Ecologistas perplejos: de la profecía al ecosocialismo (con mirada de reojo al 'modelo' cubano)

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Pedro Costa Morata *

En plena crisis económico-financiera, de la que se dice que sólo puede superarse estimulando la demanda, el momento no resulta nada favorable para que los ecologistas exhiban su pensamiento e ideario, construidos en los últimos 40 años con indudable mérito y creciente aceptación pero que esencialmente consisten en la moderación, el autocontrol y la austeridad en todos los procesos económicos, empezando por el consumo, tanto personal como social, tanto privado como público… No obstante esta contraposición drástica, firme y consolidada, que la prudencia ordinaria recomendaría silenciar en momento tan ingrato, algunas fuerzas políticas –exclusivamente de izquierdas, desde luego– se atreven a expresar en sus programas la esencia de esta ideología, convencidas de que la supervivencia lo exige y la historia lo respalda.

El ecologismo y los ecologistas –todas las versiones consideradas de izquierda, y desde luego la tradición española– siempre han propugnado la austeridad en la conducta económica y en las políticas económicas y han representado la única posición sensata, profética y fustigante frente a la locura inmobiliaria de la última etapa. Lo han hecho por motivos generales –por su exceso evidente, sin correspondencia con la demanda social ni con el mandato constitucional, por anunciar esa peligrosa burbuja especulativa de consecuencias inevitablemente desastrosas, por implicar corrupción generalizada en lo legal y lo moral…– y por motivos ambientales, relacionados éstos con los espacios singulares afectados por el ladrillo invasor, como el litoral (de ahí su crítica sistemática a la segunda residencia).

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Y se alarmaban –sin extrañarse, por otro lado– cuando los últimos gobiernos se mostraban encantados por los excepcionales aumentos del PIB (casi exclusivamente debido a la construcción) y el incremento de los ingresos en todas las administraciones. El ministro Solbes, que no supuso excepción alguna en la saga liberal de los ministros de Hacienda del PSOE, se regocijaba cuando contabilizaba la inmensa deuda hipotecaria de los españoles, a la que glosaba sin embargo como “espectacular riqueza de las familias”; no debe sorprender que huyera en cuanto vio las dimensiones del desastre, tratando de salir indemne de su propia inepcia.

Los ecologistas han sido críticos con el crecimiento a ultranza, con el consumismo y con la imprudencia generalizada –desprovista por otra parte de ética ecológica– de las políticas económicas de todos los gobiernos. Y han tratado de erosionar, pese a su “prestigio”, la idea de desarrollo, vinculada e identificada de hecho con la anterior y resumen de abusos y ficciones; y la han tratado más como catástrofe que como ideal, y desde luego, como objetivo evidentemente “renunciable”. En el marco de esta filosofía y como resultado de la experiencia y los argumentos la protección del medio ambiente, la supervivencia del planeta y la paz social resultan absolutamente incompatibles con cualquier modelo capitalista y cualquier sustento ideológico liberal. De ahí que su definición política haya sido la de izquierda radical y consecuente, socialista como condición necesaria pero además y sobre todo ecológica. Así lo expresaba uno de los símbolos y pensadores ecologistas, el agrónomo René Dumont, en una de sus obras más conocidas: Seule une écologie socialiste… (1977).

Por esto, íntimamente unidos a los ambientales han estado siempre los objetivos y reivindicaciones sociales, hasta el punto de haber tenido que dar permanentemente lecciones políticas a los partidos de izquierda en el poder, banales u olvidadizos (y de obligarse a una guerra sin cuartel con los de derechas, depredadores por vocación y necesidad). La austeridad ecologista es consustancial con  la redistribución, es decir, con la justicia, la igualdad y la cohesión sociales. No ha de extrañar, pues, que al poco de adquirir este movimiento consistencia ideológica en la segunda mitad de la década de 1970 la ecología política aflorara como su empeño y opción, dando paso después al ecosocialismo, término y concepto que expresa bien la propuesta. Recientemente, el intelectual francés Michael Löwy ha resumido oportuna y magistralmente este ideario en su obra Ecosocialismo. La alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista (2012), que resume ecología y política, historia y praxis de un movimiento que a lo largo de décadas ha ido definiendo y protagonizando la única alternativa que puede garantizar el futuro: si, como resulta evidente, la crisis es estructural –íntima, inevitable, salvaje–, el capitalismo va a insistir en explotarnos y humillarnos, sin importarle destruir al planeta y el futuro, y por ello la única respuesta ha de ser, por una parte, asumir las limitaciones y escaseces de nuestro medio físico y, por otra, arremeter sin piedad contra el capitalismo necrófilo, que espera salir triunfante de esta crisis e incrementar su dominio sobre el mundo y sus poblaciones.

Este ecologismo, puesto en el trance de afrontar una crisis con muchos rasgos de definitiva, no parece que vaya a sentirse limitado por escrúpulos teóricos, políticos  o programáticos, ausentes en general en toda su tradición, y por ello a sus exigencias de redistribución social no duda en plantear la conveniencia –como ya se apunta desde posiciones nada hostiles al capitalismo– de adoptar más pronto que tarde el proteccionismo comercial e industrial con todas sus consecuencias, incluyéndose entre éstas la salida del euro y la negociación, liberadora, con la UE; sin que asusten los perfiles en el horizonte de políticas que contemplen ciertos y numerosos racionamientos, precisamente a tenor de la necesaria cohesión social.

(Los ecologistas, por cierto, han abominado tradicionalmente de todo nacionalismo, por su universalismo y su prioritaria preocupación social; no es fácil reconocer que un ecologista se considere nacionalista, aunque sí es frecuente lo contrario: debe distinguirse, en todo caso, lo sustantivo de lo adjetivo.)

Llegado a este punto, de contradicción absoluta entre ecologismo y capitalismo, y de enfrentamiento sistemático entre posturas políticas, sociales y ambientales, se hace inevitable reconocer en el “modelo cubano” una imagen de lo que, parcial y precisamente, podría ser una sociedad con garantías de supervivencia. Este ejercicio –la mirada curiosa, cauta e inquisitiva en el espejo que refleja la realidad cubana– no debiera parecer disparatado o frívolo, ni mucho menos contradictorio con cuanto aquí hemos considerado como constituyente de la cosmovisión ecologista; ya que, en primer lugar, se trata de un caso (si bien en gran medida involuntario) de supervivencia en contradicción con el “crecer o morir” del capitalismo y el consumismo como ideal y proyecto colectivos; y en segundo lugar, debemos reiterar que sólo la redistribución, el igualitarismo y la justicia social pueden constituir el escenario de un futuro viable. Para mayor análisis y reflexión habrán de quedar aspectos como el régimen de libertades (socialistas o capitalistas), la idea de democracia (popular o burguesa) o el universal problema de la corrupción, todos ellos, más otros varios, de inexorable (y muy sugerente) consideración.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista. Fue Premio Nacional de Medio Ambiente en 1998.

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