El resto no fue silencio (y II)

Antonio García Santesmases *

Cuatro son, a mi juicio, las grandes aportaciones de Luis Gómez Llorente,  que se pueden resumir en cuatro interrogantes: ¿qué queda hoy del pablismo?; ¿cómo debemos recuperar la memoria republicana?; ¿cuál es el lugar de la escuela pública?; ¿cuáles son los retos más importantes del laicismo?

A cualquiera de estas cuestiones dedicó páginas y páginas pero, por mor  de la brevedad, y abusando de la hospitalidad de los amigos de cuartopoder, intentaré resumir, al máximo, su aportación. Al estudiar la aportación de Pablo Iglesias, Gómez Llorente dedica muchas páginas a analizar la razón por la cual  el fundador del PSOE y de la UGT consideraba imprescindible poner en marcha una organización política y una organización sindical distintas al anarquismo y al republicanismo. Anarquistas, socialistas y republicanos eran reacios al régimen de la restauración pero mientras los anarquistas eran contrarios a cualquier participación en la vida política institucional y los republicanos querían centrar la batalla en la forma de Estado y en la cuestión religiosa, los socialistas trataban de aunar su compromiso con la defensa de los trabajadores, y la  puesta en marcha por tanto de un sindicato (lo que les acercaba a los anarquistas) con la necesidad de que esa tarea sindical no agotara la estrategia  de los trabajadores organizados. Era imprescindible que esa tarea de vertebrar al movimiento obrero contara con una voz en el parlamento. Con una voz libre, independiente, distinta a la de los partidos del sistema y distinta a los partidos republicanos, por cuanto estos se dirigían a toda la nación.  A una nación distinta evidentemente  a la que conformaba el régimen de la restauración. Los socialistas debían intervenir en política, pero como correspondía a un partido de clase, para defender los intereses de los trabajadores organizados, utilizando el Parlamento como una caja de resonancia de sus posiciones, como un altavoz que les permitía hacer propaganda de sus ideas.

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Son muchas las páginas dedicadas por Gómez Llorente a analizar los avatares del primer socialismo. Avatares y contradicciones que se agudizan en los años treinta.  Pablo Iglesias ha muerto en 1925 y pocos años después los socialistas forman parte de los primeros gobiernos de la República y en ese momento se vuelve a plantear con toda intensidad el drama que había presidido la vida de Iglesias: ¿cómo ser capaces de defender los intereses de los trabajadores y a la vez auspiciar las reformas liberales, democráticas, modernizadoras que la sociedad española necesitaba? Al formar parte de los gobiernos del primer bienio, gobierno conformado por socialistas y republicanos, Largo Caballero intenta articular reformas favorables a los trabajadores pero es consciente de la inquina de los anarquistas que critican la colaboración de los socialistas con los partidos burgueses. Largo Caballero y Prieto tendrán después enormes diferencias pero en aquellos primeros momentos coincidían en la necesidad de aunar las reformas republicanas con los derechos sociales. La burguesía republicana era muy débil y no podía  sobrevivir electoralmente sin el apoyo de los socialistas pero éstos sufrían una feroz campaña de descrédito por parte de los anarquistas, abominando de su colaboración y de la propia república.

Frente a una visión edulcorada de aquellos años treinta, frente a una visión de la memoria histórica como una esquemática contraposición entre la derecha y la izquierda, Gómez Llorente fue investigando todos los textos, todos los discursos, todas las intervenciones de los distintos socialistas,  centrándose especialmente de  Largo Caballero, para profundizar en  la complejidad de un personaje estigmatizado por muchos historiadores. La investigación que realizó fue exhaustiva para captar al personaje en toda su complejidad: para estudiar todo lo ocurrido en aquellos años del 33 al 37 pero conectándolo con el Caballero contrario a la escisión comunista del año 21, y recordando sus intervenciones en plena Guerra Civil y sus escritos en el exilio, a la vuelta del campo de concentración.

Gómez Llorente, en una imagen de archivo. / J. Casares (Efe)

Todo el estudio de los clásicos del socialismo,  no le hizo olvidar nunca que lo importante era  afrontar el  problema del futuro del movimiento obrero. Tras la segunda guerra mundial, tras la experiencia atroz del fascismo y del nazismo, los socialistas valoraron muy positivamente la necesidad de preservar las libertades públicas, de afianzar los derechos humanos y de   dotar de sentido a las instituciones de la democracia representativa. Todo esto lo hicieron  en un momento en el que se pudo llegar a un acuerdo con las  fuerzas liberales y democristianas para dar sentido al Estado del bienestar de posguerra. Un Estado en el que juega un papel esencial la escuela. La escuela pública como mecanismo que permite compensar las desigualdades sociales, que permite abrir las oportunidades de vida a los sectores explotados, que posibilita formar ciudadanos que interioricen los valores laicos y republicanos.

