglo XX. Du solide, como dicen los franceses. Y también cabe destacar las aportaciones en lengua española, como los espléndidos libros del arquitecto Oriol Bohigas o La historia del cine de Román Gubern, un bestseller inacabable.

Un comentario de época para jóvenes generaciones. En los años 60, para muchos lectores y desde luego para mí, había dos editoriales de referencia: una era la gran Seix-Barral, capitaneada por Carlos Barral, con un equipo de colaboradores inigualable: Juan Petit, Gabriel Ferrater, Castellet, Gil de Biedma, los Goytisolo, Joan Ferraté y, en las estribaciones de la década, el entonces pipiolo Félix de Azúa. Seix Barral era una editorial inquieta, atrevida y brillante, con voluntad muy explícita de marcar una época, lo que indiscutiblemente consiguió. Y paralelamente, más en sordina, estaba Lumen, con un trabajo de corredor de fondo que se irá desplegando en las décadas posteriores, hasta la abrupta partida, en el año 2000, de Esther tras la venta de Lumen a Plaza Janés en 1997.

Durante el trayecto, se consolidará Palabra en el tiempo y se abrirán nuevas colecciones. Entre ellas figura la colección de poesía El Bardo, que dirigió José Batlló, cuyo primer premio convocado, en 1977, fue otorgado a Variaciones, de un entonces desconocido Álvaro Pombo.

Y no hay que olvidar que Lumen, en palabras de Esther Tusquets en Confesiones de una editora poco mentirosa, fue una empresa de mujeres y, además de sus colaboradoras, figuraron en su catálogo, larga y cumplidamente, autoras, colaboradoras y muy amigas de Esther, como Ana María Matute, Ana María Moix, Carmen Martín Gaite, Cristina Peri Rossi o Marta Pessarrodona, la importadora hispana de la industria Bloomsbury. Y, desde luego, tampoco hay que olvidar el primer amor editorial confesado de Esther Tusquets: los libros de literatura infantil, tan pioneramente cuidados. Esto enlaza con una constante, la vertiente artesanal: la calidad de las traducciones, la maníaca revisión de las pruebas de imprenta, a la caza de las traidoras erratas, en las que la propia Esther se empeña personalmente. También, la importancia del diseño, inventado por Óscar Tusquets y Lluís Clotet, entonces jovencísimos estudiantes de arquitectura, y  el cuidado en las ilustraciones; en una primera época destacaron en el paisaje librero las memorables y a veces algo crípticas portadas de Àngel Jové, que luego, digamos, “heredé” durante un largo periodo.

En cuanto a su idea de la edición, por otra parte bien conocida, citaré unas pocas frases suyas de su autobiografía editorial: “Para mí siempre fue importante mantener una relación personal con cada uno de los libros publicados. No sólo, como se nos pregunta con frecuencia si hemos hecho, leerlos todos, sino seguir el proceso desde que nacen como idea, como mera posibilidad, hasta que encuentras los primeros ejemplares de muestra de la edición ya terminada encima de tu mesa de trabajo.” Y en otro lugar añade: “Nunca, en cuarenta años, he editado a un autor que no quisiera editar conmigo.” Es decir, al margen de que hubiera o no un contrato. Y otro punto significativo: “Creo que he odiado un solo aspecto de mi profesión, que en consecuencia debe de ser el que peor he desempeñado: la promoción”. Creo que nadie discutiría su poco empeño en la promoción y en la autopromoción.

Se impone mencionar a dos autores que resultaron fundamentales para sostener un proyecto riguroso y exquisito y con autores demasiado a menudo minoritarios: Quino, el creador de Mafalda, y Umberto Eco, que, tras sus muchos títulos de agudo y brillantísimo ensayista, se descolgó con El nombre de la rosa, novela precursora probablemente de los llamados “bestsellers de qualité“, a la que siguieron El péndulo de Foucault y La isla del día antes. Curiosamente, debido a los azares y caprichos de la edición, sería excesivo hablar de justicia poética, ambos autores, poco del agrado de Carlos Barral, fueron desviados por éste en dirección Lumen.

