Ética, poder y derecho (y II)

Antonio García Santesmases *

Decíamos en el artículo anterior que así como muchos sectores de la izquierda se dejaron deslumbrar por el liberalismo económico fueron muchos menos los que ahondaron en los temas del laicismo, de la ciudadanía y de la Escuela pública. Fueron pocos los que se embarcaron en esta aventura, pero han sido muy constantes en su esfuerzo por mantener esta apuesta por la laicidad. Entre ellos sobresale la obra de Luis Gómez Llorente, de Victorino Mayoral, del ya fallecido Mariano Pérez Galán, de Manuel de Puelles, y de los miembros de la Fundación Cives y del colectivo Lorenzo Luzuriaga. Todos ellos han encontrado siempre un apoyo muy importante para sus desvelos en la apuesta de Peces Barba por la Educación para la Ciudadanía.

¿Por qué esta apuesta tan razonable ha encontrado tanta oposición en la Conferencia Episcopal Española? Por una razón que Peces Barba ha señalado repetidamente: por la involución que se ha producido en el catolicismo español a lo largo de los últimos años. Una involución que conecta con lo ocurrido a nivel internacional con la hegemonía intelectual del neoconservadurismo. Así como el neoliberal trata de combatir los que considera excesos del Estado del Bienestar y dar un poder irrestricto al mundo empresarial, acabando con las garantías laborales y con los derechos económico-sociales; para el neoconservador el enemigo es el proyecto ilustrado. Es la modernidad ilustrada la que ha conducido a un mundo sin valores, en el que impera la anomia, el vacío espiritual, donde cada uno actúa en función de su propio criterio, sin ningún tipo de principio de referencia, ni de valor moral. Ante ese caos valorativo piensa que sólo volviendo a una fundamentación religiosa de la moral es posible reconstruir la identidad y el sentido de la vida humana.

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Una parte no pequeña del pensamiento actual acepta este diagnóstico y considera que nada hay que oponer a ese mundo politeísta, hedonista y relativista. Lo que para los neoconservadores es una apuesta por el caos, para muchos posmodernos es la garantía de la libertad y de la permisividad.

Peces Barba no era neoconservador pero tampoco era posmoderno. No estaba dispuesto a aceptar que la única alternativa sobre la que nos tocara pronunciarnos se redujera a elegir entre cinismo o teología. Por ello luchó una y otra vez por reivindicar el papel de la razón ilustrada para afianzar los derechos humanos, la separación de la Iglesia del Estado y la Escuela pública como un lugar imprescindible para formar a los ciudadanos en el respeto a la verdad científica y en la libertad de pensamiento.

No puedo en este breve análisis dar cuenta de todos los matices que introduce Peces Barba a la hora de plantear muchos de los problemas que suscita esta apuesta por la modernidad, por la secularización, por la sociedad abierta y por la laicidad. Es ineludible, sin embargo, subrayar un problema que ha llenado páginas y páginas en la Filosofía política actual y que han sabido utilizar los sectores neoconservadores para reivindicar una vuelta al Iusnaturalismo. Para los neoconservadores si no existe ningún fundamento sólido, si todo es voluble, si toda opción moral está en función de la voluntad de las mayorías podemos caer en el desatino de aceptar sin más el veredicto de esas mismas mayorías que pueden avalar la mayor aberración, que pueden legitimar por ejemplo la filosofía de un dictador que promueva el exterminio de la raza.

Como el lector imaginará me estoy refiriendo a la famosa crítica al imperio irrestricto de unas masas que pueden llegar a avalar a Hitler, ante lo que nada podríamos hacer ya que toda decisión de la mayoría debe ser respetada. ¿Es el liberalismo parlamentario el responsable último del totalitarismo?; ¿es el positivismo el responsable último del hitlerismo? Recuerda Peces Barba cómo hubo positivistas que quedaron tan horrorizados por los enormes crímenes que se habían cometido que reivindicaron una vuelta al iusnturalismo, pero añade que los grandes perseguidos por el nazismo y por el fascismo fueron autores positivistas. Siendo Kelsen el ejemplo máximo de esta persecución, pero de ninguna manera el único.