Es en el modelo del Estado social y de la democracia republicana donde Gómez Llorente encuentra la posibilidad de dar una continuidad a los mejores afanes del movimiento obrero. Una continuidad que no es, sin embargo, ciega a los efectos devastadores del impacto del neoliberalismo y de una globalización sin cortapisas. Con motivo de su muerte algunos amigos comunes, han recordado el gran mérito de un hombre que vivió hasta el final de acuerdo con sus convicciones pero advirtiendo, que su muerte le evitará asistir al desmoronamiento de los sindicatos.

Es una advertencia importante. Una advertencia a tener muy en cuenta porque muchas de las reflexiones de Gómez Llorente pueden quedar sumergidas en una nebulosa si pensamos que el creía en un movimiento obrero sin fisuras, al que no había impactado los avatares del siglo veinte y el capitalismo globalizador del siglo veintiuno. Nada más lejos de la realidad. En su esfuerzo por rescatar la memoria de los clásicos, Gómez Llorente no se quedaba en la pura repetición mimética, ni sucumbía a la mera  lectura filológica. Trataba de rescatar un legado. Y ese rescate sólo era posible si los sindicatos dedicaban tiempo y esfuerzo a  recuperar su memoria y actualizar su proyecto. Si no recuperaban su historia, si no eran capaces de poner encima de la mesa su interpretación de lo ocurrido, no tendrían futuro.

Gómez Llorente era muy consciente del esfuerzo ideológico que realizaban las organizaciones confesionales y las fundaciones liberales por actualizar su interpretación de la historia de España, y su lectura  de la relación entre Estado, mercado y sociedad civil.

Por ello llamaba una y otra vez a las organizaciones sindicales a actualizar  su proyecto, a recuperar su memoria. Una de las aportaciones más importantes en este sentido está en su obra Apuntes sobre el movimiento obrero. En esta obra va dando cuenta del origen  del movimiento obrero y  mostrando  la necesidad de un sindicalismo que sea capaz de articular las reivindicaciones de los trabajadores, de negociar los convenios, de gestionar servicios imprescindibles para que los trabajadores alcance su estatus como ciudadanos, pero que sean  capaces también  de idear una sociedad alternativa a la sociedad existente.

Todo ello conecta con el tema del laicismo. Para Gómez Llorente, igual que el sindicato sufre hoy los embates del neoliberalismo, el laicismo sufre los embates de un nuevo confesionalismo que trata de asociar a los defensores de un pensamiento laico, con los peores horrores del siglo veinte, con el totalitarismo y el nazismo. Un hombre como él – sensible como pocos  a mantener la fidelidad a las propias convicciones–  era muy consciente del ataque del mundo neoconservador al pensamiento laico  y su esfuerzo por  reducir el laicismo  a un hedonismo relativista sin ninguna sustancia ética. Para Gómez Llorente era imprescindible la libertad de conciencia, la libertad de pensamiento, la libertad de religión, la separación entre la Iglesia y el Estado, pero esa libertad, que fue la gran conquista del primer liberalismo, quedará en nada si no somos conscientes de la necesidad de comprender que el ser humano debe ser libre frente al poder de las Iglesias y al poder absoluto de los Estados, pero también frente al poder despótico de los patronos.

Todo esto está muy alejado del relativismo hedonista y le llevó  a ser uno de los promotores de esa materia escolar tan combatida por neoliberales y neoconfesionales, como es  la Educación para la Ciudadanía.  Por ello, para terminar diré que  los que consideran que no estaba al día y que vivía en otro mundo, deberían  leer dos de sus últimos trabajos: los que se refieren a la sentencia de los tribunales sobre la asignatura  Educación para la Ciudadanía y el referido al entorno educativo y doctrinal del ministro Wert. En ambas sobresale el gran defensor de la escuela pública y de lo mejor del pensamiento laico.

Hay ocasiones en las que la retirada de la política conduce al resentimiento, a lamerse en las propias heridas; en otras provoca una melancolía que impide la palabra, como si el político se quedara sin función, sin tarea, sin papel. Gómez Llorente logró lo más difícil: evitar el resentimiento y superar  la melancolía, y consiguió  que su retirada de la política institucional le llevara a recuperar una  libertad plena de palabra y de escritura. Logro así,  que estos treinta últimos años fueran enormemente fecundos, mostrando en los hechos que el resto de su vida no fue silencio.

 (*) Antonio García Santesmases es catedrático de Filosofía Política de la UNED.
El resto no fue silencio (I)