El fúnebre cierre de librerías en Madrid

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Julián Sauquillo

Cartel conmemorativo del Día de las Librerías 2012, que se celebró el pasado vienes, 30 de noviembre. / diadelaslibrerias.es

Hace cerca de veinte años, en París, unos jóvenes mexicanos de clase media y alta, mexicanos bien situados en los centros universitarios de aquel país hermano, celebraban a España como el “paraíso del papel”.  Tanto elogio era más que apreciable al venir de los nietos de aquel mestizaje ilustrado de republicanos españoles y mejicanos, solidarios con la desgracia española, que fundó Fondo de Cultura Económica. Una editorial de referencia en todo el mundo de habla española sobre cuyo sello editorial mi amigo Héctor Subirats, exdirector del Fondo, se ocupó de desmentir esa anécdota frecuente que atribuye a una gran errata que se llamará así en vez de Fondo de Cultura Ecuménica. Aquel comentario tan elogioso de nuestra empresa editorial coincidió con el derrumbe económico de la editorial Bruguera y la salida de su catálogo como libros de lance a un precio de saldo. Pero, entonces, la fortaleza de editoriales como Alianza Editorial, Edicions 62, Alfaguara, Tecnos, Anagrama, Seix Barral, Visor o Hiperión  formaban una constelación de papel bibliográfico admirable. Ya desde el comienzo de la transición, mi generación –la que ha superado tranquilamente los cincuenta– comenzaba a formarse la biblioteca privada, a pie de obra, como el mayor orgullo personal. Habíamos experimentado que pasear con Confieso que he vivido (1974), de Pablo Neruda abría mundos de ensueño y, a veces, placeres físicos con las amigas. Aquel libro era un paralelepípedo mágico donde se narraba cómo el poeta rescató a algunos republicanos a la deriva con un barco. Mucho tiempo después, escuché de Jorge Edwards, en una cena privada, que los jóvenes poetas chilenos se referían a este afrodisiaco intelectual de mi generación como Confieso que he bebido, algo desmitificadoramente.

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Las grandes editoriales eran impulsadas por brillantes editores, antes que nada formidables lectores, como Carlos Barral, Pere Gimferrer, Javier Pradera, Mario Muchnik, Manuel Garrido, Pepe Esteban… y sus ediciones brillaban en librerías de leyenda: Antonio Machado, Visor, Rafael Alberti, El Tragaluz, Méndez, Hiperión, La Librería de Mujeres, El Buscón, Fondo de Cultura Económica, Fuentetaja, Rumor, La Regenta,… Todavía en los años setenta, entrar a las librerías inquietaba a un sector de la población que no se había familiarizado con estos espacios tranquilos. Los asociaba a la gran cultura reservada para otros. El Círculo de Lectores llamaba a las puertas de los domicilios para ofrecer una compra mediante encargo de la revista del mes y hacía una difusión popular del libro admirable. El pasado miércoles 21 de noviembre, el Círculo de Lectores-Galaxia Gutemberg homenajeaba a Javier Pradera, uno de los grandes escritores, en su etapa de comunista crítico, que abrió la revisión del marxismo aún antes que Fernando Claudín y Jorge Semprún, con su abandono del partido. Quedó clara la dimensión intelectual de un hombre que aunó personas de muy diferentes ideologías y donó múltiples ideas en vez de atender, por encima de todo, a su obra como tantas fabriles hormigas académicas.

Ahora coincide el cierre de múltiples librerías –Hiperión, El Bandido Doblemente Armado, El Tragaluz, Rumor, La Regenta…–, algunas con más de treinta años de existencia, y un frenesí editorial de publicaciones, patrocinado también por pequeñas editoriales jóvenes –errata naturae, Nórdica, Capitán Swing, El Acantilado,…– mezclado con la fundación de pequeñas librerías: La Fugitiva, Tipos Infames, El Traidor, La Marabunta, La Buena Vida-Café del Libro,… con un pronóstico reservado. Se trata de toda una huida hacia delante. A pesar de constituir ambientes apropiados a la lectura, la reflexión y la tertulia, las nuevas librerías no reúnen el dinamismo comercial que sería esperable de lugares tan deliciosos. Las pequeñas librerías han acusado el bajonazo económico en las compras públicas por la red de bibliotecas de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid. Hasta el 2010, se daban las compras necesarias para que subsistieran, pero llevan dos años de sequía absoluta de compras públicas. Ni la clase media (menguante) ni el profesorado (precario) compran suficientemente. Se ha retraído enormemente la venta en las librerías universitarias y han comenzado los ERE en este servicio imprescindible.

De las ventas de libros de segunda mano y antiguos mejor no hablamos. Las dos ferias del libro viejo y de ocasión que se celebran anualmente en Madrid son un profundo fracaso de ventas. Las librerías de libro antiguo y de ocasión se sostienen gracias a algún buscador con servicio de correos para facilitar el libro encontrado, dentro o fuera de la provincia del lector que afronta los gastos de envío –fundamentalmente, Iberlibro. Los libreros antiguos están haciendo un esfuerzo de permanencia horaria inmenso para captar clientela suficiente. Es una labor de ensanchamiento horario de empresas familiares que ya se observaba en la ciudad librera por antonomasia: Buenos Aires. No es que a algún porteño le sea necesario el libro de Lacan prologado por Oscar Masota para conciliar el sueño en plena madrugada, es que se pillan más despistados y caprichosos compradores si no se cierra ni por la noche. La necesidad hace virtud librera en las espléndidas tiendas de segunda mano de las calle Corrientes y Santa Fe de la capital argentina. Aquí, con una clase media menos amiga del libro que la argentina, va a tener que suceder un milagro para que no sean los grandes almacenes o las grandes extensiones de libros –La Central, FNAC y la Casa del Libro- las proveedoras del libro en régimen de oligopolio. ¿O tendremos que volver a la edición del libro por suscripción, a casi cien años de la publicación del Ulyses (1922) de Joyce por Shakespeare & Company en París?

4 Comments
  1. María says

    El Tragaluz aguanta hasta después de Reyes. Luego se va como una estrella fugaz.

  2. Susana says

    En España hay un mercado muy asequible de libros. Quien no lee es porque no quiere. ¡¡Libros muy baratos y muchos títulos!!

  3. precarisimo says

    Hay que recordar que la gran editorial en lengua española sigue siendo Planeta. Y que ni José Manuel Lara (padre) ni José Manuel Lara (hijo) son lectores gourmet, precisamente. De hecho, Pere Gimferrer (Seix-Barral) es una empresa más del grupo Planeta. Y en la nómina de Planeta han trabajado grandes nombres de las letras como Carlos Pujol, recientemente fallecido, José María Valverde, Martín de Riquer o Antonio Prieto. Con esto quiero decir que la desapareción de las librerías clásicas no es un fenómeno reciente ni tiene específicamente que ver con la crisis del crédito actual. En Inglaterra cadenas como Waterstone y otras copan el mercado. Como en EE UU gigantes como Barnes&Noble o Amazon. Es un fenómeno que tiene que ver con la concentración del capital y la creación de oligopolios, además de en muchos otros aspectos de la cadena de producción, también en la venta de libros, ebooks, dvd’s, blu-ray y otros cachivaches. Por último, una de las iniciativas más curiosas de los últimos meses en Madrid ha sido la aparición de La Casquería, en el mercado de san Fernando, una librería que vende libros «al peso», la venta de libro de ocasión de un manera novedosa: a granel. Estupendo artículo. Un saludo

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