Estamos ante uno de los debates intelectuales más relevantes a la hora de pensar en la evolución del siglo XX. Son muchas las reflexiones de Peces Barba en su apuesta por un positivismo corregido. En nuestro mundo actual, en un mundo en el que, por suerte, no vivimos tragedias como las provocadas por el nazismo o por el estalinismo, sigue dándose, sin embargo, un debate acerca de los límites de los parlamentos a la hora de poder legislar. Los autores neoconservadores tratan de limitar su tarea en el ámbito de las cuestiones que afectan al derecho a la vida o las formas de familia. El recurso a la barbarie del siglo XX les ayuda a argumentar a favor de una restricción de los parlamentos a la hora de legislar: hay temas que, a su juicio, no pueden estar sujetos a los dictados de las mayorías parlamentarias. Todo ser humano, capaz de razonar y de argumentar, de conducirse por la recta razón, debe comprender que es imprescindible lograr que el Derecho natural preserve un mundo al que no deben acceder los parlamentos, un coto vedado a los políticos; un mundo pre político que les impida legislar sobre materias especialmente sensibles para la vida humana desde su origen a su final.

Todas estas cuestiones aparecen en estas Diez lecciones de Gregorio Peces Barba. A todos estos temas dedica un saber acumulado durante muchos años. ¿Desde qué talante opera Peces Barba al abordar cuestiones tan complejas? Aquí está lo curioso, lo sorprendente para muchos lectores conservadores que han tratado de estigmatizar su posición achacándole un odio a los católicos que le hacía caer en el sectarismo y en la intransigencia. Hay en Peces Barba una crítica muy rigurosa y penetrante al iusnaturalismo y una rememoración histórica de los ataques de la jerarquía católica a los avances del liberalismo. Pero, fiel a su tradición republicana, hay una apuesta semejante a la de Rousseau digna de mención. Perdone el lector lo largo de la cita pero creo que es de enorme interés para recordar el talante del intelectual que ha desaparecido. En un momento de su vida, Rousseau tiene que contestar al Arzobispo de París que había condenado el Emilio y lo hizo afirmando: Monseñor, soy cristiano y sinceramente cristiano, según la doctrina del Evangelio. Soy cristiano no como un discípulo de los curas sino como un discípulo de Jesucristo. Feliz de haber nacido en la religión más razonable y más santa que existe en la tierra, permanezco invariablemente vinculado al culto de mis padres, como ellos tomo a la Escritura y a la Razón como las únicas reglas de mi creencia. Tras el texto de Rousseau, añade Peces Barba: Es una respuesta a la Iglesia institución y a la juridificación de la fe que muchos podríamos asumir (pag.176).

Esta reivindicación de Rousseau es la que está en muchas de las reflexiones de Peces Barba y le aleja de un planteamiento agnóstico como el de Tierno y le acerca a Fernando de los Ríos. Como De los Ríos defiende un cristianismo erasmista. Un cristianismo que entronca con los valores del socialismo humanista y de la cultura republicana. Es muy posible que la fuerza del neoconservadurismo y la avalancha posmoderna no hayan sabido valorar en su justa medida esta espiritualidad laica que anida en lo mejor del pensamiento ilustrado. En un pensamiento que ha tratado siempre, como señaló con acierto Bobbio, de realizar el aprendizaje de la libertad y de la tolerancia: “Aprendí a respetar las ideas ajenas, a detenerme ante el secreto de las conciencias, a entender antes de discutir, a discutir antes de condenar. Y como estoy en confesiones, añado una más, quizás superflua: detesto con toda mi alma a los fanáticos”

Pienso que estas palabras de Norberto Bobbio que Peces Barba reproduce en su obra reflejan admirablemente el talante del socialismo liberal. Un socialismo que representa una de las tradiciones que es imprescindible preservar en este mundo hegemonizado por el neoliberalismo, el neoconservadurismo y el neoimperialismo. Estamos ante un talante que siempre ha sido minoritario. Lo fue en los años treinta ante el avance de lo que Hobbsbawn ha denominado El siglo de los extremos y lo fue también en las épocas de esplendor del Estado del Bienestar porque imperó el consumo de masas, el utilitarismo y la razón instrumental. Es una tradición ético-política esencial, para hacer frente a los retos de la actual globalización y para dar consistencia al proyecto de una escuela pública que apueste por educar ciudadanos.

¿Se puede ser ciudadano cuando el mundo tecno-económico está rompiendo la cohesión de nuestras sociedades? Evidentemente no se puede y una de las consecuencias más pavorosas del mundo que estamos viviendo es que estamos perdiendo la capacidad de análisis. Tan erróneo fue pensar que la escuela por sí misma podía corregir todas las desigualdades sociales, como asumir que todo el legado liberal se reduce a la defensa del economicismo y del capitalismo depredador. Existe otro liberalismo que hay que preservar; es el liberalismo que enlaza con el laicismo y con el republicanismo, el que defendía Fernando de los Ríos y con el que se identificó Gregorio Peces Barba.

(*) Antonio García Santesmases es catedrático de Filosofía Política de la UNED.