El enjambre de las redes sociales: cómo las virtudes privadas pueden acabar con los vicios públicos

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Francisco Serra 

Un profesor de Derecho Constitucional aprovechó el comienzo del verano para internarse en las redes sociales: vio fotos de amigos, leyó mensajes que no recordaba y se encontró también, de modo inevitable, con toda una serie de denuncias de actuaciones de los poderes públicos, algunas de las cuales ya habían surtido efecto. Mientras en la formación de la sociedad burguesa, en la conocida fábula de Mandeville, eran “los vicios privados los que hacían la prosperidad pública” y cada uno persiguiendo su propio interés, se decía, podía contribuir al bien común, en el mundo de hoy, son las “virtudes privadas” las únicas que pueden acabar con “los vicios públicos”, con un poder descontrolado que ya no se ve sujeto por las limitaciones tradicionales.

El surgimiento de la moderna democracia parlamentaria estuvo vinculado a la aparición de los cafés, de los periódicos, de las sociedades culturales que, antes incluso que las sociedades mercantiles, prefiguraron el mundo burgués, en el que tendría lugar el desarrollo de una “esfera pública”, caracterizada por la libre discusión de las ideas. El aire de la ciudad, se decía ya desde antiguo, “hace libres” y ese ejercicio de la libertad propiciaría el crecimiento de la riqueza de todos. Los parlamentos serían el lugar en el que por medio del intercambio de opiniones se podrían aprobar las “leyes sabias y justas”, las decisiones necesarias para el buen funcionamiento de la comunidad.

En el presente, con la agonía de los parlamentos, en los que ya no se aprueba nada como resultado de un debate, sino solo se convalidan decretos-leyes adoptados por Gobiernos que se sienten lo suficientemente legitimados por una elección (que tiene lugar cada varios años) como para no intentar convencer ni buscar acuerdos con los demás grupos políticos, la verdadera crítica no se realiza en los grandes medios de comunicación, casi siempre al servicio de intereses particulares, sino en las redes sociales, en los periódicos digitales, que de forma inmediata denuncian los desmanes del poder.

Mandeville comparó la sociedad con un rumoroso panal, pero en la actualidad es en la Red (y en las redes sociales que, con razón, se han comparado con un enjambre) donde se conforma, con tuits, con picotazos, una opinión que moviliza, aun a regañadientes, a los medios de comunicación tradicionales. Engreídos magistrados se ven forzados a dimitir, monarcas displicentes se aprestan a disculparse por acciones que en otro momento hubieran permanecido en secreto, políticos ensoberbecidos deben convocar improvisadas ruedas de prensa… Nada de eso hubiera sido imaginable hace unos años.

El Parlamento es ya un instrumento poco útil para controlar a un poder que rehúye someterse a cualquier forma de limitación y apenas llevan unos meses en ejercicio cuando la realidad ha cambiado tanto que la mayoría que se pueda tener en las Cámaras no se corresponde con la situación real. Hasta los mismos que han aupado a Rajoy a la presidencia del Gobierno hoy claman: “no es esto, no es esto” y exigen una “rectificación” del rumbo fijado, pero no hay cambio de Gobierno (que se prevé inminente) o relevo en la jefatura (algo más tarde) que evite lo que ya se ha producido y es muy posible que se convierta en realidad cuando se convoquen elecciones: las encuestas dejan adivinar una nueva mayoría, que exige otra forma de salir de la crisis. Hay una España que se va (la de un gobierno del Partido Popular, que ha llevado a cabo un incumplimiento sistemático de su “programa”, si así queremos llamarlo) y una España que viene y quizás ya ha encontrado en Asturias su conformación, un nuevo tripartito (formado por PSOE, IU y UPD, de la forma que sea, o con apoyo externo) y solo es cuestión de tiempo que se vuelva realidad.

Hoy toda la Red es un gigantesco enjambre que bulle exigiendo responsabilidades (morales, políticas, jurídicas) de aquellos que nos han llevado a esta situación y en demanda de un cambio radical, con Europa o sin Europa; los perjuicios supuestamente derivados de la salida del euro no van a afectar a los más desfavorecidos, a los que ya no tienen trabajo, a los que han visto reducidos su salario en más de un treinta por ciento, sino a aquellos que, desde posiciones acomodadas, no han contribuido en nada a salir de la situación de emergencia. Establecer un impuesto a las grandes fortunas es una cuestión ética y a la vez estética, incluso aunque no se recaude apenas nada.

La mayoría de los españoles hoy somos más pobres que hace seis meses. Y, encima, tenemos menos derechos. Para intentar contentar a su electorado tradicional, el gobierno pretende dificultar la interrupción del embarazo incluso para casos de graves malformaciones, sin duda ante las presiones de la Iglesia católica. La España que viene debe ser un Estado verdaderamente laico, tal vez más pobre, pero más solidario, con Europa o sin Europa, con esta Constitución o con otra, pero por fin sin privilegios. Las redes sociales, a picotazos, están exigiendo esa transformación.

Por la tarde, de camino al parque, su hija salió corriendo, mientras gritaba: “¡Una abeja! ¡Una abeja! ¡Son muy peligrosas!”, y el profesor pensó que eran otros los que debieran emprender la huida ahora que se empiezan a poner en movimiento todas las abejas en las redes sociales.

3 Comments
  1. Susana says

    Necesitamos, profesor, no abejas sino acorazados tábanos que pinchen bien en el culo a los más soberbios. Pero en la arena de la playa sólo veo hormigas ¡¡Qué rica debe ser su niña!!

  2. Juancho says

    Me parece problemático delimitar el significado crítico de las redes sociales. Muchas voces, mucho ruido, mucha doble personalidad, demasiados hiperactivos. Hemos pasado de «cada hombre un voto» a cada internatua con tiempo miles de twitter

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