Humboldt y sus Vistas de América

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Desde la recuperación última del Ensayo político de la isla de Cuba en 1998 por la editorial Doce Calles, y la, por primera vez, edición íntegra en español de la gran obra de Alejandro de Humboldt (1769-1859), Cosmos (un compendio del saber científico de su época) por la editorial Los Libros de la Catarata el pasado año,  no se había vuelto a actualizar en nuestra lengua, que yo sepa,  ninguna de las grandes obras del sabio alemán, tan necesarias; de ahí la alegría que produce la aparición reciente de la nueva traducción y edición íntegra de sus Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América (Marcial Pons, 2012). Se lo debemos a esta ejemplar editorial madrileña, que atendió la propuesta de la Universidad Autónoma de Madrid, a su vez sensible a la idea del proyecto, surgida entre los miembros del Grupo de Historia del Pensamiento Geográfico de la Asociación de Geógrafos Españoles. Es una edición de alcance y trascendencia cultural y científica, no sólo para geógrafos y científicos en general, sino para todos aquellos lectores y viajeros que sigan haciendo de la curiosidad su impulso esencial y sientan repugnancia por el turismo idiotizante de nuestro tiempo, verdadera lacra de contaminación y destrucción de cuanto toca.

Como el Ensayo político de la isla de Cuba, las Vistas de Humboldt formaron parte de los sucesivos volúmenes, en su original francés, que fueron apareciendo en las tres primeras décadas del siglo XIX, hasta constituir la obra cumbre que compendió los resultados del famoso viaje a América de Humboldt y su principal acompañante, el médico y botánico francés Aimé Bonpland: Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Un viaje de cinco años de duración (1799-1804) que Humboldt decidió después de frustrarse su intención de llegar a Asia y África, y luego de conseguir en Madrid, gracias al entorno liberal de la corte de Carlos IV, el permiso para visitar la América Hispánica. Todo un periplo iniciado en La Coruña, en la corbeta Pizarro, en la que embarcaron en junio de 1799 con dirección a las islas Canarias, donde estudiaron el pico del Teide y la boca de su volcán. En escueto resumen, la traza actualizada de este viaje fascinante puso rumbo a Venezuela, con recorridos por las cuencas del Apure, del Orinoco, del Negro…, y el consiguiente estudio hidrográfico, geológico, botánico, faunístico, antropológico, etc,  de cuanto veían y observaban; haciendo lo propio en adelante en Cuba, Colombia, Ecuador, Perú, México, de nuevo Cuba y, finalmente, los Estados Unidos de América, donde Humboldt fue recibido por el presidente Jefferson, muy interesado y solícito de la valiosa información que el ilustre viajero terminaba recién de acarrear de la Nueva España (México) y que tan ingenuamente les cedió; información geográfica, geológica, mineralógica, cartográfica…, que los norteamericanos copiaron milimétricamente y usaron en la guerra de expansión depredadora que, tal como genialmente predijo Tocqueville, declararon a México (1846-1848), arrancándole los actuales estados de California, Texas y Nuevo México. De los Estados Unidos, aquellos grandes viajeros regresaron a Francia, donde les aguardaba en París una multitud entusiasmada, que jaleó su verdadera grandeza intelectual y humana.

Es difícil superar la síntesis del contenido de las Vistas que el propio Humboldt adelanta en el primer párrafo de su introducción: “He reunido en esta obra todo lo relacionado con el origen y los primeros pasos en el progreso de las artes de los pueblos indígenas de América. Los dos tercios de las láminas que contiene ofrecen vestigios de arquitectura y escultura, cuadros históricos, jeroglíficos relativos a la división del tiempo y al calendario. A la representación de los monumentos que atañen al estudio filosófico de la humanidad, se adjuntan las vistas pintorescas de diferentes lugares, los más notables del nuevo continente”. Pero enseguida aparece en sus propias palabras el nuevo signo confirmado de los tiempos, el espíritu ilustrado de conocimiento y comprensión universal de los pueblos y su cultura más allá del mero Occidente: “…mis investigaciones sobre los pueblos indígenas de América aparecen en un momento en el que ya no se considera indigno de atención aquello que se aleje del estilo del que los griegos nos han legado modelos inimitables”.

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Cubierta de la obra de Alejandro de Humboldt (**).

Uno no sabe que es más admirable en este libro, si su planteamiento, sus 69 grabados como objeto del mismo, o los comentarios que el autor hace sobre cada una de las láminas. Seduce el encanto de sus grabados, su sencilla perfección. Asombra el conocimiento minucioso, su intuición; la erudición espléndida, inabarcable, del último sabio universal, antes de que “los bárbaros especialistas” (Ortega dixit) acotaran el saber como un espacio estanco, autista, donde las ramas no dejan ver el bosque. Aquí, por el contrario, en estos grabados (muchos de ellos realizados sobre los dibujos del propio autor) y sus comentarios, Humboldt consigue una nueva forma, clara y diáfana, abierta y didáctica, de entender y plasmar el paisaje y sus monumentos; un modo nuevo que aúna el atractivo estético y la sensibilidad a la necesaria racionalización del conocimiento, a su relación intrínseca con el todo y su utilidad. En su busca emocionante de correspondencias y analogías de mundos y continentes distintos; en las huellas y lejanas características de monumentos, esculturas y paisajes, Humboldt parece abrirse paso hacia las claves fundamentales de entendimiento de la evolución de las sociedades primitivas, hasta la perfección de los modelos antiguos más representativos. Es como si persiguiera los ecos de los vagidos de la civilización humana en el arte tosco y su paisaje de los pueblos desaparecidos, la constante del espíritu humano en cualquier latitud. Como él mismo escribió: “…creo haber recopilado fenómenos cuyos lazos mutuos no han escapado a la sagacidad de todo aquel que se dedique al estudio filosófico del espíritu humano”.

Con su porte sobrio, con la belleza de sus 69 grabados en color y blanco y negro intercalados, esta nueva edición íntegra en español de las Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América es un regalo impagable para entrar en conversación con uno de los muertos más afables y una de las mentes más prodigiosas que haya conocido el género humano.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.
(**) Primeras páginas del libro (PDF).

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