La otra pata, con Quino y Eco, del trípode financiero fue Magín Tusquets, mecenas y supervisor de sus brillantes cachorros, Esther y el ahora arquitecto Oscar, codirector de Lumen a lo largo de los 60. En su comentable y muy comentada entrevista reciente en La Vanguardia, Carmen Balcells, que tan poderosas vocaciones ha tenido, decía que su vocación era ser hija de Magín Tusquets. En cualquier caso, tras la muerte de Magín, a Esther, poco ducha en aspectos empresariales y con pocas ganas de serlo, se le combinaron el declive, en los últimos tiempos, de Quino y Eco (un declive que luego resultó transitorio) y el fantasma empresarial, y decidió, como es sabido, vender Lumen a Plaza Janés.

Esther siguió como directora de la editorial unos pocos años, en una cohabitación en principio no demasiado incómoda. “No me impusieron ni rechazaron ningún título”, me dijo. Pero sí se llevo a cabo una implacable poda del catálogo, un requisito al parecer indispensable para la contabilidad de los grandes grupos. La poda de los títulos poco rentables que no vendieran un número determinado de ejemplares al año. Esther me comentó una de las primeras y drásticas podas, en las que no se consideraba la columna de las letras -o sea autor y título- sino la de las cifras – las ventas-. Y en dicho descarte figuraban títulos de Beckett, Joyce o Virginia Woolf, y también varias novelas de una autora que, para sorpresa del contable y de la editora, resultó ser la propia Esther Tusquets… Al final, la relación con Plaza Janés acabó de una forma abrupta, absurda y gratuita que Esther describió en el libro mencionado con demasiada delicadeza.

Aunque aquí me toca hablar de Esther Tusquets editora, hago enlazar esta significativa anécdota sobre prácticas editoriales con un comentario a Esther Tusquets escritora. Somos muchos quienes pensamos que la obra novelística de Esther se sitúa entre las más destacadas de las últimas décadas, con títulos como los que conforman la trilogía El mismo mar de todos los veranos, El amor es un juego solitario y Varada tras el último naufragio.

He tenido la fortuna de rescatar dichas novelas en Anagrama así como de publicar otras obras posteriores, como la memorable Correspondencia privada. A raíz de una presentación, comenté en algún sitio (y disculpen la autocita): “Esther escribe de una forma característica, que recuerda un poco al escritor francés y premio Nobel Claude Simon, de la época del Nouveau Roman, y que publicó en Lumen en los años 60. Las frases de Esther son también inacabables y sinuosas, llenas de meandros, incisos, guiños, paréntesis, frases subordinadas y aún más subordinadas. Y aunque siempre sea, de forma casi milagrosa, sintácticamente correcta, en algún momento le hemos sugerido algún punto y seguido aquí y allá, para dar un respiro a los lectores menos aguerridos. Pero eso son pequeñas excepciones, porque es una prosa que, a la par que elegante, es extraordinariamente eficaz para dar cuenta de las más vibrátiles agitaciones del corazón humano”.

También quiero agradecer la generosidad de Esther, al aceptar formar parte del jurado de nuestro primer premio de novela desde su fundación, en 1983. Se lee cuidadosamente los manuscritos, los defiende o disiente, y en cualquier caso confirma, en las distancias cortas, algo que ya sabíamos: que es una lectora extraordinaria.

Me alegra mucho, por todo ello y más cosas, participar en este homenaje a mi gran amiga Esther Tusquets, que, en su muy singular estilo –The Lady vanishes, dice el título de la película de Hitchcock-, es una figura indispensable en el panorama cultural de las casi cinco últimas décadas.

(*)  Texto escrito por Jorge Herralde el 18 de mayo de 2006 para el homenaje a Esther Tusquets de la Asociación Colegial de Escritores de Catalunya, cedido por el autor a cuartopoder.es con motivo de la muertes de la escritora y editora.

Artículos Relacionados

- Publicidad -
icono cuartopoder  Lo más reciente
 
- Publicidad -
- Publicidad -

- Publicidad -
Volver Arriba

Send this to a friend