Un Bayle en español y veinte tomos

La galaxia de Gutenberg boquea. El negocio editorial se encoge, preso de un temor que amenaza pánico. Las artes gráficas, después de sufrir en los dos últimos decenios muy duras reconversiones y comprobar cómo se desvirtuaba un oficio tan excelso, ven en nuestros días cómo se cierran sin cesar, uno tras otro, talleres históricos de fecundas trayectorias. La tipografía en soporte de papel retrocede con velocidad alarmante hacia límites que quizá contengan y preserven minorías exquisitas en el inmediato futuro. No es una hipérbole, sino una mera constatación. Por eso resulta emocionante ver, tocar, leer el primer tomo, de los veinte previstos, de la primera edición completa en lengua española del Diccionario histórico y crítico, de Pierre Bayle, recientemente aparecido, gracias al proyecto de KRK Ediciones (Oviedo, 2012). Un proyecto necesario a cargo de un equipo de gentes admirables (éstas, sí) de la cultura y la enseñanza, coordinado por Juan Á. Canal, autor además de una buena introducción.

La obra que ofrece este primer volumen asegura completud y fidelidad a la edición de 1740, considerada la fuente más completa de este atractivo y determinante Diccionario, con una traducción del francés ajustada al articulado de las voces y sus abundantes observaciones, así como una semejanza lo más cercana posible a la disposición tipográfica de la edición de referencia. Aunque se abandona el formato in folio de las ediciones originales, el gran formato en que se imprime esta primera edición española (las únicas ediciones que han circulado hasta ahora en castellano reúnen pequeñas selecciones o simples fragmentos) permite plasmar perfectamente su similar tipografía y facilita un mejor manejo para el lector actual. Una edición actualizada, en definitiva, que resuelve razonablemente y de manera ecléctica las cuestiones tipográficas y textuales más peliagudas y que, en su colmo, constituirá, sin duda, un verdadero acontecimiento editorial en lengua hispana, amén de una declaración de amor a la cultura del libro, al libro como objeto en sí, per se, en tiempos de pretenciosa impostura y delicuescencia culturales.

De la importancia, éxito y novedad radical del Diccionario de Bayle daba cuenta Diderot, con el entusiasmo que siempre le suscitó esta gran obra: “Bien sabéis el éxito que alcanzó el Diccionario de Bayle en cuanto se publicó, y qué furor hizo esta obra en toda Europa; ¿quién no hubiera querido tener un bayle al precio que fuere? ¿Y quién se quedó sin tenerlo, pese a todas las prohibiciones del Ministerio? Los particulares que no lo encontraban en nuestros comercios se dirigían al extranjero: el diccionario llegaba por caminos indirectos y nuestro dinero se iba a otra parte”. Desde su primera edición en 1697, impresa en Rotterdam, el Diccionario tuvo un éxito de público y ventas inmediato y, en los decenios siguientes, una sucesión considerable de ediciones para una obra voluminosa y cara en su tiempo. Tal acogida fue frenada también muy pronto en Francia, donde fue prohibido, aunque más adelante fue tolerado con la vista gorda de las autoridades. Tampoco en la más permisiva Holanda, que unos años atrás había visto nacer la obra de Spinoza, y donde Bayle se refugió siguiendo los pasos de Descartes, pasó desapercibido el Diccionario. De inmediato fue escrutado por los propios correligionarios protestantes de Bayle, quienes le conminaron a dar toda clase de explicaciones y a aceptar la censura de sus proposiciones. Ya en los últimos años de su vida, el autor, escaso de salud y de bienes, curtido hasta la saciedad de las luchas religiosas de su tiempo, prefirió contemporizar con los guardianes celosísimos de la ortodoxia protestante y suavizar las aristas que le señalaron de su aguda obra.

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Cubierta del primer tomo del 'Diccionario histórico y crítico' de Pierre Bayle.

Pero la ceguera fanática religiosa no pudo entonces ni nunca parar ni borrar la sutil inteligencia de esta obra, su alegato inconmensurable, escéptico e irónico contra el fanatismo e intolerancia de todas las religiones y la sinrazón de la tradición oscurantista hasta entonces imperante. Porque Bayle (1647-1706), un francés hugonote nacido cerca de Foix, a la vista de los Pirineos, que escribió en francés y latín y llevó una vida solitaria, dedicada a la pasión del saber, el estudio y la escritura hasta dejarnos su precioso Diccionario, fue el pionero de los philosophes; el espíritu crítico, independiente, firme, que en soledad y rodeado de carencias abrió en el último cuarto del siglo xvii el camino que conduciría un siglo después a la Enciclopedia de D´Alembert y Diderot. Una vía crítica de pensamiento libre, refutadora de errores, falsos valores y leyendas tradicionales, tan estériles como grotescos, que habían conformado el pensamiento y el mundo hasta entonces y que era imprescindible erradicar, iluminando con la razón la oscuridad de una sociedad sojuzgada. No fue casualidad que, antes de dedicarse por entero al Diccionario, Bayle llevara a cabo, prácticamente en solitario, una fecunda experiencia periodística: la gaceta mensual Las noticias de la República de las Letras, un trabajo también precursor que vio la luz entre 1684 y 1687.

La libertad y agudeza de juicio de Bayle suelen expresarse en una de las anécdotas más conocidas del personaje. Parece que en una ocasión el cardenal Polignac le preguntó si era protestante, calvinista o anglicano, a lo que Bayle contestó: “Yo soy protestante, pero protesto contra todo aquello que se dice o hace, desde mi punto de vista, de manera irracional”. Voltaire, con su animosidad canalla para todo muerto o viviente que pudiera hacerle sombra, no pudo reprimir su mancha de desdén en el nombre de Bayle: “Es por su excelente forma de razonar por lo que resulta recomendable, pero no por su forma de escribir, demasiado a menudo difusa, abandonada, incorrecta y de una familiaridad que cae a veces en la bajeza”. No imaginaba Voltaire que justamente lo que él desechaba se convertiría para el lector actual, dos siglos y medio después, en uno de los atractivos más empatizantes del  estilo de Bayle, riguroso en el método, escéptico como los antiguos, irónico siempre, gracioso y ameno; detallista hasta la cominería, porque Bayle estaba convencido de que los detalles pequeños son parte importante para comprender los errores grandes y porque, en definitiva, pensaba que la investigación crítica de la historia, el riguroso contraste en su comprensión y desvelamiento, podía ser tan útil y valioso para los hombres como los conocimientos científicos y técnicos.

Esta obra grande, deliciosa, imprescindible para cualquier lector que se precie, tiene su mejor publicidad en la andanada que le dedicó don Marcelino Menéndez Pelayo: “Repertorio de extrañas curiosidades, aguzadas por el ingenio cáustico, vagabundo y maleante del autor, enamorado no de la verdad, sino del trabajo que cuesta buscarla, y amigo de amontonar nubes, contradicciones, paradojas y semillas de duda, sobre todo en materias históricas”. No es extraño que el lector inteligente, después de leer tamaña coz, corra a la librería a reservar los veinte tomos. Que el fin corone la obra de tan loable empeño.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.