Suárez en el recuerdo

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Carlos García Valdés

Cubierta del libro.

El destacado periodista Manuel Campo Vidal acabada de publicar el último libro que sobre la egregia figura del presidente Adolfo Suárez (Cebreros, 1932) se ha escrito en España (Adolfo Suárez. El presidente inesperado de la Transición. RBA, 2012), obra que le hace estricta justicia. De la importante pléyade de escritos biográficos acerca del político abulense este nuevo se alza como un homenaje de reconocimiento a su imperecedera obra, a su tarea breve pero ingente de traer, pese a todas las enormes dificultades, la democracia a nuestro país. Libro que se inscribe en la línea de otros anteriores, como los de José García Abad (La Esfera de Libros, 2005) o Carlos Abella (Espasa Calpe, 2006), lejos del no muy recomendable de Gregorio Morán (Debate, 2009), del que no alcanzo a entender el cierto resentimiento que trasluce.

La obra de Campo Vidal está construida en base a una serie de entrevistas personales con importantes personajes que le hablaron de Suárez, retomadas ahora para sus notas, sin reproducirlas íntegramente, lo que se agradece en el discurrir de la lectura. Dividida fundamentalmente en cuatro capítulos -excepcionales los dos primeros- a los que añade un adecuado repertorio bibliográfico, es un texto breve, de apenas doscientas veinte páginas, suficiente para traernos el recuerdo actual del primer gran presidente de la democracia española. Escrito, desde luego, desde la admiración más sincera y trazando un itinerario vital y político más que suficiente para comprender su magnífica tarea, necesaria para entender lo que se denomina hoy la transición de un sistema dictatorial a otro pleno de derechos ciudadanos.

La trayectoria determinante de Suárez no venía de muy lejos. Tal vez su nombramiento como Director General de Radiotelevisión española le acerca al entonces Príncipe Juan Carlos, apostando fuertemente por él cuando algunos elementos del régimen franquista jugaban la carta, todavía y torpemente, por otro sucesor. De ahí, a su discurso sobre la Ley de Reforma Política, aún Ministro-Secretario General del Movimiento en el gobierno de Arias Navarro, que tanto impacto positivo causó en la Zarzuela. Su elaborada designación como presidente del Gobierno, en julio de 1976, no era tan ilógica, pese a la sorpresa, muy mal digerida, de Manuel Fraga o José María de Areilza, que se tenían por claros candidatos.

El libro de Campo Vidal se detiene en la explicación de la labor de Suárez, desmontando las viejas instituciones heredadas y asimilando España al resto de los países europeos, concurriendo en el camino, sembrado de minas, torvas maniobras y rechazos considerables. La parte empleada en describir las entrevistas con Santiago Carrillo y la legalización del Partido Comunista en aquel “sábado Santo rojo” del que habló, como nadie lo ha hecho, Joaquín Bardavío (UVE, 1980), es sencillamente excepcional. Al igual que la referente a la narración del asalto al Congreso de los Diputados, en 23 de febrero de 1981, y la actitud valiente y dignísima del presidente defendiendo a su vicepresidente, Gutiérrez Mellado, y no agachándose cuando se produjeron los disparos -único al que claramente se ve inconmovible en las imágenes de TV- así como en el encierro posterior, aislado en una salita, y la violenta conversación que tuvo con el teniente coronel Tejero, desvelada con respeto y emoción, mucho tiempo después, por Alfonso Guerra.

Si hubiera que resumir el comportamiento permanente de Adolfo Suárez en esos primeros años de democracia cabría compendiarlo, en mi opinión, en dos palabras: arrojo personal y sentido del cargo. A estos conceptos sirvió y se entregó sin vacilación. El ensayo de Campo Vidal recoge infinidad de episodios en que ambas características se ponen de manifiesto, tanto en sus relaciones con los militares y otros poderes fácticos, la oposición o la propia UCD, creación particular como mera unión electoral sin coherencia interna, motivo final de su desaparición y de su desengaño. Y en esta línea, magistral es el análisis que hace de los discursos más trascendentes del presidente en esa sin igual andadura: el primero como máximo dignatario y el de su dimisión, casi cinco años después. Solo desde el cariño y el cabal conocimiento de causa se puede trazar, tan correctamente, el significado de los dos momentos más importantes de la biografía política de Suárez, cosa perfectamente llevada a cabo por el autor del texto que comento. Y si estos renglones son excepcionales, los escritos acerca de las duras enfermedades familiares y la misma que en la actualidad padece y tiene que soportar Suárez, olvidado de todos y de sí mismo, merecen situarse en un lugar preeminente por la verdad, la solidaridad y el sentimiento que destilan.

Tuve el honor de ser director general de Instituciones Penitenciarias bajo su mandato. Puedo decir que jamás me faltó, vía mi gran ministro Landelino Lavilla, su apoyo ni su confianza, incluso su cercanía en el día de mi atentado y en ocasiones posteriores. Cuando le conocí personalmente, en una recepción en el Palacio de Oriente, experimenté un estremecimiento irrepetible que aún retengo en mi memoria, pues nunca me acerqué a un personaje de su magnetismo humano y atractivo convencimiento en lo que hacía. Y esa impresión causada a un joven de treinta y un años me ha acompañado y la he mantenido, pensando en él, siempre luego. Que aquel hombre intenso era capaz de llevar a cabo la transición, por la que tantos habíamos luchado, no me cupo la menor duda entonces ni jamás la tuve después.

Pues bien, el libro de Manuel Campo Vidal, bien escrito y cercano para el lector, revela todo esto. La confianza que al país le ofrecía Suárez, su energía y autoridad cuando era preciso, su valía intrínseca, su concepción moderna y constitucional del Estado, su sacrificada renuncia cuando advierte que su gobierno puede ser un paréntesis de luz en nuestra historia por el inminente golpe militar y, en fin, su resistencia a abandonar la escena pública creando el CDS. Pero su instante había pasado. Del mismo Suárez escuché una vez cómo se extrañaba, con perplejidad indisimulable, que el canciller alemán, Helmut Schmidt, le dijera, más o menos, “desengáñese, su único destino es hacer la transición; después, todo habrá terminado”. El último capítulo del presente libro habla del intento de sobrevivirse y de su amplio fracaso al respecto. Tal vez resonarían entonces en él lo que le dijo tiempo antes, basado en su gran experiencia, Schmidt y no lo creyó. Pero poco ya importaba. Su misión había quedado ya grabada en lo mejor de nuestra historia colectiva.

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